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miércoles, 04 de agosto del 2021

El 8M en Guatemala o las instituciones contra las cuerdas

El sorpresivo incidente de Guatemala en el que murieron quemadas alrededor de 40 niñas, encerradas bajo llave en un centro de protección del Estado, tras una protesta por la dignificación de sus condiciones de vida y por las sistemáticas vulneraciones de las que eran ví­ctimas, ha calado hondo en la sensibilidad de varios sectores de la sociedad mundial. Pero, quizás ha calado fuera de tiempo

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El sorpresivo incidente de Guatemala en el que murieron quemadas alrededor de 40 niñas, encerradas bajo llave en un centro de protección del Estado, tras una protesta por la dignificación de sus condiciones de vida y por las sistemáticas vulneraciones de las que eran ví­ctimas, ha calado hondo en la sensibilidad de varios sectores de la sociedad mundial. Pero, quizás ha calado fuera de tiempo. Sólo la muerte, la trágica muerte de estas niñas casi a manos del Estado, ha sido el sacrificio para que la indignación se active -¿por cuánto tiempo?- y permita hacer visibles las condiciones deplorables de los sistemas de protección de la niñez en Latinoamérica. Fue un costo muy alto que debió evitarse a toda costa.

O quizá me equivoco. En verdad, en una sociedad adultocéntrica, patriarcal e indiferente, la muerte de 40 niñas cuya responsabilidad pesa sobre los hombros del Estado, no es incidental ni ha sido del todo sorpresiva. Era un hecho ya implí­cito en las condiciones del “Hogar seguro” y, más aún, en la concepción misma que el Estado y la sociedad tienen sobre la niñez y la adolescencia vulneradas; que sucediera fue sólo cuestión de tiempo. Ello no significa en modo alguno que no sea indignante, sino todo lo contrario: la obviedad, la cercaní­a, la patencia de la muerte es lo que deberí­a alumbrar nuestra indignación. No es posible aceptar que la muerte sea el pan de cada dí­a, el solo horizonte al que pueden aspirar niñas, niños y adolescentes.

En América Latina, los sistemas de protección se han adaptado de forma muy lenta a los estándares de derechos humanos en materia de niñez. El Estado guatemalteco es de los que más a la zaga se encuentran en tal adecuación de las instituciones; pero, por ejemplo, no hace mucho que en El Salvador el estado de los centros de protección era igual de precario que en Guatemala. Un cí­rculo vicioso de vulneraciones y revictimización caracterizaba la atención que el Estado brindaba a la niñez y adolescencia vulnerada o en riesgo y, pese a los avances que se han logrado, la pesada herencia de una concepción adultista, patriarcal, asistencialista y tutelar de los derechos humanos de la niñez sigue dejando huella. 

Otto René Castillo escribió, allá por 1957: “los niños nacidos a finales del siglo serán alegres”. Y pienso a mi pesar que no. La niñez, en nuestros paí­ses, sigue siendo triste. Triste de carencias y discriminaciones, triste de esperanzas que no realizarán, material triste de una sociedad entristecida que necesita verles morir para indignarse, para salir a la calle, para dejar salir a gotas la digna rabia. Pero ello es insoportable. Debemos hacer de nuestra indignación la lumbrera diaria de una praxis que robe, uno a uno, todo centí­metro posible a la necropolí­tica que hegemoniza nuestras instituciones y nuestras sociedades. De lo contrario, mañana como hoy -como un largo ayer multiplicado-, la niñez seguirá privada de alegrí­a y de voz, de apego y humanidad, de realidad y esperanza.

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Alberto Quiñónez
Colaborador de ContraPunto
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