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martes, 11 de mayo del 2021

El asesinato de cuatro periodistas holandeses: un caso paradigmático de violación a la libertad

"Sus cuerpos quedaron tendidos en el césped y junto a ellos las únicas 'armas' que le acompañaban: su cámara, plumas y libretas"

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El 17 de marzo de 1982, en El Salvador, cuatro periodistas de nacionalidad holandesa sufrieron una de tantas emboscadas realizadas por la Fuerza Armada para sembrar terror y miedo entre la población. Sus cuerpos quedaron tendidos en el césped y junto a ellos las únicas “armas” que le acompañaban: su cámara, plumas y libretas.  

El informe de la Comisión de la Verdad, de marzo de 1993, concluyó sobre el Caso de los Periodistas Holandeses que “El diecisiete de marzo de 1982, en horas de la tarde, cuatro periodistas holandeses acompañados por cinco o seis miembros del FMLN, algunos de ellos armados, cayeron en una emboscada tendida por una patrulla del Batallón Atonal de la Fuerza Armada Salvadoreña, cuando se dirigí­an a territorio controlado por el FMLN“, y “que la emboscada fue preparada deliberadamente para sorprender y dar muerte a los periodistas y sus acompañantes; de que la decisión de emboscarlos fue tomada por el Coronel Mario A_ Reyes Mena, Comandante de la Cuarta Brigada de Infanterí­a, con el conocimiento de otros oficiales; de que no hubo un enfrentamiento mayor que precediera al tiroteo que dio muerte a los periodistas o fuera simultáneo con él; y, finalmente, de que el oficial nombrado y otros militares han encubierto la verdad y obstaculizado la investigación judicial“.

Su paso por El Salvador

El municipio de Santa Rita, del norteño departamento de Chalatenango, se convirtió en el sepulcro para los periodistas: Koos Jacobus Andries Koster, Jan Corenlius Kuiper Jop, Hans Lodewijk ter Laag y Johannes Jan Willemsen, tras una emboscada perpetrada durante su trayecto a realizar un reportaje donde entrevistarí­an a dirigentes de la guerrilla del Frente Farabundo Martí­ para la Liberación Nacional (FMLN) y población civil que sobreviví­a a los operativos contrainsurgente de “tierra arrasada”.

Durante esta época, El Salvador era visitado por diversos medios de comunicación internacional, esto provocado por la coyuntura polí­tica en la cual el paí­s se encontraba. Se acercaban las elecciones para la Asamblea Constituyente y se viví­a en una situación de violencia generalizada. Koster, lí­der del equipo, tení­a la misión de realizar un reportaje por encargo de la empresa de televisión del Reino de los Paí­ses Bajos, IKON, y formó su grupo con los periodistas Joop, Lassg y Willemsen. Koster era un experimentado periodista que desde hace muchos años ya estaba trabajando en América Latina. Después del golpe de estado en Chile en 1973, fue capturado y encerrado como muchas otras personas en el Estadio de Santiago, siendo testigo de la ejecución y desaparición de decenas de personas capturadas por el ejército de Augusto Pinochet.

Koster conocí­a como pocos periodistas la realidad de El Salvador y al igual que sus tres colegas sintieron la obligación de difundirla en Holanda y Europa. Conocieron a grandes defensores de derechos humanos, como Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Ignacio Ellacurí­a y Marianella Garcí­a Villas de la Comisión de Derechos Humanos de El Salvador. Comunicar la realidad salvadoreña en ese momento era hablar de cientos de personas desaparecidas, torturadas y asesinadas, como también exponer y dejar al descubierto una farsa electoral que tení­a el sello del gobierno norteamericano. Quizás por ello, representantes de la Fuerza Armada y el gobierno salvadoreño acusaban abiertamente a los periodistas de “ensuciar” la imagen del paí­s en el extranjero.

En esos momentos también, el Comité de Prensa de la Fuerza Armada  (COPREFA), conformó una “Lista Negra” con un número de periodistas que consideraban no gratos. La lista fue presentada descaradamente con el nombre de 35 periodistas que se encontraban “en la mira” por parte de la Fuerza Armada; todos ellos anotados, entre periodistas nacionales e internacionales, por supuestamente favorecer a la guerrilla salvadoreña.

“A los otros paí­ses les interesaba mucho qué era lo que estaba pasando en este paí­s. Era una lucha entre David y Goliat, pero no entendí­an cómo el más pequeño se enfrentaba cara a cara con el más grande y eso les llamaba la atención. Por eso nos buscaban a nosotros y eso no les gustaba a los otros”, explicó Dagoberto Gutiérrez, ex comandante del FMLN en una de las recientes entrevistas.

Un aviso de muerte

El primer anuncio de lo que les sucederí­a, los periodistas holandeses lo recibieron seis dí­as antes de su asesinato. Un 11 de marzo de 1982 fueron arrestados por  la Policí­a de Hacienda y llevados a la oficina del coronel Francisco Antonio Moran, director general, quien los interrogó. Fueron interrogados bajo el supuesto de que  dentro de uno de los bolsillos de un guerrillero asesinado en un enfrentamiento, se habí­a encontrado un papel con el nombre, teléfono y lugar de hospedaje de Koster.

Todos fueron sometidos a fuertes interrogatorios. Ellos, por la situación que se viví­a, negaron cualquier  encuentro y conocimiento con los miembros de la guerrilla, puesto que reconocí­an que era su vida la que se encontraba en juego. Horas después fueron liberados, pero junto a su libertad se leí­a en los titulares de un comunicado de COOPREFA “Periodistas holandeses: contacto de subversivos”,  según detalla el informe de la Comisión de la Verdad.

Este  aviso, para muchos de sus colegas de la prensa nacional e internacional, no pasó desapercibido ya que implicaba una advertencia clara de que lo mejor era abandonar el paí­s sin demora o, por lo menos, abstenerse de cualquier actividad que no sea del agrado de la Fuerza Armada.

A pesar de ser el primer anuncio y que, luego  de ello, surgieron más persecuciones, vigilancia y amenazas, los periodistas se encontraban comprometidos con su labor y decidieron emprender el camino para seguir con su objetivo comunicacional.

“Koster  era una persona muy firme en sus decisiones. Vení­a al paí­s y luego se retiraba. Se reuní­a con los miembros de la Comisión de Derechos Humanos de aquel entonces. Koster escogió un grupo que entendí­a su pensamiento y  su compromiso por la justicia”, relató  Antonio Hernández,  ex miembro de la Comisión de Derechos Humanos fundada en el año de 1977, sobre la personalidad del lí­der del equipo de periodistas holandeses.


Un crimen de lesa humanidad 

En  el norteño departamento de Chalatenango y realizando su labor periodí­stica, fueron sorprendidos por ráfagas de fusiles M”“16 y ametralladoras M”“60, que provení­an de soldados del ejército situados y emboscados a 100 metros de ellos, cuando apenas habí­an recorrido 250 metros por el camino que guí­as de la guerrilla los estaban dirigiendo. Los proyectiles impactaron los cuerpos de los cuatro periodistas y los dos acompañantes del FMLN. Sin piedad, el ejército disparó a cuatro personas desprotegidas, declarando en su versión de los hechos, que lo hicieron por defensa propia, cuando en el lugar del ataque y tal como lo  informa la Comisión de la Verdad, solo se encontró su material de trabajo.

La Comisión de la Verdad también señaló dentro de su informe sobre el caso, que conforme a las declaraciones dada por oficiales que en ese momento serví­an en el Cuartel de El Paraí­so “Existió una reunión en la que participaron oficiales del Estado Mayor de la Cuarta Brigada, incluyendo a su Comandante el Coronel  Mario A. Reyes Mena, y oficiales del Batallón de Infanterí­a de Reacción  Inmediata (BIRI) Atonal". Señala además, que en esta reunión de militares “Fue  planificada la emboscada. La misión se encomendó a una patrulla del Batallón Atonal que salió del Cuartel El Paraí­so a las cinco de la mañana del 17, para evitar ser detectada, y permaneció todo el dí­a en las colinas esperando la llegada del grupo“.

La noticia de lo ocurrido impactó, no solo al pueblo salvadoreño, sino también al Reino de los Paí­ses Bajos que reclamaron justicia y reprocharon la impunidad con la cual se manejó el caso por las autoridades salvadoreñas. “Las versiones de la parte oficial salvadoreña  son parcialmente poco dignas de fe y discutibles”, señaló el primer informe de la Investigación sobre las circunstancias de los acontecimientos que condujeron a la muerte de los cuatro periodistas, solicitada por el Ministerio de Asuntos Exteriores del Reino de los Paí­ses Bajos, con fecha 13 de abril de 1982.

En el numeral II, inciso D del Informe de la Verdad, entre sus conclusiones reza “que existe plena evidencia de que la muerte de los periodistas holandeses, ocurrida el 17 de marzo de 1982, fue consecuencia de una emboscada planeada con anterioridad por el Comandante de la Cuarta Brigada de Infanterí­a, Coronel Mario A. Reyes Mena, con el conocimiento de otros oficiales, en el cuartel de El Paraí­so sobre la base de información de inteligencia que les alertó de su presencia y fue ejecutada por una patrulla de soldados pertenecientes al BIRI Atonal, al  mando del sargento Mario Canizales Espinoza”.

La indignación y tristeza por parte de los familiares de los periodistas y el mismo gobierno holandés se acentuó a partir de las pocas posibilidades que el gobierno salvadoreño les ofreció para esclarecer los sucesos. A pesar de que en el momento se inició una investigación, esta misma se detuvo en 1988, sin tomar en cuenta que el  asesinato  violó la Convención Internacional de Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario, que disponen que los civiles no sean objeto de ataques por fuerza militares. Hasta la fecha este caso ha sido relegado por las diversas autoridades del Estado salvadoreño y por el momento no se ha presentado ante la justicia a ningún culpable de la masacre.

35 años después: memoria, verdad y justicia

Con  cada vez más fuerza e insistencia, diversas organizaciones defensoras de los derechos humanos en El Salvador, han unido esfuerzos para trabajar en el esclarecimiento de diversos delitos cometidos durante el conflicto armado en El Salvador. Casos emblemáticos como la masacre de El Mozote o el Rí­o Sumpul y otros asesinatos de civiles, entre ellos los  de los cuatro periodistas holandeses, buscan encontrar caminos para esclarecer la verdad y hacer justicia, por ellos y por las más de 75,000  personas que perdieron la vida durante dicho conflicto.

La  resolución de inconstitucional de la Ley de Amnistí­a General de 1993, por parte de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, abrió la esperanza de que se pueda garantizar el derecho de acceso a la justicia, a la tutela judicial o protección de los derechos fundamentales, y al derecho a la reparación integral de las  ví­ctimas de los crí­menes de lesa humanidad y crí­menes de guerra constitutivos de graves violaciones al Derecho Internacional Humanitario; sobre todo porque la Amnistí­a ha sido contraria al derecho de protección de los derechos fundamentales porque impedí­a la prevención, investigación, enjuiciamiento, sanción y reparación de las graves violaciones a los derechos.

Para el caso de los cuatro periodistas, nuevamente sus familiares y el mismo gobierno del Reino de los Paí­ses Bajos, reclaman memoria, verdad y justicia a las  autoridades salvadoreñas. Para ello, en las próximas semanas se presentará una demanda formal contra los implicados en el asesinato de los periodistas, tanto autores materiales como intelectuales, ante la Fiscalí­a General de la República (FGR). Esto sin lugar a dudas, viene a abonar a la apertura del caso que ya la fiscalí­a ha solicitado ante el juez del municipio de Dulce Nombre de Marí­a, del norteño departamento de  Chalatenango.

A pesar de ser un camino complejo y espinoso, que ha venido cargando el paí­s durante muchos años, aún después de la firma de los Acuerdos de Paz, es tiempo de adoptar por parte del Fiscal General de la República, el Ministerio de Justicia y Seguridad, los jueces, la Policí­a Nacional Civil y la misma Fuerza Armada, un verdadero compromiso por la justicia y la verdad  en el caso del asesinato de los cuatro periodistas holandeses.

Trabajar  por judicializar el caso y lograr una condena ejemplarizante es muy importante para sanar heridas que desde hace 35 años siguen abiertas. Igual, será un fuerte mensaje que puede iniciar el rompimiento del velo de la impunidad sobre los crí­menes cometidos en contra de periodistas nacionales y extranjeros en el paí­s y la región.

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(*) Autores de VOCES Diario digital y Fundación Comunicándonos

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