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viernes, 07 de mayo del 2021

El Salvador bajo salveque

A pesar de haber llegado al más alto nivel de funcionamiento democrático, las fuerzas políticas de El Salvador irán a una contienda electoral cundidas de miedo auto infundado — o como se diría en salvadoreño, bajo salveque del petate del muerto. No obstante, que los márgenes de diferencia de votos adquiridos en las últimas elecciones no le han dado la mayoría abrumadora a ningún partido, se maneja que el partido del presidente, que son dos, tienen juntos el apoyo de la mayoría de la población.  Tanto el presidente y sus seguidores lo repiten, pero no es consistente con el gasto de Nayib Bukele en publicidad y su temor a que los demás partidos hagan publicidad en todo el territorio nacional.

La oposición también opera bajo la autosugestión de que el partido del presidente va ganarles la elección de diputados, tan abrumadoramente, que va instaurar una dictadura. Una de sus campañas ha sido llamarle “Bukele dictador.”  Es inconsistente que un número considerable de detractores del gobierno que antes de la guerra y durante la guerra querían desmantelar el estado para construir el propio, hoy tengan miedo a que Bukele lo destruya. ¿Mataron al tigre y le temen a cuero?

Tanto el miedo entre el presidente y sus adeptos como el de los partidos de oposición y sus simpatizantes y militantes están llevando su fobia a los extremos de amenazar y hasta atentar contra la vida de sus adversarios políticos. Tal pavor ya cobró por lo menos dos vidas a mano armada y un número creciente de reyertas que están pasando de ser grescas de simpatizantes a enfrentamientos irreversibles.

El pánico al adversario ha llevado a los partidos en contienda a intentar e inventar dos golpes de estado de ejecutivo al legislativo y viceversa, en menos de un año.  Lo que debería darle miedo al pueblo salvadoreño, no es el resultado numérico de las elecciones, sino el que los partidos mayoritarios no le propongan agenda alguna para lidiar con la situación crítica que tendrá que enfrentar el país en los próximos años, después de una pandemia y la huida de su padrino del norte. 

Si bien el presidente ha amenazado con aniquilar a los partidos políticos en las próximas elecciones, lo que más ha amedrentado al status quo dentro y fuera de la clase política es el anunciado plan del presidente y su vicepresidente de reformar la constitución, aduciendo que con tal reforma Nayib Bukele podría perpetuarse en el poder y convertirse en dictador. 

Ambas fuerzas parecen estar amarrando su chucho con tiempo.  El presidente, al estilo Donald Trump, ya está acusando de fraude al Tribunal Supremo Electoral; y la oposición, acusando al presidente de estar usando las pandillas para no dejar que dichos partidos hagan su respectiva campaña en territorios controlados por estas.

Suponiendo que todos estos miedos tengan una base que por lo menos haga sentido a sus propias víctimas. Todos los salvadoreños, incluyendo los funcionarios, aliados y seguidores del presidente tendrían que temer que este se convirtiera en dictador.  Un país cuya economía depende de ayudas externas no puede darse el lujo de tener un dictador, y mucho menos en la era de la plutocracia. ¿Cómo se va proteger un dictador con un ejército cuyo salario depende de préstamos internacionales?

El dictador latinoamericano más silencioso del siglo pasado, Rafael Trujillo de Republica Dominicana, pudo someter a casi el 100% de sus funcionarios hasta la cornudez, porque los medios de comunicación y la era del respeto a los derechos humanos no se habían desarrollado en el mundo. Si Bukele pudiera convertirse en dictador, no le confiaría ni sus aliados, porque podría usar la información en su contra cuando ya no le sean útil. Y esto por supuesto, lo sabe el crimen organizado, que es la entidad política más inteligente del país.

En este año, 2021, en que los plutócratas, dueños del mundo, han demostrado tener la última palabra en el país más poderoso de la tierra, no puede haber dictador en países subdesarrollados. No se había conflagrado la insurrección de Trump el 6 de enero pasado en Washington, y Facebook ya le había cerrado la cuenta al presidente de Estados Unidos, sin decirle agua va. Esta semana, Instagram le cerró la cuenta al político Robert Kennedy Jr., por diseminar información falsa sobre el Coronavirus.

Nayib Bukele no puede ser, ni es dictador, en esta era. Él es tuiteador, y como tal, está sometido al poder de los plutócratas dueños de las plataformas en que se manejan las redes sociales. En el momento que crean que el presidente de El Salvador es un peligro que amenaza con no pagar los intereses de la deuda externa a los organismos internacionales, le cierran la cuenta de Twitter a él y su aparato publicitario, Así es que no cunda el pánico. 

Tampoco debe temerse que por la desconexión momentánea de los presidentes de El Salvador y Estados Unidos, el país se vaya alinear con China prescindiendo de la ayuda y padrinaje de su aliado del norte. El Salvador no tiene los recursos como para interesar lo suficiente a los chinos y estos reemplacen a los norteamericanos en la economía del país, que tiene un tercio de su población residiendo en Estados Unidos. Sería muy grande el costo a pagar por un cambio radical dentro de los 3 años que le quedan a Bukele en la presidencia. Con suerte y cumplirán la biblioteca, estadio y otras promesas que el gobierno chino le hizo a Bukele.

Mauricio Alarcón
Mauricio Alarcón
Columnista Contrapunto

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