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jueves, 4 junio 2026

El amarre de amor

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Por Zarko Pinkas


La lluvia cae como si el cielo se estuviera descosiendo. No hay sonido más que ese golpeteo interminable sobre los techos, los charcos, los vidrios fríos de los carros estacionados. María tiembla debajo de uno de ellos, pegada al pavimento, con el olor del aceite quemado mezclándose con el agua estancada. Respira por la boca porque si abre la nariz siente que se ahoga.

Sabe que está cerca.

Ese… cuerpo. Esa cosa que alguna vez tuvo el tamaño y la forma de un hombre, pero ahora se mueve como si las articulaciones no fueran articulaciones, como si los huesos fueran un recuerdo mal ensamblado. Escucha sus pasos sordos sobre el agua: no son pasos, son aplastamientos, hundimientos. La lluvia lo evita, como si su piel fuera corrosiva.

Ella encoge las piernas, apretándolas contra el pecho, mientras sus dedos raspan el piso buscando algún punto donde afirmarse. No lo hay. Todo está mojado, resbaloso, vivo. Cada pequeña vibración del metal del auto la hace contener el aliento. Si respira demasiado fuerte, siente que la lámina va a llamar a la cosa.

Y ahí, en ese silencio inquieto, vuelve a la noche en que decidió hacerlo. La carretera de tierra. El bus lleno de gente con miradas perdidas. El olor a humedad en las cortinas. El pueblo donde nadie la quería ver entrar. La casa de la bruja: una mujer que no alzó la vista cuando ella llegó, pero que murmuró como si ya supiera a qué venía.
“Un amarre”, dijo. Nada más.

María había dicho que sí moviendo apenas la cabeza, tragando saliva, sintiendo que la palabra tenía un peso de piedra. No preguntó por la otra mujer, la novia, la pareja, la vida que él ya tenía. No preguntó por nada. No pensó. O pensó demasiado, pero en la dirección equivocada.

El carro bajo el que se esconde se sacude. Un golpe seco, metálico, profundo. Ella ahoga un grito. La lámina se hunde hacia dentro, como si unas manos enormes estuvieran tratando de arrancarla.

Ella sale reptando por el otro extremo, raspándose los codos, dejando un rastro de barro rojo. Se pone de pie como puede y empieza a correr.

Primer escape

Los apartamentos viejos se alzan como cadáveres en fila. Entra al edificio sin pensarlo. La luz del pasillo parpadea. Las escaleras chorrean humedad desde quién sabe qué tubería rota. Sus pies descalzos salpican agua y mugre.

Lo escucha subir detrás de ella.Pero no sube como un humano. Está más cerca cada vez que ella vuelve la cabeza.

Llega al cuarto piso. No hay salida. Se asoma por la ventana. El techo de lámina del edificio contiguo está abajo, inclinado, resbaloso. No hay tiempo. Salta.

Al caer, el metal gime bajo su peso. Rueda entre charcos fríos. Un dolor punzante en el tobillo la hace ver estrellas. Se muerde la mano para no gritar.

Sigue corriendo.

Segundo escape

Llega al descampado detrás del supermercado viejo. Los postes de luz se apagan y encienden al azar, como si la electricidad tuviera miedo. Entre las sombras, algo se arrastra. No es él. No puede ser él. Y aun así, cada movimiento le recuerda su camisa favorita, la forma en que caminaba cuando estaba cansado, la entonación con la que decía su nombre… antes de que ella lo obligara a sentir cosas que nunca quiso sentir.

Tropeza con una bolsa rota. Cae de rodillas. La cosa se acerca. Sus brazos —si son brazos— se alargan con un temblor viscoso, como cuerda mojada. Marí se desliza hacia atrás, rasgándose las uñas, y se levanta a la carrera justo antes de que algo roce la punta de su cabello.

Tercer escape

La lluvia arrecia. El agua entra en sus ojos como si quisiera arrancársela del rostro. Cruza la avenida sin mirar. Un bus frena golpeando el charco. Un taxi le grita algo. María no escucha.

Entra a una casa abandonada que ya no tiene puertas. El interior huele a madera podrida, humedad vieja y algo más… algo rancio, como el olor de objetos que guardan secretos.


La casa queda en silencio. María se deja caer de rodillas. El agua le golpea la espalda. Las lágrimas le queman los ojos


La cosa entra detrás de ella.

La temperatura baja. La lluvia que entra por las grietas del techo cae sobre su cabeza como agujas heladas. Se apoya contra una pared desconchada. Siente que el aire tiene sabor a hierro.

El monstruo avanza. Su forma es una contradicción: es demasiado grande y demasiado frágil, como si estuviera hecho de piel tensa sobre culpa líquida. Se mueve como un remordimiento: sin prisa, sin ruido, sin perdón.

Ella entiende entonces que todo esto —la persecución, la deformidad, la lluvia interminable— es parte del precio. Lo quiso para ella, sin preguntarle a él si la quería. Lo obligó con algo que no entendía. Y ahora la consecuencia ha tomado cuerpo y la acorrala.

No hay salida. No hay fuerza. No hay dios ni bruja que pueda deshacer lo que hizo. Solo queda una verdad.

Una frase pequeña, simple, que ella jamás quiso decir porque habría sido aceptar que todo lo que hizo fue por egoísmo, por deseo, por miedo a estar sola.

Mira a la cosa. Mira esa boca que no es boca, esas sombras donde deberían estar los ojos. Y siente que, de algún modo, la está esperando.

Ella abre los labios y la lluvia cae dentro de su boca como si quisiera callarla.

Pero dice:

—No eras mío.

La criatura se detiene.
Tiembla.
Retrocede un paso como si la frase fuera fuego.
La carne —o lo que finge ser carne— se agrieta.
La forma se dobla sobre sí misma.
La cabeza se hunde.
El torso se deshace.
Las extremidades se vuelven charcos que la lluvia arrastra con rapidez, como si el mundo estuviera cansado de sostenerlo.

La casa queda en silencio. María se deja caer de rodillas. El agua le golpea la espalda. Las lágrimas le queman los ojos, pero no se las limpia. Llora no por el monstruo, sino por él. Por el hombre que nunca quiso nada de esto. Por la vida que ella rompió intentando apropiárselo. Por la brujería que la devolvió a sí misma como castigo.

Afuera, la lluvia sigue cayendo. Adentro, su llanto no se detiene.


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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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