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sábado, 13 junio 2026

El dedo

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"El dedo", por Zarko Pinkas.

Por Zarko Pinkas.

Ernesto siempre había sido el alma de Halloween. Desde hacía años se disfrazaba de asesino, vampiro o payaso sangriento, y recorría el barrio haciendo bromas que iban desde timbres falsos hasta muñecos que colgaba en las ventanas. Pero ese 31 de octubre, se prometió a sí mismo que sería su mejor noche.

A media tarde, se presentó en el bar del vecindario con una sonrisa y un dedo humano de utilería metido en una bolsa plástica. Lo había pintado con un rojo viscoso que goteaba un poco por la abertura.

—Lo encontré tirado en la calle —decía, riéndose—. Capaz que es de alguno de esos que vinieron a pedir dulces.
Los demás reían, medio incómodos. Ernesto era de los que no sabían cuándo parar, y su humor rozaba siempre lo desagradable.

Cuando cayó la noche, se puso su máscara de cuero y su abrigo largo, se echó el dedo en el bolsillo y salió a caminar entre los grupos de niños disfrazados. Las luces naranjas temblaban como velas, y el viento soplaba con un olor extraño, una mezcla de tierra mojada y flores podridas.
“Perfecto”, pensó. “Noche de muertos.”

Durante horas asustó a todos. A los niños les mostraba el dedo y fingía cortarse uno propio con una cuchilla falsa. A los adultos les contaba que lo había encontrado dentro de una caja con gusanos. Las risas eran nerviosas. A nadie le hacía mucha gracia, pero Ernesto disfrutaba del poder de incomodar.

Cerca de la medianoche, llegó hasta la última casa del callejón. Era una vivienda vieja, con la pintura descascarada y un jardín lleno de maleza. Recordaba que ahí vivía una anciana solitaria, de esas que los niños evitaban. Sonrió. El cierre perfecto para su broma.

Golpeó la puerta tres veces. Nada.
—¡Truco o trato, doña! —gritó.
La puerta se abrió lentamente. Una mujer flaca, de ojos enormes y temblorosos, apareció al otro lado.
Ernesto levantó la bolsa, sacó el dedo ensangrentado y lo agitó frente a ella.
—Creo que se le cayó esto…
La anciana soltó un grito tan agudo que pareció quebrar el aire, y cayó de espaldas sin emitir otro sonido.
Ernesto dio un paso atrás, aturdido.
—Doña… ¿doña? —susurró. Pero no se acercó. En cambio, corrió calle abajo, riéndose nervioso.
“Solo se desmayó. Vieja exagerada.”

Cuando llegó a su casa, el eco de la carcajada se le había apagado. Se sirvió un trago y encendió el televisor. En el bolsillo, el dedo aún estaba. Lo arrojó sobre la mesa con desgano.
—Qué nochecita —murmuró, y bebió.

Un sonido húmedo lo hizo mirar.
El dedo se movía.
Primero apenas un temblor. Luego, un espasmo más largo, como si algo dentro de él respirara.
Ernesto se levantó despacio. Lo tomó. Era tibio. Blando.
La pintura roja ya no era pintura. Era sangre.
Lo soltó de un salto, y el dedo cayó al suelo, dejando un hilo oscuro sobre las baldosas.

Sintió un ardor en la mano.Cuando la miró, casi vomitó: le faltaba un dedo.
El hueco sangraba. Retrocedió tropezando con la mesa, mientras el dedo sobre el suelo giraba, como si tratara de orientarse. Luego empezó a moverse, lentamente, hacia él.

Ernesto corrió a la puerta, pero antes de alcanzarla escuchó algo: un golpeteo leve, insistente.
Toc, toc, toc. No venía del interior. Venía de afuera.
Se acercó a la ventana y apartó la cortina.Una docena de dedos humanos reptaban por el vidrio, dejando rastros de sangre. Algunos delgados, otros arrugados, otros diminutos, como de niño.
Toc, toc, toc. El sonido se multiplicó: en la puerta, en el techo, en las paredes.

Los dedos empezaron a entrar por las rendijas, por debajo de la puerta, por los enchufes. Se movían como gusanos vivos. Ernesto gritó y los pisoteó, pero seguían apareciendo, decenas, cientos.
Subían por sus piernas, le trepaban por el torso, se adherían a su piel.
Intentó arrancarlos, pero cada uno que quitaba le robaba un pedazo de carne.
El dolor lo hizo caer.
Las manos de dedos sueltos se unían entre sí, lo envolvían, lo levantaban.
Un dedo —el primero, el de la anciana— se arrastró hasta su boca y le tocó los labios.
Y entonces todo fue oscuridad.


A la mañana siguiente, los niños del vecindario fueron casa por casa pidiendo dulces.
Cuando llegaron a la de Ernesto, se detuvieron.
Sobre la puerta había una figura colgada, articulada con decenas de dedos clavados en la pared.
El cuerpo estaba rígido, con una mueca grotesca de sonrisa.
Uno de los chicos dijo, maravillado:
—¡Qué realista!
Otro sacó su teléfono.
—Selfie —dijo, levantando el pulgar.
Posaron, riendo nerviosos, frente a la “decoración”, sin notar que el cadáver tenía los ojos abiertos.
Mientras se alejaban, un perro del vecindario pasó corriendo y arrancó con los dientes un pedazo del abrigo —y algo más, pequeño y rosado, que cayó al suelo con un sonido húmedo.

La foto, subida a redes esa noche, se volvió viral. Nadie se dio cuenta de que, en una esquina del marco, un dedo parecía estar señalando hacia afuera de la imagen. Como si aún buscara a quién tocar.

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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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