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jueves, 17 de junio del 2021

En un aniversario más de Roque Dalton

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Quisiera recordarlo con limpieza; a diez años de su ausencia –la última vez que lo vi fue en 1964– el tiempo se alarga implacable, ad perpetuam. Sin embargo, esa asepsia no es posible porque la poesía y el poeta mismo y su muerte solo se explican dentro de la realidad social y económica de El Salvador, que no es tan diáfana –no es que quiera expresar una excepción, es que Roque expresa con claridad la anónima democracia-dictadura que equivale a pensar en pensamiento progresista y terco pese a tener enfrente un contexto extremo de injusticias–. Fiel a su país, se trata de una lealtad a la gente, a jugarle limpio en su amor hacia ella, tirar las cartas siendo consecuentes y sensibles. Por eso es condenado a muerte y tiene que huir de su patria: emigra con su familia en 1965, después de estar secuestrado más de dos meses; pero se escapa de su cautiverio y comienza su vida recorrer mundos: Francia, Checoeslovaquia, Cuba, Viet Nam. Sus últimas noticias las tuve en 1973, y dos años después se anuncia su asesinato (1975), cuyo panfletario pronunciamiento y sentencia aun los conservo.

La “sentencia” la suscriben en su propio país, el real, el que había revelado en sus poemas, y que tan mal parecía a algunos; porque había “jodido” tanto con su pensamiento “alborotador” (como se les decía a nuestros independistas de 1811, 14 y 1921. Sus denuncias desde que era estudiante formado en un colegio jesuita, en una época que religión era ejemplo de conservadurismo y ojalá que no cambie.  Regresó a morir. Se lo tragó la tierra que amaba sin dejar vestigios de sus huesos (le temieron hasta muerto). Nada de explicaciones de su cadáver ni de un lugar donde se pueda decir que descanse en paz. Pese a la paz.  “No tuvo su muerte”, dice el crítico y poeta cubano Fernández Retamar. Pero si la tuvo. Porque su muerte es coherente con su vida y sus ideas, donde pensar fue un crimen y revelar la razón era incitar al degüello.

Desde muy joven aprendió a dar la cara hasta morir. No tuvo deshonestidad ni para jugarle una broma a la muerte, él tan bromista, de gran buen humor, extrovertido y de mentalidad brillante. Lo cual puede ser lo más imperdonable.

Ya en El Salvador escribe uno de sus poemas:

No confundir, no somos poetas que escribimos/ desde la clandestinidad en que vivimos./ No somos pues, cómodos e impunes anonimistas./ De cara estamos frente al enemigo y cabalgamos muy cerca de él, en la misma pista./ Y al sistema y a los hombres/ atacamos desde nuestra poesía/ con  nuestra vida les damos oportunidad de que se cobren/ día tras día. (San Salvador, 1975)

Nos conocimos con Roque en 1955, cuando ingresamos en la Facultad de Derecho. Yo llegaba desde la provincia del volcán Chaparrastique de San Miguel. Él llegaba de Chile; con sus convicciones católicas un poco quebrantadas por las experiencias de mayor avance en cultura como es el país sureño. Ese mismo día (yo era un joven desconocido que acababa de ganar dos premios nacionales de poesía)y me habló sobre el papel de los intelectuales frente al sojuzgamiento de un pueblo, ideas que conversamos en la biblioteca de la Facultad de Derecho. A los diecinueve años todo era muy claro para dos estudiantes que escribían poesía; dos estudiantes privilegiados universitarios en un país con el 76% de analfabetismo, cero prestaciones sociales, nulas libertades y derechos.

Ese mismo año de 1955, la universidad fue incendiada por quienes consideraban el peligro de tener un centro de subversión en pleno centro de la ciudad (la Universidad estaba frente al costado poniente de Catedral). Estos incendios, fueron varios, están registrados en la prensa nacional de la época. Entre otras cosas hay confesiones de conocido Comandante policial de la época luego de ser denunciado por las familias de las víctimas, capturado y condenado por sus asesinatos e incendios).

Entre la humazón de esas libertades incendiarias surge la personalidad carismática de Roque Dalton (cada quien tiene su edad frente a las realidades de su país). . Y ahí surgen los signos zodiacales que hacen emerger un movimiento intelectual de poetas jóvenes agrupados en lo que fue el “Círculo Literario Universitario”, después adosado a la Generación Comprometida. Somos unos cuantos estudiantes de Derecho, aunque también se suma un joven guatemalteco, también poeta, estudiante de medicina y que pronto  trabajó en los medios escritos de nuestro país (tiene los primeros reportajes firmados con su nombre, en una época en que era más seguro la anonimidad para no exponer a los periodistas). Me refiero a Otto René Castillo, quemado vivo con su pareja alemana a los 33 años, en su Guatemala luego de regresar de Alemania graduado en periodismos televisivo, becado por premio en periodismo obtenido desde El Salvador.

En 1956 Dalton publica sus poemas en revistas nacionales y en suplementos literarios de periódicos que ceden sus espacios a los jóvenes escritores universitarios que comienzan a triunfar en los certámenes literarios. Pero Dalton se distingue por su originalidad, incluso a veces nos parecía, y se lo decíamos Con Roberto Armijo y Oswaldo Escobar Velado, que sus poemas tenían poca poesía, y él nos daba su respuesta, porque nosotros le dábamos predominio a la metáfora: “Ese es mi mundo de la poesía, decir cosas, exponer ideas, aunque a veces parecieran que no sean poéticas”, nos respondía.

Y así va descubriendo su expresión que no abandonará nunca y que irá perfeccionando en incansable producción literaria, siempre diciendo “cosas”. A ese propósito el gran argentino Julio Cortázar en documento inédito escribe: “Yo admiraba a Dalton por su natural acercamiento a la poesía, con cercanía a cualquier lector sin chabacanería ni populismo suicida. De eso hablábamos tomando café… Para Dalton, que se sorprendía de mi admiración, no había nada más natural que escribir así. Pero yo agrego: con una naturalidad que debía costarle mucho a un poeta centroamericano”.

Y por supuesto que costaba mucho; sin embargo, Dalton fue estructurando su mundo poético desde 1956. Con su peculiar sensibilidad y talento supo insertar su personalidad de manera que lo afirmado por el tan afamado y querido Julio Cortázar es valedero desde sus primeros poemas, desde aquellos años de 1956:

Pobre de mí, querida solo con mi terror entre los Códigos/ estudiando Derecho con carne de presidio/ negando el cielo entre muchachos gordos/ que creen firmemente en los rinocerontes/ pensando en encontrar un bar/ en donde si quitásemos las mesas /quepan la madrugada y tú junto a mis ojos/ pobre de mí querida/ pobre de mí, pobre de este muchacho que nunca hirió a los árboles (“Poems in love to Lisa”).

O bien otro fragmento de esa misma época, de “La Ventana en el rostro” (1961):

“Cuando yo muera/ solo recordarás mi júbilo matutino y palpable/ mi bandera sin derecho a cansarse/ la concreta verdad que repartí desde el fuego,/ el puño que hice unánime/ con el clamor de piedra que exigió la esperanza./ Hace frío sin ti. Cuando yo muera/ dirán con buenas intenciones que no supe llorar”.

Su acento vallejiano (de César Vallejo, nuestro admirado poeta del Perú) le hace perder su gran sentido de búsqueda poética que menciona Cortázar; sin embargo se nota la gran altura que alcanza. Más tarde (1973), su poesía se hará más irónica y quizás más “inteligente“, más imperturbable:

“Una de las caras del amor es la muerte,/ en el humo de esta época eternamente juvenil./ ¿Qué me queda ante ti si no la perplejidad de los reyes,/ los gestos del aprendizaje ante la crecida del río,/ la huella de la caída de bruces entre la ceniza? La propia juventud decrece/ y trota la melancolía como una mula”. Su gran tema fue el amor a todos: a la mujer, a sus hermanos poetas, sus compañeros. Pero también le cantó a su país, con esa fidelidad que, como él lo dice, le daba “su convicción por la sensibilidad” (“Cristianismo y Revolución”, Argentina 1974).

Dijo las injusticias de su patria, los dientes, las cadenas, los insultos, como este poema: “Francisco Sorto/ hermoso con su cara de mono/ y limpio/ como la húmeda tierra que nos escucha por los pies./ Francisco Sorto curándose los golpes/ con el excremento de las gallinas./ Francisco Sorto cuatro años a oscuras/ y esposado bien duro en la celda de castigo./ Francisco Sorto,/ para que todavía no se te olvide cantar”.

Este poema fue escrito en diciembre de 1959, en la Penitenciaría Central se lo dedicó a un humilde presidiario a quien conoció Dalton cuando estuvo preso por “instigar desórdenes” y escribir un periódico humorístico estudiantil (La Jodarria).

Ya en 1975, en su país después de diez años de ausencia, y en la oscuridad de su clandestinidad, escribe:

“Creo en el espíritu liberal/ en la Santa Madre Inglesa (sic)/ que evitarán la comunión/ y en el paredón de los fusilados y en la votación de los muertos,/ en una gorilocracia perdurable. Amén” (Poemas Clandestinos 1973).

Este trabajo fue escrito en California, USA, mayo de 1985.

   .

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Manlio Argueta
Escritor, poeta, novelista. Integrante del Círculo Literario Universitario. Director de la Biblioteca Nacional de El Salvador. Colaborador de ContraPunto
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