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lunes, 26 de julio del 2021

El hecho, el derecho, la justicia y la decencia

EL HECHO: Un magistrado de Cámara, hombre de derecho, conocedor de las leyes, adulto, esposo, padre de familia, realizó tocamientos impúdicos en una niña de diez años. “Menor incapaz”, en la jerga legal.

EL DERECHO: La Cámara Primera de lo Penal, al juzgar el hecho, dice: “la conducta imputada al magistrado Escalante Díaz no es constitutiva del tipo penal por el cual fue acusado, es decir, agresión sexual en menor”. Para eso, citan el artículo 392 del Código Penal, “Actos contrarios a las buenas costumbres y al decoro público”. Recalifican el hecho al nivel de los exhibicionistas, los grafiteros de los baños públicos o los que cantan canciones de Chocolate en la vía pública. Mirá pues, si yo que no soy abogado, no tuve que irme hasta casi el final del Código, para comprender la situación.  El artículo 165, muy conspicuamente, dice: ACOSO SEXUAL. ART. 165.- El que realice conducta sexual indeseada por quien la recibe, que implique frases, tocamiento, señas u otra conducta inequívoca de naturaleza o contenido sexual y que no constituya por sí sola un delito más grave, será sancionado con prisión de tres a cinco años. (19) El acoso sexual realizado contra menor de quince años, será sancionado con la pena de cuatro a ocho años de prisión. (19) (CP decreto 1030 y reformas). ¿Será ignorancia o mala fe?

LA DECENCIA: Pero dejemos eso, la Corte Suprema será la que resuelva. Vamos a lo que a nosotros nos atañe, como ciudadanos, hijos, padres, hermanos. Hay una niña que fue asaltada en su dignidad, por un adulto, en la vía pública. Eso indica que ese adulto no está en su sano juicio. Además de que es un delito, puede ser un delirio enfermizo, lo que lo debería de inhabilitar para ejercer el derecho y menos, impartir justicia.

Fiscalía debería de  investigar de oficio, hasta dónde llegan sus tentáculos de abusos. Posiblemente ha hecho víctimas a los menores de su entorno, ya que nadie hace un acto indecente por generación espontánea.

Es lamentable la conducta miserable de los magistrados que pretenden salvar a su colega con una trampa legal, tan burda, que ha levantado una indignación popular, pocas veces vista. De hecho, esos mismos magistrados, además de colegas del indecente, son cómplices.

Los jueces de nuestro país, lamentablemente, han perdido de vista la esencia de su papel, que es impartir justicia. Un juez corrupto es, en sí, corruptor. Una sociedad en donde los operadores de justicia y, en especial los jueces, están corrompidos, es como un cuerpo que tiene podridas todas las entrañas.

No me atrevería a decir si los magistrados han defendido lo indefendible, por treinta monedas, o por un mal entendido espíritu de cuerpo, muy parecido al accionar de las mafias. Pero no hay dinero que compense el gran daño que están haciendo a su misma sociedad y, por qué no, a su familia. Ellos también tienen hijas y nietas, a las que están desprotegiendo.

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