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Dulcinea Segura: memoria del cuerpo y el continente

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Una novelista e investigadora argentina, Dulcinea Segura, explora la agitada vida del venezolano Freddy Romero, uno de los bailarines latinoamericanos más importantes del siglo XX. Conoce más de este viaje por la geografía del cuerpo latino y la memoria de un viaje que va de Barcelona, Buenos Aires, Caracas, Rio y México DF.

Por: Hans Alejandro Herrera Núñez


Una escritora bonaerense se lanza en una persecución por dos continentes y veinticinco años tras la sombra de un bailarín venezolano que se pierde entre el mito, la historia y otra vez el mito. México, Venezuela, Argentina, España y Brasil son algunas de las escalas de este viaje por la geografía de un cuerpo que solo conocía y quería una sola cosa: bailar.

Todo pudo haber comenzado allá por finales de la década de 1990 o inicios del 2000 en Barcelona. Una joven argentina obsesionada con la danza y el arte se pagaba sus estudios y el piso que rentaba haciendo de modelo viva (modelo de cuerpo desnudo) en las escuelas de pintura de la ciudad española. La formación que le dio esa experiencia le dio una consciencia más elevada del cuerpo. Durante esos años, y sin saberlo, era amiga de una joven compatriota suya que tenía por padre a una leyenda.

Años después en un vuelo de emergencia a casa conocería a la leyenda. Su nombre era Freddy Romero, un danzarín profesional venezolano que desde hacía años radicaba en Argentina. Cómo todos los jóvenes, Dulcinea ignoraba la magnitud de ese nombre. Pero la juventud es un defecto que remedian los años.

Dulcinea es nombre de literatura, además de danza terapeuta es narradora, autora de una novela, Modelo Viva, así como licenciada en arte. Cuando estaba terminando la facultad y se empezaban abrir caminos en la vida para ella, empieza a colaborar en una revista de nuevas tendencias. Escribía sobre danza cuerpo cuando la oportunidad se presentó.

“Empecé a investigar sobre Freddy” nos cuenta Dulcinea “cuando terminaba mi licenciatura en artes, es entonces cuando me sumo a un grupo de investigación que dirige un profesor de historia de teatro universal y digo que me interesa trabajar sobre el cuerpo y la danza , entonces propongo investigar sobre Freddy. No sé por qué se me ocurrió. Conocía a la hija y Freddy, y él se había muerto hacía seis años. La hija tenía la intención de preparar un homenaje y estaba preparando varias cosas que no llegaron a concretarse. Pero bueno, se me ocurrió eso y comencé a hacer algunas entrevistas a personas que llegaban a través de la hija. De esa temporada presenté como dos artículos iniciales de esta investigación. Luego hubo una pausa y tiempo después retomé la idea de investigar sobre Freddy y me postulé a una beca, y al tiempo que salió la beca, me puse de nuevo en contacto con la hija, quien me cedió todo su material . Sus carpetas con fotos , sus notas de prensa y demás. Y con la beca decidí viajar a México.”

Borges alguna vez dijo que al destino le gustan las repeticiones. Como si fuera cosa del destino Dulcinea ya había conocido a Freddy en alguna oportunidad en su más temprana juventud. Cómo toda joven no se percató de la dimensión de quién era. “Conocía a la hija desde el colegio, en secundaria. No sabía que era la hija entonces y que además yo era compañera de su hermana en el colegio.” A los 14 años Dulcinea tomaba clases en el estudio de Freddy Romero en Buenos Aires. Años después vivió junto a la hija de Fredy en España, y es recién ahí, al otro lado del charco, que su amiga le cuenta quien era su papá.

Freddy Romero era un venezolano del color del café tostado. Provenía de una familia modesta y horizontes reducidos a la hacienda donde nació. Un día el niño Freddy conocería algo mejor que el hielo en el Caribe, conocería la danza, su salvavidas y tormenta en la vida.

“Freddy Romero se llama en realidad Freddy Herrera” nos explica Dulcinea. “Hijo de una familia paralela, y no de la oficial. Su papá no le dio el apellido. Y Freddy llevó el apellido Romero del segundo compromiso de su mamá. Y él va al colegio y hace su vida con sus medios hermanos que son los romeritos. Mucho después cuando se consagra como bailarín en México, Freddy conocerá a su padre. Freddy creció en las villas de Caracas. Nace en una hacienda donde trabajaba su abuela, su mamá, una prima de la madre, en fin crece en un hogar de mujeres. ”

De niño su primer contacto con la danza será a través de las danzas folklóricas. “Antes de la escuela de música Freddy se probó para ser torero . Pero la mamá no le dejó. Luego entraría a la escuela de Yolanda Moreno, dón​_de llegaron a bailar juntos.” Por esa temprana época su maestro de entonces le dice que será un gran bailarín.

No mucho tiempo después, en menos de un año, el aprendiz ya reemplazaba al profe en clases de baile.

Tulio de la Rosa, una de las leyendas de la danza venezolana, le dice que debe aprender más técnicas de danza moderna.

Cuando su maestro, Tulio, se va al exilio durante la dictadura en los años cincuenta, Freddy le insiste para que lo lleve, y Tulio le consigue la beca y el viaje a México.

Sesenta años después con otra beca y con el mismo destino, Dulcinea viajaría en búsqueda de los pasos del venezolano errante. “México fue un viaje increíble” nos sigue contando Dulcinea a través de una llamada de larga distancia Lima-Buenos Aires. “Me la pasé yendo de un lugar a otro de la ciudad para encontrarme con los distintos colegas. Fui al centro de investigación de danza, ahí estuve buscando en el archivo notas, después supe que había un fondo de documentación que había cedido un coreógrafo. Y en el último tiempo supe que también había audios. Cuando los estaba escuchando en un cassette con una cinta vieja, se rompió la cinta y me dijeron que seguro tenían todo transcrito, pero no, no lo encontraron, entonces pedí una autorización y tuve acceso a otros audios.”

A pesar de lo limitado el tiempo de viaje y las dificultades, Dulcinea como una especie de detective del cuerpo iba rastreando los pasos en el pavimento de un viejo baile casi olvidado. “Y con cada entrevista que hacía y cada material que encontraba podía sentir en mi propio cuerpo como si fuera yo la bailarina que iba haciendo todo ese proceso de formación. Además estaba esa aventura también de salir de un país siendo joven y tomar clases, y me acordé de mi cuando era más chica. Lo que significaba para mí levantarme e ir a hacer la clase, después ir a otra, la alimentación que tenía, las cosas que me gustaban hacer , ver y cómo percibía el mundo y la vida desde esa perspectiva de entrenar danza. Porque es muy importante la dimensión corporal del ser humano, y creo que a partir de la pandemia, por ejemplo, y las cuarentenas y la peligrosidad del contacto sobre el otro, se puso más en relevancia la necesidad que tenemos de contacto, de la corporalidad y como el afecto y las relaciones pasan a través del cuerpo y es la dimensión más humana y a la vez espiritual, y que es la que precisamente nos hace. Si nos quedamos en la cabeza perdemos el contacto con la tierra que es la naturaleza y de la cual somos parte y que ahora lo estamos destruyendo, pero si destruimos la tierra nos destruimos a nosotros mismos. Por eso la dimensión corporal que la danza rescata y toma de manifiesto es sumamente importante para que continúe la especie humana, porque es la materia sensible y es lo que debemos recuperar los seres humanos para dejar de destruir y destruirnos y así poder ser felices y disfrutar y compartir con los demás . Los animales matan porque necesitan comer o por aspectos territoriales, el ser humano se mata por un afán de avanzar sobre el otro y dominar, y en el fondo todo ello es por miedo. Por ello creo que la dimensión corporal que la danza despierta es fundamental para la continuidad de la vida.”

Dulcinea tiene claro sus puntos. Su viaje como su investigación y el libro que escribe sobre Freddy trata de llenar ese gran vacío en la bibliografía latinoamericana sobre el cuerpo, su memoria y significado. La danza, algo tan característico del latino carece casi por completo de un espacio de investigación serio y continuo, y mucho menos vivencial. El caso de Dulcinea es más interesante pues la autora argentina también vive la danza y el cuerpo como algo esencial. En un mundo plagado de ideas confrontación ales tal vez el cuerpo sea el único territorio donde reconciliarnos con nosotros mismos. Porque como dijo el poeta católico, Paul Claudel, la poesía solo es real si viene del cuerpo y no es pensada, si las palabras salen y danzan al ritmo de los latidos del corazón.

Pero volvamos al inicio, porque al destino le gustan las repeticiones. Muchos años antes de esta entrevista, años antes del viaje a México, mucho antes de ver a Freddy por primera vez sin saber quién era Freddy, Dulcinea Segura Ratagan era una niña viviendo en Madrid, sus padres eran exiliados políticos, y en su patria la gente desaparecía para nunca más ser vista. En esa época Dul, hacia coreografías para sus papás a cambio de dinero con que comprarse sus golosinas. En la radio sonaban las canciones de Macnamara y Alaska o Miguel Bosé. El baile era su única preocupación y su principal felicidad. Muchos años antes de Dul, un niño negro venezolano atrapado en los linderos de una hacienda veía por primera vez a una comparsa de bailarines, entonces su imaginación volaba en un viaje que el cuerpo elevaba más allá de toda idea. Mucho después en dirección opuesta, en Barcelona, la hija de Freddy le contaría a Dul de su padre. En un vuelo de casi última hora, un viaje de emergencia su amiga y Dul regresarían a Argentina. Freddy estaba ya enfermo. En un viaje de Freddy a Brasil en enero de 2006, después de desayunar, algo cansado Freddy se fue a dormir un ratito más, y bueno, siguió durmiendo. Y se quedó para siempre en Brasil.

“Freddy Romero fue una figura increíble, tiene una historia que puede ser desde ejemplo hasta motivacional para cualquiera que quiera emprender algo en su vida , porque es un afrodescendiente venezolano que proviene de una familia muy humilde y que encuentra en la danza su pasión y le mete a fondo. De Venezuela se va a México y forma parte de lo que es el desarrollo de la danza moderna mexicana, baila en las mejores compañías de México, de ahí va a Nueva York, tiene una beca de la escuela de Martha Graham que es la gran madre de la danza moderna mundial y baila en la compañía de Alvin Ailey que es la primera compañía afroamericana de repertorio que hoy en día tiene su sede en Nueva York y siguen reponiendo coreografías que bailó Freddy Romero, luego viene a Argentina y forma parte del ballet del San Martin que se acababa de formar y también viaja a Brasil dónde forma el grupo corpo que es un grupo de danza contemporánea. En fin, que Freddy es una figura importante, por su vida en sí, como la vida de un artista, por su vida en relación a la danza, porque formó en Argentina cantidad de bailarines y maestros de bailarines y por su pasión y sacrificio por enseñar desde el cuerpo, que tal vez no era tan verbal, pero te hacía sentir y tenía mucho sentido del humor. Por su carisma, que era el de una persona imposible de pasar junto a él y no voltear a mirarlo.”

El libro de Dulcinea está terminándose de escribir. La memoria de un cuerpo sea quizá no solo el viaje que conecta México con Argentina, Venezuela o el Brasil, quizá sea algo más, el mapa de una ruta estelar a dilucidar. Porque como dice la escritora y actriz peruana Kareen Spano “Amo a este cuerpo/ porque no es su culpa”.

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Hans Alejandro Herrera
Hans Alejandro Herrera
Consultor editorial y periodista cultural, enfocado a autoras latinoamericanas, Chesterton y Bolaño. Colaborador de ContraPunto
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