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viernes, 30 de julio del 2021

Desafí­os

Una vez pasadas las elecciones presidenciales, y cuando los ánimos parecen apaciguarse, es momento de pasar de la crispación electoral a la reflexión y al análisis con cabeza frí­a de lo que nos dejaron estas votaciones.

Lo primero (y más evidente) fue el gane del señor Bukele; ante la incredulidad de muchos, de expertos en temas electorales, de analistas y de plumas pagadas, el joven polí­tico se impuso ante dos monstruos electorales como lo son ARENA y el FMLN. De esta manera, se terminaron los gobiernos de los dos institutos polí­ticos que vení­an de la guerra frí­a, con sus discursos ideologizados y su visión maniquea de la realidad.

Lo segundo fue la debacle que significó para esos dos grandes partidos su participación en estas elecciones. Para ARENA significa perder una tercera elección presidencial de manera consecutiva, algo impensable hace 10 años. Luego, según los resultados brindados por el TSE, este partido logró 857,084 votos. Esto, para el otrora poderoso partido de derechas, es una cifra muy baja. Además, si tomamos en cuenta que estos números fueron para la coalición con el PDC, el PCN y DS, los resultados rayaron en lo desastroso, amén de lo insuficiente que fue el apoyo de estos partidos para las aspiraciones areneras.

Por el lado del FMLN la situación es peor, el aún partido de gobierno fue incapaz de lograr un tercer periodo en el ejecutivo y los números que arrojaron las urnas fueron casi iguales a su histórico más bajo, allá por el lejano 1994, al participar en su primera elección presidencial. Cuando el año recién pasado el frente habí­a alcanzado un aproximado de 600 mil votos, se pensó que no podí­a perder más sufragios, pero este año apenas logró 389,289 votos. De las elecciones del 2014 a las de este año, el Frente dilapidó más de 1 millón de votos. Los números demuestran que el FMLN volverá a la oposición sumamente debilitado.

Lo tercero es una circunstancia que en la euforia del gane de uno y la tristeza de la derrota de los otros ha pasado un tanto desapercibida, pero que es algo a lo que hay que ponerle atención: Según los datos arrojados por el TSE, el abstencionismo de estas elecciones aumentó un 15.8% más que en las elecciones del 2014; esto, para la democracia salvadoreña, es algo grave. Algo que debe llamar a reflexión en los partidos polí­ticos.

Ante esto surgen las preguntas: ¿Por qué se votaba más en la época de la guerra que en la posguerra? ¿Por qué hay un mayor ausentismo ahora que tenemos voto domiciliar? ¿Por qué ahora, que los procesos electorales se han facilitado, vota menos gente?

Preguntas que bien pueden tener las siguientes respuestas: la ciudadaní­a confí­a cada vez menos en los partidos polí­ticos, está decepcionada de todos éstos, sin excepción, y las elecciones van siendo cada vez menos atractivas para la gente. El escepticismo se ha instalado en la opinión pública; “todos son iguales”, “para qué votar si no va a cambiar nada” y otras expresiones del mismo tenor se escuchan cada vez más en estos periodos. El desencanto del electorado con nuestros polí­ticos se vio reflejado en el alto ausentismo del 3F respecto a las elecciones anteriores.

En este sentido, los primeros en poner sus barbas en remojo deberí­an ser los partidos polí­ticos, en especial los dos mayoritarios. Éstos tienen los siguientes desafí­os: ¿Cómo recuperar la confianza de los electores en sus institutos polí­ticos? ¿Cómo lograr ser un instrumento a través del cual la ciudadaní­a sienta que es escuchada, tomada en cuenta y que sus demandas sean atendidas?

Lo primero es que las dirigencias partidarias den un paso al costado (algo que tanto el COENA arenero, como la Comisión Polí­tica del FMLN ya hicieron), y los nuevos liderazgos den un golpe de timón para que sus partidos dejen de ser una maquinaria electoral y se conviertan en agentes reales de cambio para los ciudadanos. Lo segundo es que, además de cambiar sus dirigencias, los partidos polí­ticos cambien su discurso. Es inaudito que en estos tiempos se siga pensando que hay que luchar contra el comunismo y que hay que estar “presente por la patria”. ¿De qué patriotismo estamos hablando? ¿Uno que es excluyente, sectario y fanático? Por el otro lado, cómo conciliamos ante el electorado la idea de un partido “revolucionario y socialista”, que tiene un “proyecto transformador”, si sigue con frases al estilo de “patrio o muerte” y durante 10 años de gobierno implementaron un programa neoliberal, con tibias medidas en favor de las mayorí­as. Al Frente le faltó exponer la real situación de su gobierno, pues las expectativas que generaron fueron demasiado altas y nunca tuvieron el poder suficiente para lograr los cambios que la población esperaba.

Siendo que los partidos, por mandato constitucional, son los vehí­culos que se utilizan para canalizar las demandas de la gente, éstos deben fortalecerse por el bien de nuestra democracia. Necesitamos partidos fuertes, que generen confianza en la población, sino queremos terminar como otros paí­ses con un sistema polí­tico partidario débil, fraccionado, en donde los poderes fácticos detentan el poder, en detrimento de los ciudadanos. Ese es otro reto que tienen nuestros institutos polí­ticos en los años venideros.

Ojalá estén a la altura de estos desafí­os históricos.

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