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sábado, 23 de octubre del 2021

De poetas y roqueros

El asesinato de Roque en 1975 es algo tan estúpido como atroz

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…Amo tu desnudez

porque desnuda me bebes con los poros, 

como hace el agua 

cuando entre sus paredes me sumerjo…

Los adolescentes de mi generación recitaban de memoria estos versos del poeta salvadoreño Roque Dalton y cantaban, en algo parecido al inglés, lo que pasaba en ese Hotel California que a muchos les parecí­a el paraí­so.

La Habana era entonces “”y lo sigue siendo”” una ciudad calurosa y cálida, que no es lo mismo; desvencijada y bella, ruidosa y nada provinciana. Yo recuerdo leer a Dalton con la misma fruición con que devoraba los ejemplares apolillados de las Selecciones del Reader’s Digest. Yo tení­a 15 o 16 años y esa revista era lo más cerca que yo habí­a estado de la “literatura subversiva”.

Luego, con los años, el lugar de la poesí­a lo ocupó la prosa más prosaica de la vida, ese texto en el que no cabe una sola metáfora “bonita” porque las estridencias de la realidad no lo permiten. Y un dí­a alguien me dijo que Roque Dalton habí­a muerto. Y otro dí­a alguien me explicó que lo habí­an asesinado sus propios compañeros de ruta, los guerrilleros que luchaban contra la dictadura en El Salvador, y que lo hicieron “en nombre de la revolución” porque Roque era un criticón, un revisionista, un agente de la CIA y procubano.

El asesinato de Roque en 1975 es algo tan estúpido como atroz. Y peor aún si cabe, el manto de silencio con que se disimuló esa muerte en los medios más ortodoxos de la izquierda revolucionaria. El sigilo de los cómplices.

El hombre que ordenó el asesinato de Roque, el exguerrillero Joaquí­n Villalobos, dijo que fue “un pecado de juventud”. No, pecado de juventud el mí­o que llegué a creer alguna vez que los poetas y los roqueros eran intocables.

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Camilo Egaña
Periodista
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