Redacción ContraPunto
La política histórica de solidaridad de México con Cuba enfrenta una ofensiva directa de Estados Unidos, en un contexto en el que el presidente Donald Trump ha dejado claro que busca, a corto plazo, un cambio de régimen en la isla. La presión de Washington apunta ahora de forma abierta contra los países que mantienen vínculos energéticos con La Habana, colocando el suministro de petróleo mexicano en el centro de una nueva escalada de coerción política y económica.
A finales de enero, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum reiteró que su país no abandonará el principio de autodeterminación de los pueblos ni la política de no intervención. “México siempre ha sido solidario y va a seguir siendo solidario”, afirmó, desafiando una estrategia estadunidense que desde hace más de seis décadas intenta forzar un cambio político en Cuba mediante bloqueos, sanciones y presiones extraterritoriales.
Las declaraciones de Sheinbaum coincidieron con mensajes del propio Trump en los que anticipa que Cuba estaría “lista para caer”, así como con reportes de medios estadunidenses que señalan que Washington “busca activamente” provocar un cambio de régimen antes de que finalice el año. Aunque fuentes oficiales niegan planes militares inmediatos, el endurecimiento del cerco económico aparece como el principal instrumento para asfixiar al gobierno cubano y generar desestabilización interna.
En este escenario, México ha vuelto a convertirse en blanco de presiones. A inicios de enero de 2026, un buque cisterna con alrededor de 90 mil barriles de petróleo mexicano arribó a La Habana. El gobierno mexicano defendió la operación como un acto soberano y humanitario frente a los efectos del bloqueo económico impuesto por Washington, que ha provocado graves problemas de desabasto en la isla. Legisladores del partido gobernante respaldaron la medida, mientras sectores de la oposición la cuestionaron.
La respuesta de Estados Unidos fue inmediata. Trump firmó una orden ejecutiva que amenaza con imponer aranceles a cualquier país que suministre petróleo a Cuba, una medida de carácter abiertamente extraterritorial. Legisladores republicanos de Florida incluso han planteado usar el tema del petróleo mexicano como ficha de presión en las negociaciones para renovar el T-MEC, subordinando el comercio regional a la agenda anticubana de Washington.
En paralelo, Bloomberg reportó la cancelación de un envío de crudo de Pemex con destino a Cuba. Aunque la presidenta Sheinbaum no confirmó la información, reiteró que la relación energética con la isla no es coyuntural, sino una práctica sostenida durante décadas frente a un bloqueo que ha sido condenado reiteradamente por la comunidad internacional.
Desde La Habana, el gobierno cubano reaccionó denunciando que la nueva ofensiva estadunidense busca provocar un colapso económico deliberado para justificar un cambio de régimen impuesto desde el exterior. Autoridades cubanas reiteraron que no aceptarán chantajes ni presiones, y señalaron que el endurecimiento del bloqueo constituye un castigo directo contra la población civil, en violación del derecho internacional.
Aunque Pemex enfrenta dificultades financieras internas, el conflicto va más allá de lo económico. Lo que está en juego es la capacidad de México para sostener una política exterior independiente frente a un gobierno estadunidense que pretende castigar a quienes no se alinean con su estrategia hacia Cuba.
Desde 1959, México ha sido uno de los pocos países de la región que ha resistido las presiones de Washington para romper con La Habana. Hoy, ante una estrategia estadunidense que apunta abiertamente al cambio de régimen en Cuba, ese principio vuelve a ser puesto a prueba, con implicaciones que trascienden la relación bilateral y alcanzan a toda América Latina.


