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miércoles, 28 de julio del 2021

El reparto del paí­s

Recapitulando de mi artí­culo anterior, a lo largo de la historia, cada derecho de las mayorí­as, ha sido
arrancado a sangre y fuego a los poderosos. En nuestro paí­s, las “encomiendas”,
infame sistema de explotación implantado por los conquistadores y los primeros
pobladores, que sobrevive en el alma de los poderosos.

LA ACTUALIDAD

Los Acuerdos de Paz,
de finales del XX, lograron hacer crujir un poco los viejos andamios de las
estructuras oligárquicas. Los partidos de izquierda fueron legalizados, lo que
ya significaba un gran paso en la polí­tica conservadora. La participación del
FMLN en la polí­tica electoral y sus triunfos ascendentes en la Asamblea
Legislativa y los gobiernos locales, iban empujando poco a poco los paradigmas
agrarios obsoletos, remanentes de los viejos encomenderos. Por su lado, los
sectores oligárquicos, atrincherados en los medios de comunicación de su
propiedad, al dí­a siguiente de la firma de los Acuerdos, comenzaron la batalla
sin cuartel por detener su avance. Las herramientas son las mismas de siempre,
las acuñadas por el alemán Goebbels, y otros.

Al finalizar el
proceso, no se logró sacudir, ni siquiera un poco, las condiciones sociales del
trabajador. La estructura económica y su reparto injusto de la riqueza, seguí­an
intactos. Durante la guerra, las urgencias de la confrontación, terminaron
absorbiendo las organizaciones civiles, sindicatos, gremiales, etc.,
polarizando completamente la sociedad entre dos ejércitos en armas y sus bases
sociales. En la etapa posterior a la guerra, la recuperación de las
organizaciones civiles ha sido muy lenta. Además de generar desconfianza en
ambas fuerzas polí­ticas de la polarización.

Lo que debió ser un
proceso evolutivo natural, fue manoseado por las fuerzas interesadas –en ambos
lados– en seguir el enfrentamiento. Por parte de la derecha, hubo un bloqueo
sistemático a la reconciliación, a que los desmobilizados de ambos bandos,
tuvieran un reconocimiento social y lograran alguna recompensa económica. Por
los sectores de la izquierda, prevaleció el afán de protagonismo de los diferentes
lí­deres y el culto a la personalidad, además de otros problemas que serí­a tema
de otro artí­culo. El caso es que el proceso natural, orgánico, de
reconciliación y paz, como también un nuevo “contrato social”, bajo las nuevas
condiciones que abrieron los Acuerdos de Paz, fue bloqueado y, me atreverí­a a
decir, abortado.

Así­ nacen las “maras”,
como un fenómeno social de autodefensa de tribus urbanas, reprimidas, anuladas
socialmente y obligadas a la miseria. Como resultado, hay dos generaciones
perdidas en el vicio y la delincuencia. La juventud de un paí­s, contemplando la
antisociedad como opción de vida.

Desde el fin de la
guerra hasta hoy, hemos vivido un acelerado proceso de depauperación social.
Hemos visto con impotencia, cómo se pierde un peligroso porcentaje de la
juventud –a estas alturas van dos generaciones– en la droga, la violencia y la
intrincada urdimbre del crimen organizado. Lo más duro, cómo ha crecido su
poder hasta los extremos de que ahora son poderosas empresas en la sombra,
capaces de vetar a los gobiernos y torcerle la mano a toda la sociedad.

Son verdaderas corporaciones,
antigobiernos semilleros de riqueza, con sus propios ejércitos, territorios,
fronteras propias, leyes y tribunales donde deciden por la vida y la muerte de
sus contrarios y hasta de los ciudadanos inocentes. Han crecido de manera tan
descomunal, que están fuera de control de medidas conocidas, como la represión
y la prevención incluso.

Es un verdadero poder
en la sombra, que avanza como una nube de tormenta por toda la sociedad,
llevándose a una juventud que ve cerradas las puertas del desarrollo personal y
toma por opción de vida, la antisociedad; paradógicamente, una opción de vida
rayana con la muerte. ¿Sabemos ya cuál es el promedio de vida de un joven
pandillero?

Se dice, y no sin
razón, que las cosas siempre han sido así­, y que las cifras de muertos por la
violencia actual es tan pavorosa como las del pasado. Muy cierto, desde que la
avaricia de los encomenderos, cadáveres insepultos perviven en el alma de los
poderosos actuales y no sueltan sus métodos criminales para perpetuarse en el
poder. Sin embargo, no es difí­cil observar que los protagonistas no son los
mismos. Que la Guardia Nacional, la Policí­a de Hacienda y Orden, como los
depredadores polí­ticos, han dado paso a la delincuencia sin freno que campea
con impunidad por nuestro paí­s.

A la mitad del siglo
XX, la represión oficial generó un espí­ritu de rebeldí­a que desembocó en una
guerra civil. En la actualidad, en cambio, la represión impuesta por la
delincuencia organizada de la antisociedad, ha generado una población
descepcionada y desesperanzada, que prefiere exponerse a los peligros del
camino y las humillaciones en tierras extrañas que esperar impotente que el
destino los alcance. Así­ se está drenando la sangre joven, en edad de producir
lo mejor de sus vidas. Por dos ví­as se drena nuestra sangre. La que se derrama
sobre la tierra, en una espiral de violencia sin sentido y la que se monta en
“La bestia” y toma el camino del norte. En ambos casos, los resultados son los
mismos: la destrucción de las familias, el abandono de empresas y fuentes de
trabajo; en fin, la fuga de cerebros.

Pero una cosa queda
clara, y es que las formas de represión y control de la población, que ejercen
los integrantes de la antisociedad, son las mismas que se han ejercido por
siglos, contra la población. Son un mundo paralelo, a manera de espejo, de los
antiguos cuerpos oficiales y semi oficiales de represión. De la misma manera
que antes no se podí­a pronunciar ciertas palabras en voz alta, por temor a los
“orejas”, ahora no se pronuncian por temor a represalias de ese ejército
marginal, que ha invadido toda la sociedad.

El Maestro Francisco Gavidia, a principios del
siglo XX, lanzaba un terrible grito en sus versos del poema “Oda a
Centroamérica”:
¿Qué veis? El crimen coronado arriba./ ¿Qué veis? El crimen
inconsciente, abajo./ Los tiranos, la plebe,/ todos, los oprimidos, los que
oprimen,/ todo pasa y se mueve/ en un sudario fúnebre de nieve/ que de gotas de
sangre siembra el crimen”.

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