Por Juana Ramírez de Pinkas
Sentada en un banco del parque, siento un ruido de algo que cayó cerca de mí.
Al voltear a ver, distingo entre las plantas a un pequeño y frágil ser. Me sorprendió verlo tan lastimado y triste. Con dulzura le pregunto:
—¿Qué te ha ocurrido?
Me mira tristemente y me dice:
—Tengo muchos, pero muchos años, y durante ese tiempo hice una gran labor. Gracias a mí, muchos se miraron, se conocieron y se enamoraron. ¿Sabes? Yo soy Cupido, el ángel que se encarga del amor a primera vista, el que lanza la flecha directo a los corazones de dos personas que no se conocen, pero se miran, y la química los hace reaccionar… y se enamoran aun sin conocerse. Ya sabes: tu mirada se encuentra con otra mirada, y sucede lo más hermoso de la vida: el amor.
Reconozco que no siempre acierto, pero son pocas veces. En la actualidad me encuentro cesante, no tengo trabajo. Nadie puede mirar a nadie: es mal visto, algo peligroso.
Me mira y me dice:
—¿Crees que después de tantos años trabajando en los corazones merezco este pago? Si nadie se mira, ¿cómo lanzo la flecha del amor a primera vista?
Se sienta, pensativo, y agrega:
—Debo cambiar de planeta, donde mi trabajo sea valorado.
Luego me pregunta:
—¿Tú te enamoraste alguna vez a primera vista?
—Por cierto que sí —le contesté—, y fui muy feliz.

Me mira, se levanta, arregla sus bucles de querubín, acomoda sus flechas, mueve sus alitas y se eleva. Desde lo alto me lanza una flecha justo donde dicen que tenemos el corazón, y sentí —a pesar de mis años— de nuevo la maravillosa sensación del amor a primera vista.
—Gracias, Cupido —le dije—, me hiciste recordar mi pasado.
Me sentí muy joven y con una sensación agradable en el alma.
—Nos veremos —agregó—, creo que somos los últimos románticos.
Me sonrió, lanzó un beso y me dijo:
—No te molestes si te dicen que yo no existo y que todo esto fue fruto de tu imaginación.
Te amo, Cupido.


