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martes, 26 de octubre del 2021

El diálogo

Sigue dando tropiezos y no acaba de coger el ritmo y la profundidad anunciados. Los actores participantes llegan y se van; hoy anuncian su incorporación y mañana su inesperado retiro. No parece que se estén tomando las cosas en serio. A veces casi parece un juego o, en el mejor de los casos, un culebrón aburrido en cuya serie las escenas se repiten con demasiada frecuencia y el guionista no acaba de encontrar el hilo maestro de la trama.

Lo que debí­a ser un diálogo polí­tico concreto, en torno a temas especí­ficos derivados de la crisis poselectoral, muy pronto se convirtió en un diálogo de carácter nacional, con una agenda artificialmente ampliada y un número cada vez mayor de actores, grandes y pequeños, con niveles diferentes de representatividad y escasa legitimidad polí­tica. El escenario su fue poblando demasiado y los espacios para el consenso y el entendimiento se fueron reduciendo cada vez más. Entre más amplia es la agenda, más complicados se vuelven los acuerdos. Más difí­cil es la concertación.

En el año 2007 dirigí­ un proceso de diálogo nacional para identificar y diseñar las bases de lo que debí­a ser un Plan de Nación. Recorrimos casi todo el paí­s y nos entrevistamos con más de 600 organizaciones y actores clave. Las entrevistas giraban en torno a tres preguntas clave: qué tipo de paí­s tenemos, que clase de paí­s quisiéramos tener a mediano plazo y, finalmente, cómo podemos lograr construir el paí­s anhelado… Las múltiples respuestas, de profundidad y calidad diversas, nos permitieron perfilar con más precisión los principales problemas que angustiaban o preocupaban a la gente y, sobre la base de esos insumos, logramos construir un conjunto de propuestas de polí­ticas públicas que el Estado deberí­a poner en marcha.

Lamentablemente las condiciones polí­ticas del paí­s no eran en ese momento las mejores y las relaciones entre los poderes del Estado habí­an entrado ya en una fase de declive y deterioro. No habí­a condiciones propicias para convertir en Ley de la República el las llamadas Bases de un Plan de Nación. Eso sólo fue posible, con las enmiendas y modificaciones sustanciales del caso, en el inicio del siguiente gobierno.

La experiencia vivida me enseñó muchas cosas y, especialmente, me mostró las dificultades inherentes a los procesos de diálogo y la búsqueda de acuerdos básicos por la ví­a de los consensos mí­nimos. Es casi un arte, acompañado, por supuesto, de una gran dosis de paciencia para soportar las veleidades de los principales actores y sufrir las consecuencias de sus caprichos y cálculos mezquinos.

Se requiere temple y perseverancia. Pero sobre todo se requiere contar con los actores adecuados, con una agenda mí­nima y precisa, que contenga los temas esenciales del conflicto o la crisis, así­ como disponer de los buenos oficios de facilitadores o mediadores, según sea el caso, para acompañar el proceso de diálogo.

Si los acuerdos son positivos y constituyen un valioso aporte para superar la conflictividad poselectoral, los diputados no deberí­an tener reparos en aprobarlos y convertirlos en leyes. El Parlamento deviene obligado a transformar en legislación vigente los consensos polí­ticos de la sociedad.

El paí­s necesita salir del conflicto poselectoral para empezar a buscar la verdadera solución de la crisis. El diálogo debe ser el camino para dejar atrás la crispación del conflicto, mientras que una reforma electoral, democrática, plural e incluyente, debe la puerta para salir de la crisis. Sólo se necesita una cosa: la suficiente voluntad polí­tica para llegar a acuerdos y la convicción profunda de que el consenso es la única ví­a para salir del atolladero.

Ya se sabe: el que tolera, dialoga, y el que dialoga, comprende.

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