spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
sábado, 04 de diciembre del 2021

Cuando la muerte es más que un guarismo o la torre de Trump

Aunque en determinadas circunstancias la muerte puede ser un hecho traumático, tanto para el que la está viviendo como para el que la está presenciando, por lo general no lo es. A veces la muerte se anuncia metafóricamente como la llama de una vela encendida en su fase final, que a pesar de la penumbra y el vacío que queda, ilumina el espacio-tiempo. Son los momentos en que se comprende que la vida es la hermana gemela monocigótica de la muerte.

Las diferentes formas de vivir la muerte están íntimamente ligadas a los conceptos y cosmovisiones que cada individuo o colectivo sociocultural tenga de este proceso natural.  A lo largo de la historia en las diferentes sociedades humanas, la muerte ha tenido variadas interpretaciones filosóficas y religiosas.  En este escrito se entiende la muerte como un estado biológico y como la última experiencia de todo ser, en general, y en particular, la del ser humano, sea ésta consciente o inconsciente. Es decir, cuando todas las células y todos los órganos vitales de los sistemas circulatorio y neuronal dejan de funcionar y entran en un proceso irreversible de descomposición. Me permito   esta aclaración, para evitar que algún avezado y perspicaz lector o algún exegeta religioso se mosquee y se sienta obligado a demostrar y defender la hermenéutica religiosa de la vida y de la muerte. Lo que aquí escribo, puede ser miel o hiel que puede atraer o repeler a abejas, abejorros y a una que otra necia mosca.

La vida y, por consiguiente, la muerte en la sociedad son dos aspectos fundamentales en la política-económica de cualquier nación. Esto quiere decir, que tanto el derecho a una vida de bienestar y, por lo tanto, el derecho a morir dignamente es una cuestión que tiene que ver con el poder político-económico o bien, con la debilidad de un régimen político determinado. Tanto es así, que existen índices para medir los niveles del desarrollo humano, de la felicidad, de la riqueza y pobreza, de la violencia, etc., etc. Para cuantificar estos objetivos la sociedad cuenta con instrumentos analíticos como las estadísticas, la demografía y el sistema de salud publica y privada.

Las estadísticas, en especial, son una herramienta importante para el análisis científico de un hecho o proceso político-cultural y social-pandémico, cuando estos son ponderados, descontaminados y relativizados. Empero cuando se trata de muertes, el contenido explícito y el implícito tienen otra connotación. Es decir, la muerte deja de ser un simple guarismo.

Desde que comenzó “oficialmente” la pandemia en Europa hasta este día, 16 de enero, han trascurrido 308 días, de los cuales 295 los tengo estadísticamente registrados. Según la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, los Estados Unidos es el país con más número de infecciones y mayor cantidad de muertes (394 mil). En estas cifras se esconden, en buena parte, las malas políticas anti epidémicas de la administración de Donald Trump.

El todavía presidente de los Estados Unidos no solamente fracasó con su política pandémica, sino que tampoco fue el mandatario que garantizara la seguridad de TODOS los ciudadanos. La demagogia de su discurso anti electoral, la parcialidad en la gestión del Movimiento Black Lives Matter y la invocación a la violencia para revertir el voto popular, dejaron al descubierto lo que Donald Trump entiende por democracia. 

Aprendí en el colegio, poniendo mucha atención a nuestro profesor de matemáticas apodado cariñosamente “El Cherito Belgarí” (Alejandro Bellegarrigue, descendiente de franceses, a lo mejor, pariente del anarquista francés Anselmo Bellegarrigue), que todo aquello que puede ser medible recibe el nombre de magnitud. Medir es comparar una magnitud con otra de su misma especie que arbitrariamente se toma como unidad. El resultado de toda medida es siempre un número que es el valor de la magnitud medida y expresa la relación entre esta magnitud y la que se toma como unidad.

A fin de facilitarle al estimado lector la abstracción de lo que significa 1 cadáver apilado a otro, me tomo la libertad con fines didáctico-pedagógicos de definir como unidad de medición un ataúd estándar alemán rústico concebido para un adulto, cuyas medidas son 2 metros de largo, 0,7 metros de ancho y 0,65 metros de altura.

Sí nos propusiéramos almacenar el número de estadounidenses muertos a causa de la COVID-19 hasta el día de hoy en un área de 20 metros por 20, lograríamos colocar en posición horizontal 280 ataúdes. Sí la resistencia de materiales y las leyes de la estática lo permitiesen, podríamos continuar ordenando las cajas mortuorias hasta alcanzar una altura aproximada de 915 metros. De tal manera, que al final habríamos hecho con los 394 mil ataúdes una torre casi 5 veces más alta que la torre Trump en Nueva York. A esta yo la bautizo con el nombre de la torre pandémica de Trump. 

spot_img

Últimas entradas