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miércoles, 04 de agosto del 2021

CRÓNICA: El poder indígena que paró al FMI en Ecuador

Las constantes amenazas de que “extranjero que esté en las movilizaciones debería ser expulsado del país”, me mantuvieron cautelosa y alejada de la línea de fuego. Ese mensaje dedicado a los extranjeros seguía martillándome la cabeza, e incluso la alcaldesa de Guayaquil lo mencionó a gritos durante una manifestación por la paz

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(Especial para ContraPunto)

Quito, oct 14.- Luego de intensos días de violencia en la capital ecuatoriana, el fin de las protestas es una realidad, 11 días de paros y enfrentamientos; de heridos y de detenidos; de personas fallecidas y cacerolazos. Dimes y diretes entre gobierno, políticos, organizaciones y nacionalidades indígenas que eran tergiversadas por los medios de comunicación televisivos.

El Gobierno de Lenín Moreno ha anunciado que suspende el decreto 883, que fue la chispa que inició el incendio en que se convirtió Quito y buena parte de Ecuador. Porque por medio de ese decreto ejecutivo, promovido por el Fondo Monetario Internacional  (FMI) se eliminaron los subsidios al combustible, cuyo precio se duplicó en un santiamén. La gente enfureció y se lanzó a la calle.  

Este domingo, lo confieso, me levanté escéptica que el fin del conflicto se hiciera realidad. Tantos días de protestas, gas lacrimógeno, disturbios, heridos, muertos y un lago etcétera.

Yo, una salvadoreña, estudiante de una especialización, enamorada de Quito y a semanas de regresar a mi país, me encontré de la nada en medio de una crisis nacional de alto voltaje, con implicaciones regionales.

El “paquetazo”, como fue denominado por la población, era altamente rechazado por la sociedad, que en buena medida se encuentra dividida: apoya las movilizaciones indígenas y el paro nacional, pero se encuentran en contra de los disturbios violentos y los saqueos. Mientras, para algunos manifestantes la lucha es la única forma de evitar que las medidas económicas se hagan realidad.

Tras días de pasar encerrada por el paro de trasportes y las batallas campales que vivía por medio de mis amigos y amigas que se encontraban en la primera línea del enfrentamiento, entre mensajes de WhatsApp, Twitter y Facebook, me sentía una inútil. Paralizada por ser extranjera en un conflicto tan humano, por el cual me moría por palpar desde más cerca y no a través de la pantalla de mi celular.

Pero las constantes amenazas de que “extranjero que esté en las movilizaciones debería ser expulsado del país”, me mantuvieron cautelosa y alejada de la línea de fuego. Ese mensaje dedicado a los extranjeros seguía martillándome la cabeza, e incluso la alcaldesa de Guayaquil lo mencionó a gritos durante una manifestación por la paz.

Me dediqué a hacer mi café, recordando impresionada los cacerolazos que cientos de quiteños hicieron sonar el día anterior, el sábado, y que yo oía fuerte desde mi habitación. Yo vivo muy cerca del centro de Quito, a unos 30 minutos a pie de la Asamblea Nacional, el epicentro en los últimos días del conflicto, el ojo del huracán.

Desde donde vivo, lograba ver el humo de las llantas ardiendo y de los pequeños incendios atizados por motocicletas policiales arrebatadas a las fuerzas gubernamentales.

En esas estaba, esperando a que hirviera el agua, para mi café, cuando sucedió lo que siempre sucede cuando una espera ansiosa que se cocine el guiso, o la sopa de frijoles, en El Salvador: me quedé sin gas.

En ese momento recibí un mensaje de un amigo colombiano radicado en Quito, quien me contaba que el mercado popular que me abastecía de todas esas delicias que en mi país está solo reservado para personas con más holgura económica: champiñones, palmito, kiwi, naranjas importadas de Chile, se encontraba cerrado.

Agradecí a Dios por tener cosas qué comer, pero que no podía cocinar por falta de gas. Obviamente no había repartidores de gas disponibles, y de todos modos en Quito se sufría de desabastecimiento.

Me asusté al pensar que, si las movilizaciones continuaban por semanas, las cosas se pondrían peor: lo que nunca pensé que pasaría en mi estadía académica en Ecuador podría pasar: encontrarme sin alimentos en la alacena y con una revolución en pleno auge en las calles de la ciudad. Me imaginé evadiendo cercos policiales, pedradas, cañones de agua y hasta balas, por salir a buscar unos huevos y pan.

Pero recordé que el día anterior había ido a un supermercado por algunas cosas. Las personas se apresuraban a comprar diferentes productos como si fuéramos a sufrir un cataclismo.

Una olla arrocera eléctrica me sirvió para cocinar una pasta con atún y hacer, finalmente, el deseado café.

Luego otra noticia irrumpió mi mañana. La Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) se sentaría a negociar con el Gobierno. Ellos tenían muy claro que sin la derogatoria del decreto que eliminaba el subsidio a la gasolina, no habría acuerdo alguno y las movilizaciones iban a continuar, y con ello, un estado de sitio en toda la ciudad.

Cansada de los canales de televisión (los cuales habían sido atacados un día antes y hacían alarde de ser una de las principales víctimas, y con ellos la democracia), busqué por internet la Coordinadora de Radio Popular Educativa del Ecuador (CORAPE), y comencé a escuchar los reportes.

Mis amigas y amigo me mandaban memes de la situación, es increíble el uso de este recurso convertido en una crítica política. Desde Los Simpson hasta Bugs Bunny, pasando por Mr. Bean, ilustraban los momentos tensos que vivía el Ecuador, así como videos y fotografías de la gran solidaridad humana que, desde estudiantes de medicina hasta apoyo humanitario de otras provincias, enviaban a la capital con la consigna “Quito aguanta”.

La mesa de diálogo comenzó y con ello, mi admiración y respeto de los pueblos y nacionalidades indígenas, quienes, con humildad, conocimiento y maestría mostraron el porqué de sus luchas.

El presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) mencionaba sereno: “No es una lucha de nosotros los indígenas, es la lucha de todo el pueblo ecuatoriano”.

Mientras un joven indígena, de la etnia Sarayaku, le dijo al presidente “que se pusiera en los zapatos de una mujer amazónica” y así las representaciones de valentía de estos pueblos me dejó impresionada.

Al final de la jornada según la Defensoría del Pueblo: 6 personas fallecidas, 937 personas heridas y 1121 personas detenidas. La derogatoria del decreto de la discordia y un pueblo, considero yo: más unido, más fuerte y más orgulloso de sus pueblos y nacionalidades indígenas.

Quito ha ardido por casi dos semanas. Espero que el incendio por fin haya acabado.

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Johana Peña
Columnista Contrapunto
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