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miércoles, 28 de julio del 2021

El monumento de la discordia

Con frecuencia, discusiones que deberí­an ser profundas terminan convertidas en debates vulgares. Se tornan vulgares los debates cuando se caricaturizan las tesis opuestas para poder refutarlas con mayor facilidad o cuando se sustituye la crí­tica de los argumentos por la defensa demagógica de los valores y sentimientos del pueblo. Estos vicios ya han aparecido en la controversia sobre el monumento a la reconciliación.

Algunos puntos de vista, en la medida en que reflejan también la pobreza de los debates estéticos en nuestro medio, producen estupor. Se ha llegado a decir que el monumento se critica porque el torso femenino gigante que domina la escultura refleja a la belleza femenina salvadoreña. Este juicio podrí­a tildarse de vulgar populismo estético, pero es también una falacia ad populum.

No, no se cuestiona la obra porque dicho torso represente cierto sentido de la belleza femenina local, se cuestiona porque la composición es “fea” incluso para quienes alaban “la belleza salvadoreña”. Lo feo aquí­ carece de naturaleza racial y se sitúa en el terreno del lenguaje artí­stico. La escultura está marcada por el desequilibrio y la obviedad. Pretende ser poesí­a, pero las suyas son unas metáforas muy gastadas. Para encarnar la paz, por ejemplo, no habí­a más remedio que acudir a las palomas.

Creo que estamos ante un caso nuclear donde convergen las complejas relaciones entre la estética y la polí­tica. Por un lado, tenemos la dinámica formal del monumento y, por otro, tenemos la relación del monumento y su concepto con la dialéctica de la polí­tica de la memoria en nuestro paí­s.

El monumento, como metáfora, no refleja las complejas contradicciones del conflicto y por lo tanto tampoco expresa las tensiones subterráneas de la paz. Los guerrilleros en un principio eran civiles en armas que se levantaron contra una dictadura militar. El alzamiento popular, en un principio, fue un rechazo al militarismo y también obedeció a fracturas en el seno de la sociedad civil. La escultura, en cambio, limita la reconciliación al hermanamiento de dos ejércitos, dejando matices esenciales fuera de la representación plástica. Eso convierte a las figuras del soldado y la guerrillera en cáscaras, en formas pobres y obvias. Sobra decir que en su figurativismo, por mucho que pretenda alzar el vuelo lí­rico, no parece haber un diálogo lúcido con la vanguardia.

La izquierda burocrática le apuesta al olvido porque entiende el olvido como una premisa inevitable de la concordia. De ahí­ su rechazo a la derogación de la ley de amnistí­a, de ahí­ su abandono de la búsqueda de los desaparecidos, de ahí­ su olvido de las ví­ctimas de la guerra. Esa falta de iniciativa ética ha dejado que pervivan en contradicción el homenaje al criminal de guerra y la invisibilidad institucional de una figura como Rufina Amaya. Ciertos aprecios y ciertos desprecios retratan las grietas de la cultura de la paz en la posguerra. En ese contexto hay que situar la retórica del monumento a la reconciliación..

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