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lunes, 26 de julio del 2021

El placer de viajar

El viajar es un placer para muchos, hasta un privilegio. Lo que conlleva viajar en avión particularmente hacia los Estados Unidos, el quitarme los zapatos, los rayos x, el llegar y que me pregunten que a qué voy, con quién voy y que me hagan dudar si mi verdadero nombre es Nelson me causa una sensación de repugnancia.

Al viajar prefiero usar un saco, no simplemente porque me da más bolsillos para mis documentos, sino porque eso crea una imagen y una percepción positiva en el interlocutor. “Eres lo que lees” leía un rótulo gigantesco a la entrada de una librería. En el mundo donde vivimos, la apariencia lo es todo. “Dress to impress” dicen en inglés, lo que indica que si uno no se viste bien, las posibilidades de triunfar serán nulas.

La segunda razón por la que uso saco es porque el movimiento que ha popularizado Trump no se limita a sus mítines o atacar a los mexicanos; tampoco es algo nuevo ni de una minoría blanca, pero con Trump la discriminación es algo más habitual y hasta normal. He visto en muchas ocasiones cómo el estadounidense discrimina al que considera inferior. Nótese que dije estadounidense en general, sin un color en particular, pues hasta hay gente “nuestra” que al tener un status legal, por insignificante que sea, sienten el complejo de superioridad aunque a leguas se les note la mancha de plátano.

El ser humano es así, una vez alcanza su cima resiente que el otro pueda igualarlo o hasta sacarlo de su puesto. Y claro, eso también pasa en otras esferas, incluso en nuestro medio. Basta ver cómo en las oficinas los unos le echan zancadillas a los otros. Pero ese es tema para después.

La azafata de mi primer viaje de retorno ve con desprecio a un buen grupo de braceros guatemaltecos que van de regreso a su país después de ayudar a suplir la escasez de agricultores para la cosecha de maíz, según relatan. Ella, blanquita como en las películas, les da una mirada fulminante y les dice con voz estrujada y en inglés que sus maletas de mano estaban con sobrepeso y que no debieron haberlos dejado adentro, sino como carga. Y así nos ven, como carga, sin saber que los elotes que ella comería para la cena habían sido cosechados por esa gentuza.

La azafata del siguiente vuelo, del color e idioma de los pasajeros, explica con detalle cómo usar el baño y dice que el papel se echa dentro pues el inodoro está diseñado para ello. Dice por el altavoz que ella puede prestarles un lapicero o ayudarles a llenar los formularios de aduana. Te recibe el agente aduanas con una sonrisa y te dice bienvenido y no te hace dudar de tu nombre. Una diferencia abismal de lo que uno tiene y de lo que nos imponen en el extranjero.

Dentro de nuestras posibilidades, somos libres en El Salvador. Que andar en bus es peligroso, que ir a una colonia nueva se vuelve complicado, que es mejor no salir de noche, etc. Pero esa peligrosidad no se compara a vivir permanentemente con el miedo que te van a deportar, con la zozobra que habrá un tiroteo en algún centro comercial, ni se compara con el asalto a la dignidad a la que son víctimas los que viven en Estados Unidos. Al fin y al cabo, una persona puede perder todo pero la dignidad es lo único que le queda.

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