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jueves, 06 de mayo del 2021

De tambores y de sables

De vez en cuando, aunque ahora con menos frecuencia que antes, se oye el redoblar de los tambores y refulgen al sol los sables desenvainados. Es la forma que tienen los militares de recordarle a la sociedad que están ahí­, siempre atentos y vigilantes, prestos para el zarpazo definitivo que, casi por arte de magia, los reconvierte de fuerza apolí­tica en factor deliberante y decisivo. El tigre adormecido, clonado de pronto en factótum inevitable. Cosas de las llamadas democracias incipientes y tuteladas…

En dí­as recientes hemos vuelto a escuchar el ruido de los sables y el ronroneo inicial de los tambores. La causa visible ha sido la sorpresiva renuncia de un alto jefe castrense, el segundo al mando aseguran, inconforme con algunos procedimientos internos del instituto armado y hastiado seguramente de ascensos indebidos y promociones polémicas. Sus colegas de armas han estado listos a emitir un comunicado de prensa en el que, con lenguaje aburrido y desgastado por el uso y el abuso, insisten, como siempre, en resaltar lo que llaman “unidad graní­tica” de la institución castrense, en un vano intento por restarle importancia a la súbita renuncia del segundo jefe del Estado Mayor Conjunto.

Las instituciones armadas, verticales en su estructura y fundamentadas en el respeto de las jerarquí­as, la antigüedad, los méritos en el servicio y la rí­gida disciplina, suelen estar orgánicamente distribuidas en las llamadas tandas, grupos de oficiales graduados en la misma promoción y coincidentes en los tiempos y cursos de estudio. El respeto al escalafón, que contiene y distribuye los grados y las promociones, es fundamental para el buen funcionamiento del cuerpo armado. Para ello existen reglamentos y protocolos, cuya correcta observancia asegura el buen desempeño y el funcionamiento normal de la institución mencionada.

La Constitución de la República pomposamente declara que las Fuerzas Armadas son una institución “apolí­tica y no deliberante”, lo que no es obstáculo para que la misma Constitución, en contradicción evidente, les otorgue la gelatinosa facultad de garantizar el orden democrático y la alternancia en el ejercicio del poder público. Cosas de las llamadas democracias incipientes y tuteladas…

Los polí­ticos suelen dejar los asuntos de la defensa nacional en las manos exclusivas de los militares, disminuyendo así­ el control civil sobre los cuerpos armados. Pero, a veces, hay quienes sucumben a sus propias ambiciones y buscan indebidamente el apoyo militar a sus pretensiones gubernamentales. Es entonces cuando comienza la peligrosa incursión de la polí­tica partidaria en los ámbitos exclusivos de los hombres de uniforme. Se produce entonces una explosiva mezcla de las armas con los afanes proselitistas y las ansias de poder de los polí­ticos criollos. Esta combinación imprudente produce casi siempre resultados desastrosos para la democracia y el Estado de derecho. La historia hondureña abunda en ejemplos y lecciones en esta materia.

La intromisión de la polí­tica partidaria entre los ciudadanos uniformados genera divisiones indebidas y alteraciones graves en el normal funcionamiento de las Fuerzas Armadas. Distorsiona la verticalidad de sus decisiones y desnaturaliza la rigidez disciplinada de sus estructuras. Las descoloca y confunde, a la vez que introduce en ellas el virus del sectarismo polí­tico y el afán innecesario de buscar posiciones e influencias por las ví­as equivocadas. El soldado asciende, o debe ascender, en base a sus méritos, sumados al buen desempeño académico y a la antigüedad en el servicio. Promoverlo por razones de preferencias personales o por la ambición irracional de sus padrinos polí­ticos, no favorece a nadie y perjudica a muchos. Altera la armoní­a interior y abre grietas que debieran estar monolí­ticamente cerradas.

Cada vez que un dirigente polí­tico subordina los intereses de la institución castrense a la pretensión desmedida de su poder personal, las cosas salen mal y el paí­s sufre las consecuencias. Pero, además, se engaña el polí­tico que cree poder gobernar con el solo apoyo de las bayonetas. Ya lo dijo el filósofo español: “las armas vencen, pero no convencen”.

Si un gobernante, carente de la legitimidad debida, repudiado por la mayorí­a de la población y reducido en sus esferas de poder dentro de su propio partido, cree que con el simple apoyo militar podrá sobrevivir polí­ticamente y prolongar en forma indebida su mandato, se equivoca en toda la lí­nea. Pero también se equivocan aquellos militares que, seducidos por las influencias y canonjí­as del poder polí­tico, olvidan sus deberes profesionales y abandonan la disciplina vertical que asegura la jerarquí­a y el orden interno de su propia institución.

A la larga, y también a la corta, nadie gana, ni los polí­ticos que se entrometen ni los uniformados que sucumben. La sociedad pierde y el paí­s sufre las consecuencias. Si de tanto politizar a la justicia, acabamos judicializando a la polí­tica, bien podrí­a suceder que al intentar politizar a los militares, acabemos finalmente militarizando la polí­tica…

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Víctor Meza
Columnista

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