Crónicas del Vinilo. Historias, memorías y análisis de los discos que marcaron generaciones.
Zarko Pinkas-Ramírez | Fotos: Zarko Pinkas
Lejos de la épica juvenil de The Smiths, Morrissey entrega en Bona Drag un repertorio donde la tristeza no se oculta ni se dramatiza: simplemente se instala. Canciones como Everyday Is Like Sunday convierten el tedio en paisaje y la soledad en rutina.
La primera vez que escuché a Morrissey fue en su etapa solista, con Bona Drag. Y hubo una canción que me detuvo en seco: “Everyday Is Like Sunday”. No fue solo la melodía, ni siquiera la letra en sí, sino la sensación de reconocimiento inmediato. Pensé: este tipo entiende algo esencial, entiende esa percepción de que todos los días pueden sentirse iguales. Ese tedio, ese aislamiento, esa repetición silenciosa. Desde entonces, Morrissey me pareció más que un músico: un filósofo emocional.
En ese momento de mi vida, sin embargo, todavía creía que había rutas que podían torcerse, destinos que podían evitarse. No pensaba en la vida como una línea rígida, sino como algo que aún admitía variaciones. Eran años en los que, junto a un amigo —Omar Flores—, salíamos con frecuencia en San Salvador, buscando precisamente lo contrario a ese “domingo perpetuo”. Queríamos escapar de la rutina, pero no desde lo banal, sino desde una mezcla de diversión y estímulo cultural. Había en esa búsqueda una intuición clara: la vida no podía reducirse al tedio.
Compartíamos gustos musicales, afinidades estéticas, incluso coincidencias en el tipo de mujeres que nos interesaban. Pero, sobre todo, compartíamos una incomodidad con el entorno. Con esa presión constante por pertenecer, por encajar en moldes que, en el fondo, no significaban nada. Ni filosóficamente, ni existencialmente. Era una especie de guion social que se repetía sin cuestionamientos, como si todos aceptaran que la vida debía ser así: predecible, doméstica, programada.
En ese contexto conocimos a dos chicas estadounidenses. Y ahí apareció otra dimensión. Con una de ellas —Jocelyn— la conexión no pasaba por lo evidente, sino por lo intelectual. Había conversación, curiosidad, una forma distinta de relacionarse con el mundo. No tenía que ver con el deseo inmediato, sino con algo más complejo: el estímulo de pensar junto a alguien, de descubrir fuera del aula, fuera de los esquemas habituales.
Al mismo tiempo, yo mantenía una relación que, vista en retrospectiva, representaba exactamente aquello de lo que intentaba escapar. Una dinámica marcada por el tedio, por la repetición, por una visión de vida que parecía avanzar hacia un destino ya decidido. Recuerdo una escena concreta: domingos dedicados a ir a ver casas. No como proyecto real, sino como ritual anticipado. Como si la vida ya estuviera definida antes de comenzar.
Ahí es donde la frase de Morrissey cobraba todo su peso: todos los días son como domingo.
Ese contraste —entre la búsqueda de experiencias más amplias y la presión por encajar en una narrativa preestablecida— terminó por romper el equilibrio. No por un acto dramático, sino por desgaste. Porque el tedio no es solo aburrimiento: es una forma de asfixia lenta. Y frente a eso, la necesidad de movimiento, de estímulo, de sentido, termina imponiéndose.
La relación terminó. La chica estadounidense se fue. Y lo que quedó no fue una historia romántica inconclusa, sino una certeza más clara: hay formas de conexión que no se explican desde lo inmediato, y hay entornos que, por más correctos que parezcan, no hacen más que reproducir ese domingo eterno.
En medio de todo eso, Bona Drag seguía sonando. No como banda sonora de una ruptura, sino como un espejo. Porque más allá de las circunstancias personales, lo que el disco capturaba era algo más amplio: esa sensación de estar dentro de una estructura que se repite, y la necesidad —casi urgente— de salir de ella.
Y tal vez por eso el impacto fue tan directo. Porque no se trataba solo de escuchar música, sino de reconocer una forma de estar en el mundo. Una donde la tristeza no es un accidente, sino una lectura lúcida de la realidad.
Hay discos que uno no compra: los encuentra en un momento preciso de la vida, como si hubieran estado esperándolo en silencio. Bona Drag de Morrissey fue eso para mí. No lo busqué; apareció. Recuerdo haberlo tenido entre las manos sin entender del todo qué era: no era un álbum convencional, tampoco una recopilación cualquiera. Era, más bien, una especie de manifiesto emocional, una extensión incómoda y elegante de lo que había quedado flotando tras la implosión de The Smiths.

Lo compré en vinilo doble, casi por intuición, atraído por esa portada en tonos rojizos y la mirada suspendida de Morrissey, como si estuviera a punto de decir algo que no se puede decir en voz alta. En ese momento yo venía de escuchar obsesivamente The Queen Is Dead, así que esperaba continuidad. Pero Bona Drag no es continuidad: es ruptura, pero sin estridencias. Es la soledad después del ruido.
La primera vez que lo puse, hubo algo desconcertante. No era la energía juvenil ni la ironía colectiva de The Smiths. Aquí todo era más íntimo, más teatral, incluso más vulnerable. Era como entrar a una habitación donde alguien ha estado hablando solo durante horas y uno llega justo cuando la conversación alcanza su punto más honesto.
1. “Everyday Is Like Sunday”
Si hay una canción que funciona como puerta de entrada a este disco es Everyday Is Like Sunday. No solo por su popularidad, sino porque encapsula esa sensación de vacío elegante que atraviesa todo el álbum. La canción tiene algo engañosamente simple: una melodía casi luminosa que contrasta con una letra profundamente melancólica.
Lo que siempre me ha golpeado es esa imagen de la ciudad costera apagada, sin vida, donde el tiempo parece detenido. No es nostalgia, es resignación. Morrissey no canta sobre perder algo, sino sobre habitar la pérdida como estado permanente. Esa es una diferencia clave respecto a su etapa en The Smiths, donde el dolor todavía tenía filo; aquí, en cambio, se vuelve paisaje.
Escuchándola en vinilo, hay un detalle que en digital se pierde: el espacio. La canción respira. Cada silencio pesa. Es como si la aguja, al recorrer el surco, estuviera marcando no solo el ritmo, sino también la distancia emocional del narrador con el mundo.
2. “Suedehead”
Luego está Suedehead, que en apariencia es más directa, más pop, incluso más accesible. Pero esa accesibilidad es una trampa. La canción tiene una energía casi optimista, pero lo que cuenta es una historia de deseo no correspondido, de insistencia inútil.
Aquí Morrissey todavía conserva algo del sarcasmo que lo hizo icónico, pero ya no lo utiliza como escudo colectivo, sino como mecanismo personal de defensa. Hay una diferencia sutil pero importante: en The Smiths, el cinismo era compartido; en Bona Drag, es profundamente solitario.
Siempre me ha parecido que “Suedehead” es una canción sobre el error de insistir. Sobre escribir cartas que no serán respondidas, sobre interpretar silencios como señales. Es una obsesión elegante, casi educada, pero obsesión al fin. Y eso la vuelve incómodamente humana.
En el contexto del vinilo, esta canción funciona como un falso respiro. Uno cree que el disco se abre, que se vuelve más ligero, pero en realidad solo cambia de máscara. La incomodidad sigue ahí, intacta.
3. “Hairdresser on Fire”
Y entonces aparece Hairdresser on Fire, que para mí es el momento más extraño —y más revelador— del disco. La premisa es casi absurda: la urgencia de ir al peluquero como si fuera una cuestión existencial. Pero en Morrissey, lo trivial nunca es trivial.
Lo que hay detrás es ansiedad. Una necesidad desesperada de control en un mundo que se desmorona lentamente. El cuidado personal como último refugio ante el caos emocional. Y eso conecta profundamente con esta etapa post-The Smiths: ya no hay banda, no hay colectivo, no hay identidad compartida. Solo queda el individuo frente al espejo.
Musicalmente, la canción tiene algo nervioso, casi inquieto. No se queda quieta, como si reflejara esa urgencia interna. Y en el vinilo, ese nerviosismo se vuelve más tangible: hay una textura en el sonido que refuerza esa sensación de inestabilidad.
Entre la recopilación y el autorretrato
Algo que siempre me ha fascinado de Bona Drag es su naturaleza híbrida. No es un álbum de estudio tradicional; reúne sencillos, caras B, piezas dispersas. Pero en lugar de sentirse fragmentado, construye una narrativa coherente. Y esa narrativa es la de alguien que está reconstruyéndose.
Después de The Smiths, Morrissey podría haber intentado replicar la fórmula. No lo hizo. En lugar de eso, se permitió ser incómodo, incluso contradictorio. Bona Drag no busca agradar: busca definirse.
Y eso es lo que lo hace tan interesante en formato vinilo. Porque el vinilo obliga a escuchar el disco como un todo, no como una colección de canciones sueltas. Hay que darle la vuelta, hay que detenerse, hay que decidir seguir escuchando. Y en ese proceso, uno entra en el ritmo emocional del artista.
Reflexión final: identidad en reconstrucción
Escuchar Bona Drag hoy es enfrentarse a una pregunta incómoda: ¿qué queda de uno cuando se desarma el proyecto colectivo al que pertenecía? En el caso de Morrissey, la respuesta no es clara ni ordenada. Es caótica, fragmentaria, a veces incluso contradictoria.
Pero hay algo profundamente honesto en ese caos. Porque la identidad, en esa etapa post-The Smiths, no es una afirmación sólida, sino un proceso en curso. Morrissey no se presenta como alguien que ya sabe quién es, sino como alguien que está intentando descubrirlo en tiempo real.
Y tal vez por eso Bona Drag funciona tan bien como crónica del vinilo. Porque no es un disco que uno simplemente escucha; es un disco que uno habita durante un tiempo. Se convierte en un espejo incómodo, en una especie de diario emocional ajeno que, sin embargo, termina diciendo cosas propias.

Cuando terminé de escucharlo por primera vez, no sentí euforia ni entusiasmo. Sentí algo más difícil de describir: una especie de reconocimiento. Como si, en medio de esas canciones, hubiera encontrado una versión más honesta —y más incómoda— de ciertas emociones que uno prefiere no nombrar.
Quizás ese sea el verdadero valor de Bona Drag: no ofrece respuestas, pero formula preguntas precisas. Y en esa precisión, en esa capacidad de incomodar sin estridencias, es donde Morrissey termina de consolidarse no solo como exlíder de una banda icónica, sino como un artista que entendió que la identidad no se hereda: se construye, a veces, desde las ruinas.
La portada y el objeto: estética, distancia y materialidad
La portada de Bona Drag propone una declaración silenciosa. Morrissey aparece de perfil, evitando el contacto directo con el espectador, como si la imagen misma rehuyera cualquier forma de confrontación inmediata. No hay gesto enfático ni dramatismo evidente; lo que predomina es una tensión contenida, una especie de retirada calculada. A diferencia de las portadas de The Smiths, donde el juego de referencias externas funcionaba como marco estético, aquí el rostro propio ocupa el centro, no como afirmación, sino como exposición.

El título refuerza esa ambigüedad. “Bona Drag”, expresión tomada del Polari, remite a la idea de “buena presencia” o “buena apariencia”, pero en el universo de Morrissey la apariencia nunca es superficial. Se trata de una construcción, de una forma de habitar el mundo desde la estética, incluso cuando esa estética encubre fisuras más profundas. La portada, en ese sentido, no ilustra el disco: lo anticipa.
En su edición remasterizada en vinilo de color verde, el álbum adquiere una dimensión material que dialoga con esa misma lógica. El soporte deja de ser neutro y se convierte en parte de la experiencia. Sin embargo, el vinilo de color introduce una paradoja: su atractivo visual dificulta la percepción de la suciedad y el desgaste, elementos que en el vinilo negro funcionan como señales visibles del uso. La limpieza —ritual casi obsesivo en ciertos hábitos de escucha— pierde aquí su referencia inmediata, desplazando la atención hacia una experiencia más estética que funcional.
Esta tensión entre forma y uso no es ajena al espíritu del disco. Así como el objeto embellece incluso aquello que debería evidenciarse, las canciones —como Everyday Is Like Sunday, Suedehead y Hairdresser on Fire— operan desde una superficie accesible que, al ser atravesada, revela una incomodidad persistente. La remasterización, lejos de alterar esa naturaleza, la vuelve más nítida: no corrige el fondo, solo ilumina sus contornos.
Ficha técnica
Álbum: Bona Drag
Artista: Morrissey
Año de lanzamiento: 1990
Tipo: Compilación (sencillos y caras B)
Formato original: Vinilo doble, CD y casete
Ediciones destacadas: Remasterizaciones posteriores en vinilo (incluyendo versiones en color)
Género: Alternative rock / Indie pop
Contexto: Etapa inicial solista tras la disolución de The Smiths
Colaboradores clave: Stephen Street (producción), Vini Reilly, Craig Gannon
Canciones destacadas: Everyday Is Like Sunday, Suedehead, Hairdresser on Fire


