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jueves, 28 de octubre del 2021

CUENTO | Identidades

Un cuento de la periodista y escritora argentina Gabriela Mayer. Forma parte de su último libro titulado "El pasado sabe esperar" (Alción Editora)

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Al principio, cuando las letras empezaron a verse borrosas, no le dio mayor importancia. Pero una vez que comenzaron a esfumarse, se abrió un camino acelerado e irreversible. Julia Luisa Olmo fue ví­ctima de la gradual e inevitable desaparición de la tinta azul bajo el plastificado de su documento.

Parecí­a increí­ble que la página más importante del DNI, dotada de ese laminado justamente para proteger los datos que contení­a, fuera la más vulnerable. Un proceso cruel y definitivo, que culminó en un documento con el siguiente aspecto:

M E R C O S U R.

DOCUMENTO NACIONAL DE IDENTIDAD.

APELLIDOS (si es mujer el de soltera)

…………………………………………………….

NOMBRES

…………………………………………………….

…………………………………………………….

Solo con enorme dificultad podí­a adivinarse bajo “apellidos” algún rastro de las “O”. Probablemente habí­an sido escritas con un trazo más grueso, que demoraba más tiempo en borrarse. En cambio, de la “l” y de la “m” no quedaba el más mí­nimo recuerdo gráfico. De tal forma, la palabra OLMO desapareció para siempre del documento.

La segunda de las dos lí­neas destinadas a “nombres” siempre habí­a estado vací­a. Pero en la primera, de un dí­a para el otro, dejaron de leerse esas seis vocales y cuatro consonantes que, bastante apretadas, conformaban su  identidad. Julia. Luisa. Julia Luisa. Julia Luisa Olmo.

De esa manera, Julia Luisa Olmo se quedó con un documento inútil, vací­o. Justamente ella, tan prolija con todos sus papeles. Que jamás habí­a tenido que sacar un duplicado de su DNI. Si hasta guardaba celosamente los certificados de vacunación de su infancia.

En la oficina no le gustaba charlar de esas cosas. En realidad, se limitaba a hablar de trabajo. Y despreciaba a las demás empleadas de la contadurí­a,  que se pasaban horas comentando los chismes de la farándula y la última  telenovela. Le resultaban especialmente tortuosos los lunes, cuando cada una contaba con lujo de detalles las actividades del fin de semana.  A ella ya no le preguntaban, pero resultaba imposible no escuchar los tediosos relatos. Un asado familiar. El cumpleaños del nene. El bautismo  del ahijado. ¿Por qué no se poní­an a trabajar, mejor?

Comentó el  tema del DNI con la viuda de su hermano, a quien ella llamaba simplemente Cuñada. Una mujer también de unos 50 años y casi tan parca como ella. Era una de las pocas personas con las que se comunicaba, y lo  hací­a religiosamente una vez por semana. Luego de la muerte de su hermano habí­an tomado la costumbre de llamarse cada sábado al mediodí­a.

Cuñada  no se extrañó. Con lo mal que hacen las cosas hoy en dí­a, dijo. Y le recomendó que se dirigiera hasta el Centro de Gestión y Participación más cercano y tramitara un nuevo documento. Luego hicieron un repaso de las actividades de las dos sobrinas, una en la universidad de abogací­a y  la otra a punto de irse a vivir con el novio a Barcelona. Además hablaron de sus gatos. Julia Luisa Olmo le contó de los problemas que daba Teodoro, que estaba viejo y más arisco. Aconsejó a Cuñada que castrara cuanto antes a Iris, que habí­a cumplido seis meses, porque si no iba a ponerse insoportable. Esta vez no tuvieron tiempo de abordar las novedades de la contadurí­a ni del negocio de cosmética donde trabajaba Cuñada.

Antes de tramitar su nuevo documento, Julia Luisa Olmo buscó su vieja cédula de identidad. Revisó uno a uno los cajones, las carpetas amarillas que tanto le habí­a gustado armar en vida  a su madre y que ella mantení­a con su orden religioso. No logró encontrarla, y eso que se cansó de abrir y cerrar la cómoda y de extraer  viejos sobres color madera con prolijos rótulos.

Para calmarse, se dedicó a arreglar las plantas del balcón. Eso siempre le hací­a bien. Quitar hojas amarillas, podar tallos inútiles, remover la tierra reseca.  Luego pidió por teléfono media docena de empanadas de jamón y queso. Daba rabia que tuviera que encargar tantas para que se las mandaran, ya que ella con tres se arreglaba, pero las llevarí­a como vianda a la oficina. Le daba exactamente igual comer dos dí­as seguidos lo mismo.

El  proceso que siguió se desarrolló en forma intempestiva, sin darle tiempo a pensar, ni a hacer consulta alguna. Ni siquiera a Cuñada.

Sentada  en el asiento de un 109 embotellado, de puro aburrimiento comenzó a revisar su cartera. En el fondo se amontonaban varios boletos de colectivo y envoltorios de caramelos Media Hora. Hasta entonces siempre los tiraba inmediatamente a algún cesto, nunca los habí­a juntado. Pero ahora estaban ahí­ dispersos, dando un aspecto de desorden al interior de  su cartera marrón.

Y entonces miró nuevamente su DNI. Lo abrió con resignación, sabiendo que volverí­a a frustrarse por las letras faltantes. Pero no. No pudo distinguir si era la misma letra cursiva que  alguna vez trazó los caracteres de Julia Luisa Olmo. Ahora aparecí­an letras nuevas, que formaban otro nombre:

M E R C O S U R.

DOCUMENTO NACIONAL DE IDENTIDAD.

APELLIDOS (si es mujer el de soltera)

CLEMENTE……………………………………….

NOMBRES

Adriana Inés…………………………………….

………………………………………………………

Primero,  Julia Luisa Olmo pensó que habrí­a alguna confusión. Que no se trataba de su documento. Pero la foto, que seguí­a estando allí­, dio por tierra con esa hipótesis.

No se atrevió a comentárselo a Cuñada. Menos aún a ir al Centro de Gestión y Participación. Y ni que hablar de mencionarlo en la contadurí­a. Podí­an acusarla de falsificación de documento público o uso de documento falsificado. Habí­a escuchado de cuestiones similares en sus veinte años de empleada contable. De momento, decidió guardarlo y ver qué pasaba hasta que se le ocurriera algo mejor. Al menos conservaba su foto, se dijo, y con raro optimismo pensó que de alguna manera lo iba a resolver.

Teodoro comenzó a ronronear y pedirle mimos cada vez que llegaba a casa. En una de esas tení­a que ver con el cambio de alimento balanceado.

Fue por esos dí­as que empezó a pensar mucho en la comida y a sentir ganas de cocinar.  Rescató el viejo libro de recetas de su mamá de un armario lleno de cosas que jamás usaba. Primero intentó con el budí­n marmolado, que no era difí­cil ni requerí­a tantos ingredientes. Le quedó buení­simo y llevó la mayor parte a la oficina para compartir con sus compañeras.

Lo más increí­ble fue que un lunes se encontró relatando sus pocas actividades del fin de semana. Sí­, eran escasas, pero andaba con más voluntad de salir que antes. Habí­a ido a ver una exposición de un artista estadounidense contemporáneo y aunque no habí­a entendido demasiado, sintió unas ganas increí­bles de contarlo. Las otras festejaron su incorporación al club de las anécdotas, la alentaron a que  siguiera por ese camino. Incluso su jefe, un incapaz que nunca la habí­a  querido demasiado, empezó a mirarla con mejores ojos.

A los pocos  dí­as notó que olvidaba ciertas cosas. No recordaba bien cómo hacer las liquidaciones de personal, cómo computar el ausentismo ni las asignaciones familiares. Tampoco las fechas de cumpleaños de sus pocos parientes. Ya no disfrutaba tanto de vivir sola. Y eso que Teodoro estaba mucho más cariñoso que antes. Un par de domingos la llamó Cuñada,  sorprendida de que el sábado no hubiera sonado el teléfono.

Otras  cuestiones de las que jamás habí­a tenido noticia se le presentaban como  nociones familiares, de toda la vida. Una mañana se despertó pensando que querí­a conseguir la receta del gulasch y el tamiz para hacer los spí¤tzle. O le vení­an unas ganas irrefrenables de cocinar un lemon pie. Tal vez tení­a que decirle a Cuñada que salieran a cenar a algún restaurante étnico. ¿Por qué no?

Toda la contadurí­a festejó su nuevo talento para la reposterí­a. Julia Luisa Olmo, que habí­a sido esa mujer hosca que repudiaba los diálogos oficinescos, ahora comenzaba a hablar y no habí­a quien la parase. Y dos, tres dí­as por semana, se aparecí­a con tortas diferentes: manzana, ricota, cheesecake. Iba a tener  que arreglar el horno, porque calentaba desparejo, pero de todas formas  se las arreglaba más que bien. En el fondo de una alacena habí­a encontrado un par de tupperware sin uso y que eran perfectos para trasladar tortas.

Hizo una selección rigurosa de su guardarropa. Embolsó las prendas que estaban gastadas o fuera de moda y las donó a la  iglesia del barrio. Comenzó a recorrer las boutiques de avenida Santa Fe para ponerse al dí­a. Sobre las calles laterales descubrió ofertas muy  convenientes de ropa. También logró abastecerse de utensilios diversos para su cocina, que hasta entonces contaba únicamente con los elementos más rudimentarios.

En la contadurí­a notaba cuchicheos a su espalda. Se comentaba por todos los escritorios que algo raro pasaba. Sus compañeras la miraban con una mezcla de aprobación y desconcierto. Les sorprendí­a verla cada dí­a con un atuendo diferente, colorido y moderno, cuando durante años la habí­an criticado por las anticuadas polleras y las camisas blancas abotonadas.

De a poco, comenzó a aceptar su cambio obligado de identidad. Julia Luisa Olmo, como la seguí­an llamando familiares y colegas, se esfumaba, lentamente dejaba de  existir. Era fagocitada en un proceso ineludible por una mujer de apariencia idéntica: Adriana Inés Clemente. Que respondí­a a todo con una  sonrisa y que se ganaba el beneplácito de sus compañeros al llegar con los enormes tupper redondos. Una Adriana Inés Clemente que era extrovertida, simpática, con increí­bles dotes culinarias y peores condiciones para el éxito laboral.

Julia Luisa Olmo no podí­a elegir. Adriana Inés Clemente ahora existí­a, viví­a en su reemplazo. Y no  le pedí­a el más mí­nimo permiso. Por las dudas, suspendió por un tiempo los llamados a Cuñada con la excusa de un viaje, porque no encontraban ya temas de conversación. La última vez le habí­a preguntado qué habí­a pasado con el documento. Y ella le habí­a dicho que nada, que no habí­a tenido tiempo de tramitarlo. Definitivamente era mala idea salir a cenar  juntas.

No fue un momento difí­cil cuando la despidieron. Julia Luisa Olmo se habrí­a indignado, habrí­a aprovechado para gritar y decirle  unas cuantas verdades al inepto de su jefe. Y a sus compañeras, que lo único que hací­an era desconcentrarla con sus charlas. Pero ahora, justo ahora que se veí­a obligada a irse, comenzaba a sentir que por fin la aceptaban, que habí­a un aprecio mutuo.

Adriana Inés Clemente supo  tomarlo con filosofí­a, porque planeaba dejar ese trabajo para emplearse  en el sector gastronómico. Se despidió una por una de sus compañeras, prometió invitarlas a un té con torta en su casa y partió con la frente en alto y la promesa de una jugosa indemnización que se acreditarí­a en pocos dí­as. Una de sus colegas más antiguas tuvo el gesto de hacerle un regalo de despedida: un libro. Lo agradeció y guardó el paquete en su cartera, sin abrirlo.

Esa misma semana, Adriana Inés Clemente consiguió su primera entrevista laboral en un servicio de catering de primera lí­nea. Llegó al centro con puntualidad sorpresiva, una virtud que enaltecí­a a Julia Luisa Olmo, pero que ella no solí­a cultivar. Y allí­, en la recepción, el guardia de seguridad soltó la frase:

“”Disculpe, pero con este DNI no la puedo dejar pasar.

“”Pero cómo que no, si vengo a una entrevista de trabajo “”se molestó ella.

“”Son las normas, señora, no se puede “”la cortó el vigilante.

No  quiso seguir la discusión. Guardó el documento de forma brusca y se fue. La vuelta en el 109 fue eterna, sin asientos a la vista. Llegó muy frustrada a su casa.

Adriana Inés Clemente intentó preparar la cena, pero sin suerte. Frió dos milanesas que se quemaron, una primero y  la otra después. Se le habí­a cerrado el estómago.

Salió un rato al balcón y miró las plantas resecas y descuidadas. Teodoro nuevamente la ignoraba, se habí­a echado a dormir bajo el mueble de la televisión.

Se  tiró en la cama y pasó un largo rato sin poder conciliar el sueño. Hizo  zapping en la tele, pero nada llegaba a interesarle. Apagó el aparato, las imágenes dejaron de iluminar la habitación. Estaba inquieta y de pésimo humor.

Era de madrugada y seguí­a despierta. Recordó que no habí­a abierto el regalo de su compañera, quiso saber de qué libro se trataba. Tomó su cartera en busca del paquete. Pero, antes, palpó las tapas acartonadas de su DNI.

Sin mayor dificultad, lo extrajo. Leyó las 19 letras. Las que conformaban su nueva identidad: Carola Jimena Cardoso.

Buscó entre sus viejos discos y encontró uno de Tchaikovsky. El viejo tocadiscos crujió cuando levantó la tapa.

La púa, muda hací­a años, obedeció.

Sus pies se pararon en punta. Ahora adoraba la danza clásica.

___

Fotos: Cortesí­a de Florencia Martin.

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Gabriela Mayer
Gabriela Mayer se graduó en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Es editora del servicio español de la Agencia Alemana de Prensa (dpa) y se especializa en periodismo cultural.
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