Por Nelson López Rojas.
Vivimos en un carnaval de lo absurdo. No es que lo absurdo aparezca de vez en cuando, sino que lo que parecía un mal chiste ya se volvió hábito, costumbre, aceptación cotidiana con un “vaya pues”. Y lo peor es que lo aceptamos con naturalidad, como si fuera lo más sensato del mundo.
Cuando me pongo a pensar en la vida diaria en la ciudad, la galería de absurdos es infinita. Antes me costaba creer ciertas costumbres de los gobernantes y de los ciudadanos, pero ya no. Hay calles sin señalizar que terminan de golpe, como trampas de videojuego; reparaciones de ANDA que dejan un hoyo convertido en bache eterno; gestores del VMT que trabajan bajo la filosofía del “yo creo que así se hace”, sin mayor entrenamiento que la intuición del momento; y conductores convencidos de que avanzar dos metros es un logro histórico, aunque bloqueen la calle entera.
Los políticos, por supuesto, no se quedan atrás en este carnaval. Ya pasaron varios años y se sigue culpando a los antecesores. Sí, ya sabemos que hubo un antes y un después. Lo importante no es prometer autopistas al cielo, hospitales de primer mundo y educación gratuita para todos, sino hacer lo que “los mismos de siempre” no hicieron. Hello, deja el show —dijo aquel. Dejá de pensar en la foto y el aplauso. Dejá de atizar el odio y ponete a trabajar.
Ya Albert Camus nos hablaba del absurdo como la contradicción entre la búsqueda humana de sentido y el silencio del universo. Su metáfora de Sísifo —empujar eternamente una roca montaña arriba para verla rodar hacia abajo— explica bien nuestra rutina. La clave, decía, está en aceptarlo e imaginar que Sísifo era feliz. Y nosotros, igual, aceptamos lo inaceptable y normalizamos la idiotez.
Mire usté el clásico salir a cenar con amigos y descubrir que nadie habla, porque todos están revisando el teléfono y hasta texteándose con los de la mesa. Cinco personas, cinco pantallas y cero conversación. Y si llueve, ahí va el otro espectáculo: peatones caminando con el celular en la mano, desafiando charcos, carros y rayos, como si contestar un emoji fuera más urgente que evitar una fractura… ¡de igual forma los que manejan! No me cabe duda de que el incremento de accidentes se debe a que la gente “necesita” saber quién les dio like o si los han dejado en visto.
Y qué decir de quienes tienen perros solo para tenerlos de decoración, encerrados o amarrados “para que no molesten”. Mascotas que deberían ser libres, correr, ladrar, vivir y saltar, pero en su lugar se consumen de aburrimiento tras un portón. Pero claro, la magia moderna promete que estarán “bien cuidados” porque alguien loa lleva a la peluquería y les compra croquetas premium.
En el rubro lingüístico, la cosa no mejora. Se ha inventado la cruzada del “todes” y “nosotres”, como si el idioma hubiera nacido sexista y no fueran los hablantes los que cargamos con ese pecado. La gramática ahora es el enemigo machista por vencer, y mientras tanto nadie quiere leer un libro entero porque —aceptémoslo— no da tantos likes como un bailecito en TikTok. Para todes nosotres es opresión patriarcal y machista; ah, pero cuando ella abre su OnlyFans no se queja de sus subscriptores hombres ni de su sugar que la mantiene.
Hablando de TikTok, ahí está el nuevo sueño americano: no ser electricista, ni mecánico, ni médico, sino influencer. Y el oficio consiste en vender humo con la esperanza de que algún patrocinador pague la cuenta de luz. Qué ironía: los oficios “viejos” son los que mantienen andando el mundo, mientras la nueva ilusión consiste en grabarse diciendo nada.
Absurdo también es creer en las academias milagrosas que prometen fluidez en tres meses sin estudiar ni practicar. Como si de repente el inglés se pudiera absorber por Wi-Fi. Y para rematar, las universidades online donde vos pagás y pasás, y después presumís el diploma. Igual los pseudoacadémicos que se autopublican libros o compran artículos en revistas indexadas que nadie lee. Ya no importa investigar ni aportar: lo valioso es la foto con el libro recién impreso.
A este desfile se suman los adictos a pagar suscripciones digitales tal competencia para ver quién tiene más. Tienen Netflix, Disney+, Spotify, Amazon, HBO y al final terminan viendo siempre las mismas cosas en YouTube. O los padres modernos que le dan un iPad al niño para que no grite y no moleste, y luego se sorprenden porque a los cinco años no sabe hablar más de que en emojis. Ni se diga de los gimnasios donde la gente va no a entrenar, sino a tomarse selfies con la botella de agua de marca… o agua de dieta.
Ya sé, ya sé. Ya parezco viejito quejándome de todo, pero lo cierto es que, con esta retahíla de ejemplos, me doy cuenta de que lo absurdo dejó de ser chiste. Es práctica diaria, moda aspiracional y hasta estatus. Así que quizás ya estamos viviendo como Sísifo, diciéndonos a nosotres mismes que somes felices. Vivimos empujando las rocas de las promesas políticas, los baches, los likes inútiles, las horas extra sin sueldo. Y cuando la piedra se nos viene abajo, la levantamos de nuevo, como si fuera lo más normal del mundo y nos repetimos “es que así es”.
La pregunta es: ¿de verdad queremos seguir empujando esa roca? O peor: ¿ya nos convencimos de que esa condena absurda es la felicidad?



