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jueves, 28 de octubre del 2021

Degradación en Honduras

Me parece que esa es la palabra adecuada para caracterizar el estado actual de la polí­tica en nuestro paí­s: Honduras. Haciendo las excepciones obligadas, lo cierto es que la proliferación de aspirantes a la nominación oficial de sus partidos o agrupaciones de todo tipo para competir por la presidencia de la República, revela el deterioro y la pérdida de seriedad y prestigio de la actividad polí­tica.

Personajes de dudosa trayectoria, trujamanes de feria, individuos sin calidad ética ni preparación intelectual alguna, parlanchines de ocasión y tartamudos mentales abundan por todos lados y no son pocos los que quieren convertirse en candidatos a la más alta magistratura de la nación. Aspiran a dirigir el paí­s y marcar el rumbo de la nación. Creen ser capaces de hacerlo y desafí­an el buen gusto y la inteligencia colectiva, proponiéndose como salvadores de la patria. ¡ Válgame Dios!

En la medida que la polí­tica, una actividad inherente a la vida social y a la condición humana en general, se convierte en quehacer de truhanes y fuente infinita de enriquecimiento ilí­cito, su condición de ciencia y su naturaleza de arte sufren desgaste y deterioro. Deja de ser quehacer cí­vico, ejercicio de ciudadaní­a, soporte del bien común, para reconvertirse en gestión dudosa, labor de pí­caros, acción maléfica, perjuicio social.

Eso es exactamente lo que está sucediendo en nuestro paí­s. La praxis polí­tica se ha desprestigiado tanto que casi se ha convertido en sinónimo de acción delictiva. El que decide participar en polí­tica se vuelve sospechoso y no son pocos los que dudan de sus verdaderas intenciones. Ser polí­tico equivale a ser blanco de todas las miradas cargadas de desconfianza y recelo. Buena parte de la población medianamente informada ve en los polí­ticos una amenaza cierta contra los intereses de la nación entera. Desconfí­a de ellos y guarda la prudente distancia, como quien se aleja de un peligro latente.

Todo esto explica ese proceso creciente de degradación pública que afecta a la actividad polí­tica en general. Advierto que este fenómeno no es exclusivamente hondureño, afecta a muchos paí­ses en el mundo y, especialmente, en América Latina. La degradación creciente, en algunos casos, se traduce en la desafección y el alejamiento de la polí­tica, expresión directa del llamado desencanto democrático. Es el hastí­o, el cansancio clonado en rechazo e indiferencia, la forma de rebelión que encuentran los ciudadanos indignados y desencantados con los lí­deres polí­ticos de su paí­s.

La degradación creciente es hermana gemela de la corrupción en ascenso. Entre más cercanos y evidentes son los ví­nculos entre la corrupción y la polí­tica, mayor es la desintegración ética de la sociedad.  Y mayor es la tendencia hacia la desafección y el abandono.

La crisis de representatividad  por la que atraviesan los partidos polí­ticos en nuestro paí­s tiene buena parte de sus raí­ces en la desafección de la gente y en la desconfianza pública. Al evaporarse la fe en los partidos, se esfuma su capacidad para ser correa de transmisión entre la sociedad y el Estado. Su rol de intermediación se debilita y el espacio negociador pasa a manos de otras organizaciones sociales, las llamadas organizaciones no gubernamentales, por ejemplo. El nuevo protagonismo de las ONG no serí­a posible sin el vací­o de intermediación que dejan los partidos polí­ticos, atrapados como están en un conservadurismo obsoleto y en la premodernidad ideológica. No es casual que las cúpulas corruptas de los partidos se valgan de ONG de maletí­n, creadas a propósito para ser utilizadas como canales de lavado de activos y transferencias ilegales de fondos públicos. De esta forma, los polí­ticos corruptos utilizan en su beneficio las ONG inventadas y, de paso, contribuyen al desprestigio y descalificación de todas las ONG en general. Dos pájaros de un solo tiro.

Mientras el proceso de deterioro y degradación avanza, los polí­ticos siguen en su fiesta de candidaturas prematuras, disputándose cada cuatro años las migajas que dejaron sus antecesores, tan corruptos y descalificados como ellos. Es la de nunca acabar.

Pero no, todo proceso de degradación debe tener un principio y un final. Cuando este último llegue, la polí­tica podrá recuperar la confianza perdida y desplegará airosa su original naturaleza de ciencia y de arte. Todo es cuestión de tiempo y de paciencia…

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