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jueves, 4 junio 2026

El Golem

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Por Zarko Pinkas

Soñó con su abuela. Una luz tenue iluminaba una habitación que nunca existió, cálida y silenciosa, y su voz arrullaba los recuerdos de un tiempo que no podía tocar. Le hablaba del gólem, un guardián de barro que, en los tiempos oscuros, había protegido a su pueblo y les había dado luz. Sus manos arrugadas gesticulaban mientras contaba cómo los enemigos caían ante él, y cómo los niños podían dormir sin miedo. Cada palabra parecía impregnarse en su mente, pesada como la arcilla húmeda de los cimientos antiguos.

Pero el sueño se tornó extraño. Su abuelo apareció en un rincón, primero humano, luego monstruo. Sus dientes eran agujas, sus ojos pozos negros, y de sus hombros surgieron alas de murciélago que batían despacio, llenando la habitación con un viento que olía a ceniza y muerte. El niño sintió que algo lo tocaba, que lo atrapaba. Un grito ahogado salió de su garganta, aunque nadie escuchó. Despertó sobresaltado, temblando, y su corazón latía como un tambor que anunciaba la guerra.

Al abrir los ojos, la realidad no era menos aterradora. La ciudad junto al Mar Negro estaba en ruinas. Casas destruidas, humo negro que ascendía como serpientes, y el sonido metálico de bombas lejanas lo acompañaban. Entre los escombros, la guerra devoraba todo: templos, plazas, calles que alguna vez fueron hogar. Él caminaba entre cadáveres, cenizas y barro, con los recuerdos del sueño ardiendo en su mente y un escalofrío constante que le recorría la espalda.

Mientras avanzaba, vio un pequeño gato sucio asomarse de un hueco en la calle. Sus ojos reflejaban miedo y hambre, igual que los suyos. Agachándose, le habló con voz que apenas reconocía como humana:

“Hola, pequeño Mishka… ¿Tienes hambre como yo?”

Sacó un pedazo de pan de su mochila y lo puso frente al felino. El gato olfateó, dudó, y finalmente mordió el pan con delicadeza. El hombre sonrió, un instante de ternura que parecía salvarlo de la desesperación. Pero cuando intentó acariciarlo, Mishka se engrifó de miedo, sus pequeños pelos se erizaron, y con un salto desapareció entre la neblina que comenzaba a caer sobre la ciudad, como si lo reclamara la noche misma.

El hombre lo miró alejarse y algo dentro de él cambió. Sintió un placer oscuro al recordar que el golem podía obedecer cada orden suya, que la vida y la muerte estaban a su alcance… y que, poco a poco, la bondad que había sentido ante Mishka se disolvía en la ambición y la maldad que lo consumían.

Aún así, la voz de su abuela resonó como un hilo de esperanza. Recordó la profecía: bajo las criptas de la vieja iglesia, dormía un ídolo de barro, un golem que obedecía al que pronunciara su nombre verdadero. La idea parecía imposible, pero la guerra lo había empujado a creer en lo increíble.

Descendió por escaleras de piedra quebrada, con una vela temblorosa en la mano. El olor a humedad y tierra vieja lo llenaba, y cada paso crujía como un susurro de advertencia. Allí, entre paredes carcomidas, encontró la figura: un cuerpo humanoide de arcilla reseca, enorme, con inscripciones hebreas en el pecho y boca sellada. Sus ojos eran vacíos y densos, como pozos de tiempo detenido. No era estatua ni cadáver, sino algo suspendido entre ambos. Fragmentos de manuscritos dispersos hablaban de protección, poder y, casi borrado, de la eternidad de la carne.

El hombre dudó, pero la guerra rugió sobre su cabeza. Con dedos ensangrentados escribió el nombre secreto en el pecho del golem. El contacto fue frío, pegajoso, y un vacío ardiente lo envolvió. Los ojos del golem se abrieron, fijos en él, sin parpadear, sin respirar, como si el tiempo mismo se hubiera detenido.

Al principio, el golem fue un escudo. Ninguna bala, ningún soldado podía atravesar su sombra. Lo siguió entre ruinas y fuego. Cada paso del ídolo apagaba llamas y silenciaba gritos. Pero la calma no duró. Mientras avanzaban, la ambición comenzó a crecer en el hombre. Recordó la línea prohibida de los manuscritos: la eternidad de la carne. ¿No podría el golem darle lo que los hombres y ejércitos jamás lograrían?

La primera prueba de poder llegó en un campo abierto. Un convoy de soldados enemigos avanzaba por una carretera cubierta de barro. Sin titubear, el hombre ordenó al golem que destruyera. La criatura obedeció: levantó los brazos de arcilla y aplastó vehículos, cuerpos, y todo lo que encontraba. Gritos humanos se mezclaron con los maullidos de gatos escondidos entre cajas. Al principio, el hombre pensó en justicia, pero pronto sintió un placer oscuro ante la destrucción, el gozo de la muerte bajo su mando.

Dentro de su arcilla, el golem pensaba. No hablaba, no podía, pero reflexionaba. Se sentía como un dron moderno, obediente, pero con conciencia; creado para proteger, y sin embargo forzado a sembrar maldad. Recordaba que había nacido en los abismos del Mar Negro, moldeado por manos que invocaban protección, y que todo hombre que lo controlara terminaría manchado por la corrupción. Sentía lástima por el hombre, destruido por su propio odio.

The Golem (Der Golem) por Hugo Steiner

El hombre, en cambio, no escuchaba ni compasión ni advertencias. Su mente se llenó de oscuridad. Ordenó más destrucción, sin importar civiles ni animales. Cada golpe del golem alimentaba su sed de poder. La ambición creció hasta que ya no deseaba solo sobrevivir: quería la eternidad que prometían los manuscritos.

Noche tras noche lo atormentaba, le hablaba, le gritaba, buscaba símbolos en sus ojos de arcilla. Caminaba, protegía, destruía. Nada más. Pero en la sombra de su mente, la obsesión lo consumía. Su cuerpo se debilitaba, sus noches se llenaban de insomnio, su piel se volvía ceniza y sus pensamientos se retorcían. Creía que con un sacrificio supremo arrancaría la inmortalidad del golem.

Una madrugada descendió con él a una cripta olvidada, entre colinas húmedas. Allí, con antorchas encendidas, comenzó un ritual improvisado. Mezcló tierra, sangre de animales, fragmentos de huesos. Clamó palabras que no entendía. El eco le devolvió carcajadas que parecían venir de siglos.

El golem, en silencio, se dejó encerrar. La tierra se volvió líquida, densa. El hombre escribió inscripciones torpes sobre su pecho. El suelo cedió bajo sus pies y cayó en un hoyo estrecho, húmedo. La arcilla se cerró a su alrededor, aprisionándolo junto al golem.

Gritó. Solo su voz rebotaba en su cráneo. Miró al ídolo, que levantó apenas la cabeza. Sus ojos huecos se clavaron en él. Comprendió al instante: no iba a escapar nunca, estaría condenado junto al golem y a los rostros atrapados en el barro.

Porque entonces los vio: los muros ya no eran lisos. Decenas de rostros humanos emergían de la arcilla, con bocas abiertas en gritos silenciosos. Ojos vacíos lo miraban, deformes o frescos como si hubieran sido tragados ayer.

El barro subía hasta su cuello, pegajoso, frío, con olor a sangre vieja. Quiso gritar, pero solo salió un resuello húmedo, mezclado con mocos y barro. El sonido rebotaba en la cripta, como respiración de un animal moribundo.

Mientras la oscuridad entraba en su mente para siempre, un último pensamiento, helado como la guerra misma, se grabó:“La guerra nunca muere.”

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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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