spot_img
miércoles, 3 junio 2026

El homúnculo

¡Sigue nuestras redes sociales!

Por Zarko Pinkas.

Efraín Rabel pasaba horas mirando por la ventana rota.

No esperaba nada. No observaba nada en particular. Simplemente permanecía allí, de pie o sentado en una silla inestable, dejando que el tiempo se acumulara sin forma. El vidrio estaba astillado desde hacía años; una de las esquinas faltaba por completo y el viento entraba con un silbido leve, constante, como una respiración ajena.

Frente a él no había paisaje. Solo un muro. Un muro gris, húmedo, levantado demasiado cerca del edificio. La distancia era tan corta que la luz apenas alcanzaba a filtrarse. Sobre el cemento crecían manchas de musgo y hierbas débiles, torcidas, aferradas a grietas que parecían no llevar a ninguna parte. Cuando llovía, el agua dejaba surcos oscuros que permanecían días enteros, como cicatrices recientes.

Rabam era así. Una ciudad construida para durar, pero no para vivir.
Los edificios se sostenían más por costumbre que por diseño. Nadie los reparaba del todo. Nadie los abandonaba por completo. En los suburbios, donde vivía Efraín, las construcciones parecían olvidadas incluso por el propio abandono.

El suyo era un bloque antiguo, levantado antes de que alguien pensara en estética o comodidad. Las escaleras olían a humedad rancia. Las luces del pasillo parpadeaban con un ritmo irregular. Los vecinos existían, pero no se veían. A veces se oían pasos, una puerta que se cerraba, un televisor encendido a volumen bajo. Nadie hablaba con nadie. Nadie preguntaba nada.

Efraín no recordaba cuándo había comenzado a quedarse tanto tiempo frente a la ventana. Tal vez siempre había sido así. Tal vez solo ahora tenía el tiempo suficiente para notarlo. Su garganta ardía.

No era un dolor violento, sino persistente. Una irritación que no cedía con agua ni con reposo. Al principio había sido una molestia menor, una sequedad al despertar. Luego vinieron los carraspeos inútiles, la voz cada vez más baja, más áspera, hasta que hablar comenzó a requerir esfuerzo.

Pensó en ir al médico. Pensó, y descartó la idea. Nunca había confiado del todo en ellos. Demasiadas versiones, demasiados intereses. En Rabam, los hospitales eran edificios más nuevos, más limpios, pero igual de impersonales. Prefería no entrar en esos lugares donde todo olía a desinfectante y control. Además, estaba seguro de que no era nada grave. Eso se repetía mientras la fiebre subía.

Por las noches, el calor se volvía espeso. Dormía mal, envuelto en sudor, con la garganta en llamas. A veces despertaba sobresaltado, con la sensación de que algo se movía en el departamento. No pasos. No voces. Algo más bajo. Más cerca de las paredes.

Una madrugada, al levantarse para beber agua, lo oyó con claridad. Un sonido leve, rítmico. Como una respiración contenida.

Venía de abajo, del muro interior, justo donde alguna vez había habido un pequeño agujero. Un hueco antiguo, sellado de manera torpe, donde según el antiguo propietario había vivido un ratón.

Efraín apoyó la mano en la pared. El sonido cesó. Se quedó inmóvil, escuchando su propio pulso, el zumbido de la ciudad lejana, el silencio espeso del edificio. Pensó que la fiebre comenzaba a afectarlo. Pensó que el cansancio hacía cosas extrañas con la percepción.

Volvió a la cama.

Pero desde esa noche, cada vez que cerraba los ojos, tenía la sensación incómoda de que no estaba solo en el departamento. No de una presencia amenazante, sino de algo más difícil de nombrar: como si el lugar mismo respirara con él, demasiado cerca, demasiado adentro.

Rabam seguía ahí, inmóvil tras el muro. Y Efraín Rabel, sin saberlo aún, había empezado a escucharla. La fiebre no lo abandonó al amanecer.

Efraín Rabel se despertó con la boca seca y la lengua entumecida, como si hubiera pasado la noche respirando polvo. Intentó decir una palabra —cualquier palabra— y solo logró expulsar un sonido áspero, incompleto, que le raspó la garganta por dentro. Carraspeó varias veces. El ardor persistía.

Se quedó sentado en el borde de la cama, esperando que el cuerpo reaccionara, que la voz regresara por simple inercia. No ocurrió.

No era la primera vez que se enfermaba, pero sí la primera en que la dolencia parecía no tener centro. No podía señalar un punto exacto del dolor. No era inflamación, no era infección, no era frío. Era como si algo se hubiera instalado ahí, ocupando un espacio que antes estaba vacío.

El día transcurrió sin forma. Rabam siempre tenía esa cualidad: las horas no se distinguían unas de otras. Afuera, el muro seguía igual. El musgo no avanzaba. Las hierbas no crecían. Todo parecía suspendido en un estado de espera permanente.

Efraín encendió la computadora.

La pantalla iluminó el departamento con una luz azulada, antinatural. Abrió el navegador y escribió palabras sueltas: dolor de garganta persistente, pérdida de voz sin causa, afonía crónica. Los primeros resultados lo llevaron a páginas oficiales, clínicas, artículos firmados por médicos.

Los cerró uno por uno. Nunca había confiado en ese lenguaje. Demasiado limpio. Demasiado seguro de sí mismo. Siempre prometiendo soluciones a cambio de obediencia. Medicación, vacunas y protocolos.

Siguió bajando. Foros.Blogs personales. Páginas con fondos oscuros y tipografías irregulares. Ahí sí se sentía cómodo.

Personas como él hablaban sin filtros: hombres y mujeres convencidos de que el mundo funcionaba de otra manera, de que había verdades ocultas bajo capas de consenso impuesto. Efraín leía con atención. Asentía frente a la pantalla. La enfermedad no era un accidente, decían. Nada lo era. Siempre había una causa más profunda, una interferencia, algo que no debía estar ahí.

Encontró testimonios.
Relatos de gente que había perdido la voz sin explicación médica y la había recuperado sin hospitales, sin fármacos, sin someterse a nada. Hablaban de métodos antiguos, de prácticas olvidadas, de entidades menores.

Una palabra apareció varias veces: Homúnculo.

No como mito, ni como figura simbólica. Lo describían como una presencia mínima, residual, una forma de vida que se alimentaba de lo que otros desechaban. No creaban enfermedades: las ocupaban.

Efraín cerró los ojos un momento. Recordó el sonido nocturno en el muro. La respiración.

Siguió leyendo.

Uno de los blogs —mal escrito, lleno de errores, pero insistente— detallaba un procedimiento simple. No invocaciones. No símbolos. Nada espectacular. Solo disposición. El homúnculo, decía el autor, no venía de ningún lugar. Ya estaba. Siempre estaba. Vivía en huecos, en grietas, en espacios que nadie revisaba.

Lo importante era no asustarlo.

Efraín sonrió, o creyó hacerlo. La fiebre le daba una sensación extraña en el rostro, como si los músculos no respondieran del todo. Volvió a mirar la pared interior del departamento, el punto exacto donde había apoyado la mano la noche anterior.

El hueco sellado. El lugar del ratón.

—Solo quiero curarme —murmuró, aunque la voz apenas salió.

Esa noche no encendió la luz al acostarse. El departamento estaba en silencio, pero no era un silencio vacío. Era un silencio ocupado, cargado. Efraín permaneció despierto, escuchando. El ardor en la garganta latía al ritmo de su pulso. Entonces volvió a oírlo. Más claro esta vez. Más cerca.

Una respiración pequeña, cuidadosa, como si algo temiera ser descubierto. No provenía del muro exterior, sino del interior, del espacio sellado, de ese punto exacto que siempre había ignorado.

Efraín no se movió.

Por primera vez desde que comenzó la enfermedad, no sintió miedo.
Sintió otra cosa. La certeza incómoda de que, tal vez, no estaba enfermo, sino acompañado.

Efraín esperó.

No sabía cuánto tiempo pasó con los ojos abiertos, fijos en la pared. El ardor en la garganta había disminuido apenas, lo suficiente como para permitirle respirar sin esa sensación de vidrio molido. La fiebre seguía allí, densa, ordenándole pensamientos sin terminar.

—No voy a hacerte daño —dijo, o creyó decir.

La voz salió mal. Fragmentada. Pero salió. Del hueco sellado no vino respuesta inmediata. Solo esa respiración mínima, cuidadosa, como si al otro lado alguien midiera cada movimiento. Efraín apoyó la espalda contra la cama y dejó caer la cabeza hacia atrás. No sentía urgencia. En Rabam, nada ocurría rápido.

—No quiero aplastarte —agregó—. Ni sacarte a la fuerza.

El sonido cambió. Un leve roce. Algo moviéndose dentro del muro.

—Eso dicen todos —respondió una voz pequeña, gastada, demasiado clara para provenir de un espacio tan estrecho—. Después pisan.

Efraín cerró los ojos. No se sorprendió. La fiebre había cruzado una línea hace rato. Aceptar la conversación era más sencillo que resistirla.

—No puedo hablar —dijo—. Me estoy quedando sin voz.

—Ya lo sé.

La respuesta fue inmediata. Demasiado.

—¿Qué eres? —preguntó Efraín.

Hubo una pausa.
Luego:

—Un resto.

La palabra quedó suspendida en el aire. Efraín tragó saliva con dificultad. Sintió, por primera vez desde que comenzó la enfermedad, que algo se acomodaba en su garganta, como si una presión interna hubiera cedido un poco.

—Puedo ayudarte —continuó la voz—. Pero no gratis.

Efraín sonrió sin humor. Todo en su vida había funcionado así.

—¿Qué quieres?

—Salir.

La petición fue tan simple que tardó en procesarla.

—No puedo —respondió—. No… no puedo sacarte así.

—No te estoy pidiendo que me cargues —dijo la voz—. Solo que no me dejes aquí.

Efraín se levantó despacio y caminó hasta la pared. Pasó la mano por el cemento frío. El sellado era torpe, antiguo. Podía abrirlo. Con esfuerzo, pero podía.

—Tengo miedo —agregó la voz—. Afuera hay pasos.

Efraín pensó en las escaleras del edificio, en la gente que no miraba, en los cuerpos que pasaban sin verse. Pensó en Rabam y en cómo todo lo pequeño terminaba aplastado por inercia.

—Si te ayudo —dijo—, ¿mi voz vuelve?

—A ratos —respondió la cosa—. Al principio.

Efraín no pidió más garantías. Nunca lo había hecho. Buscó una herramienta en la cocina, algo para raspar el sellado. El cemento cedió con un sonido seco, desagradable. El hueco quedó expuesto.

No miró de inmediato.

Sintió primero el cambio. El aire del departamento se volvió más espeso, como si algo hubiera sido liberado. La garganta dejó de arder por completo durante unos segundos. Efraín habló, probándose.

—¿Así?

—Así —respondió la voz, más cerca ahora—. Pero no me mires todavía.

Efraín obedeció.

La cosa salió sola, con dificultad, arrastrándose. Pesaba menos de lo que había imaginado. Mucho menos. Se movía con torpeza, como si no estuviera hecha para el espacio abierto.

—No me lleves lejos —pidió—. Solo… muévete.

Efraín asintió. Se puso la chaqueta. Abrió la puerta del departamento y salió al pasillo. Cada paso le devolvía un poco más de voz. No firme, no limpia, pero usable.

—No me dejes solo —dijo la cosa.

Efraín bajó las escaleras con cuidado.

Esa noche caminó por Rabam con algo adherido a él, oculto bajo la ropa, temblando a cada vibración del mundo exterior. Y mientras avanzaba entre edificios apagados y calles sin miradas, comenzó a sentir un fenómeno nuevo:una presencia cálida, acomodándose, buscando lugar.

No fue doloroso. No al principio.

La voz volvió con más fuerza. Y la cosa, por primera vez, dejó de tener miedo.

Durante los días siguientes, Efraín Rabel dejó de toser. No fue inmediato, ni milagroso. Simplemente una mejora constante, casi administrativa. La voz regresó primero como un murmullo firme, luego como una herramienta fiable. Podía hablar por teléfono sin carraspear. Podía pedir comida. Podía discutir en foros. El homúnculo no pidió más paseos.

—Aquí está bien —decía desde algún punto impreciso de su cuerpo—. No hay pasos.

Efraín no preguntó dónde estaba exactamente. Lo sentía moverse, a veces, como una presión leve detrás del esternón, o un cosquilleo que subía por la garganta cuando hablaba demasiado. Era incómodo, pero útil.

En Rabam, lo útil siempre ganaba. El edificio seguía igual de podrido. El muro frente a la ventana continuaba allí, con sus hierbas y mugre. Pero Efraín ya no pasaba horas mirando. Se sentía acompañado. Eso bastaba para alterar la percepción del encierro.

—Te estás acomodando —dijo una noche, sin dirigirse a nadie en particular.

—Me estoy quedando —respondió la voz.

Efraín comenzó a salir más. Caminaba sin rumbo por los suburbios, entraba a locales baratos, se sentaba donde nadie lo miraba. En esos lugares, el homúnculo parecía crecer un poco. No en tamaño —no aún— sino en seguridad.

—Hablas mejor —comentó una vez—. Más claro.

Efraín se sorprendió de estar de acuerdo. Empezó a discutir en redes. A escribir comentarios largos. A corregir a desconocidos. El tono era nuevo: más firme, menos dubitativo. Cuando alguien lo refutaba, sentía una vibración interna, una especie de aprobación silenciosa.

—No les debes nada —susurraba la voz—. Ellos pisan primero.

Efraín dejó de buscar médicos. Dejó de leer sobre su antigua dolencia. No la necesitaba. Había encontrado algo más eficiente. La primera señal de alarma fue mínima: una molestia al tragar alimentos sólidos. Nada grave. Solo una resistencia blanda, como si algo reclamara prioridad.

—Tengo hambre —dijo la voz una tarde.

—¿De qué? —preguntó Efraín, sin pensar.

La respuesta tardó.

—De movimiento.

Salieron. Entraron a un restaurante de comida rápida en una avenida sin nombre. Luces blancas, mesas plásticas, nadie mirando a nadie. El lugar perfecto. Efraín pidió una hamburguesa doble y se sentó en el baño, como hacía siempre cuando no quería ser observado. Se miró al espejo. Por primera vez notó el cambio en su rostro: la mandíbula más tensa, los ojos atentos, la boca demasiado segura de sí misma.

—Aquí —dijo la voz—. Aquí puedo salir un poco.

Efraín cerró la puerta con pestillo. Sintió la presión desplazarse hacia la garganta. No dolía. Era una expansión controlada, como si algo reclamara su turno.

—Solo un poco —dijo—. No quiero que te aplasten.

—No me aplastarán —respondió el homúnculo—. Confía.

Efraín apoyó las manos en el lavamanos. Abrió la boca. Sintió el movimiento ascendente, húmedo, decidido. Algo buscaba el aire.

Y por primera vez, Efraín entendió que la relación había cambiado. Ya no era un acuerdo. Era una necesidad compartida. La hamburguesa reposaba intacta sobre el lavamanos. La carne comenzaba a enfriarse.

—Después —dijo la voz—. Primero yo.

Efraín asintió. Siempre había sabido obedecer cuando algo dentro de él hablaba con certeza. El espejo devolvió una imagen que ya no era completamente suya.

La piel del cuello se tensaba de una forma antinatural, como si debajo hubiera dedos empujando desde adentro. La garganta se abrió con un sonido húmedo, indeciso, y algo rosado, arrugado, comenzó a asomar entre los dientes. Efraín no gritó. Nunca había sido de gritar.

El homúnculo emergió despacio, lubricado por saliva y sangre mínima. Tenía ojos pequeños, demasiado vivos, y una boca que imitaba la suya en versión incompleta. Respiraba con ansiedad, aspirando el aire del baño como si fuera un privilegio largamente negado.

—No mires así —dijo—. Dijiste que me sacarías.

Efraín tomó la navaja del bolsillo interior de la chaqueta. La había llevado sin saber por qué. En Rabam, uno siempre llevaba algo para abrir, cortar o defenderse.

—Te dije que te pasearía —respondió—. No que te dejaría.

El homúnculo rió. Un sonido breve, infantil, que le provocó una náusea inmediata.

—Sin mí no duras —dijo—. Tu voz vuelve a morir. Tu cabeza vuelve a ese muro.

Efraín lo sostuvo con una mano. Pesaba más de lo que esperaba. Era tibio. Demasiado real.

El primer corte no fue profundo. Solo para probar. El homúnculo chilló, un chillido agudo, desordenado, que rebotó en los azulejos.

—No —dijo—. No así.

Efraín no respondió. Cortó de nuevo. Esta vez con decisión. La carne cedió como una fruta madura. El olor fue inmediato: hierro, grasa, algo dulzón. El homúnculo pataleó, golpeando su muñeca con una fuerza ridícula, inútil.

—Yo te salvé —gimió—. Yo te hice hablar.

—Y yo te traje —dijo Efraín—. Eso basta.

Lo colocó sobre la hamburguesa abierta, como si fuera un ingrediente más. Pan, carne, carne distinta. Cerró el pan con cuidado. Con respeto casi ceremonial.

Se sentó en la tapa del inodoro. El primer mordisco fue el peor. La textura no coincidía con nada conocido. No era carne animal ni humana. Era algo intermedio, fibroso, resistente. Efraín masticó. Lento. Obligándose. Sintió cómo algo crujía entre los molares.

El homúnculo gritó una vez más, y luego dejó de hacerlo. Efraín siguió masticando.Masticó hasta que la boca le dolió. Hasta que la mandíbula tembló. Tragó. Sintió el descenso caliente por el esófago. Un peso que se acomodaba. Cuando terminó, se limpió la boca con una servilleta. Se miró al espejo.

No había bultos. No había presión. No había voz. Solo silencio. Salió del baño y dejó la bandeja en el basurero. Caminó hacia la salida del restaurante sin que nadie lo mirara. Afuera, Rabam seguía gris, indiferente, exacta.

Efraín habló en voz alta.

—Hola.

La palabra salió clara. Limpia. Enteramente suya. Sonrió apenas. Esa noche volvió a su departamento. Miró el muro. Las hierbas. El moho. Todo seguía igual. Pero ya no estaba acompañado. Y por primera vez en mucho tiempo, tampoco lo necesitaba.


También te puede interesar

Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

Últimas noticias