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jueves, 05 de agosto del 2021

El respeto por el poder en Guatemala

Y el principio de que la justicia es la conveniencia del más fuerte

En uno de los Diálogos de Platón, uno de sus interlocutores afirma: “Yo declaro que la justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte.” Y, en otro, aparece este aserto: “Cuando una multitud ejerce la autoridad, es más cruel aún que los tiranos“. Estos criterios parecieran expresar un sentido común según el cual, para algunos dialogantes de entonces, más valí­a que los más fuertes (y tiránicos) hicieran justicia para evitar que la multitud ejerciera el poder. Esto no contradecí­a el ideal de la exclusiva democracia griega.

Lo más lúcido del pensamiento moderno, tanto en su vertiente capitalista como en la socialista, concluyó (desde Maquiavelo) en que la justicia y la democracia las diseñan, instauran y ejercen los poderosos a su conveniencia, aunque en el discurso involucren a todos los demás, incluso a aquellos sobre cuyas espaldas dobladas por el trabajo se erija el Estado “democrático”. Es el caso de los campesinos y obreros de las “democráticas” naciones europeas desde la Revolución Francesa, el de la América Latina frente a la “democracia” capitalista estadounidense, el de las repúblicas soviéticas en la “democracia” socialista del estalinismo, y el de indios, negros, mestizos, mulatos y zambos en el “democrático” Estado “liberal” latinoamericano, instaurado y mantenido a sangre y fuego por los criollos y sus serviles caudillos militares.

A la luz de la historia vemos cuánta razón tení­a el interlocutor de Platón al decir que “la justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte”. Por eso, un gran luchador en contra de esta “justicia”, Malcolm X, llegó a afirmar que “La única cosa que respeta el poder es el poder.” En su caso, el “poder negro” frente al “poder blanco”. Y en esos términos libró su lucha hasta caer asesinado por el “poder blanco”. Lo cual ratifica que el poder hace “justicia” contra quienes cuestionan la conveniencia del más fuerte. Esto lo entendió a la perfección un ilustre lí­der romano, el “republicano” Julio César, quien llegó a aconsejar que “Si para tomar el poder tienes que infringir la ley, hazlo; si no es el caso, observa la ley“. Este axioma inspiró sin duda al buen Maquiavelo en su manual de instrucciones para que su Prí­ncipe mantuviera el poder y, con él, el control de la justicia.

Todo esto nos lleva a que, si vamos a luchar contra el poder y la justicia corruptas, lo que debemos hacer es separar del Estado “democrático” a los más fuertes y a sus conveniencias, en vez de perder el tiempo encarcelando a unos cuantos funcionarios venales y dejando impunes a los que más convienen al interés de esos más fuertes. Sólo así­ podremos ser tan prácticos como el interlocutor de Platón para hacer justicia, y honrar el legado de Malcolm X en cuanto a que lo único que respeta el poder es el poder.

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