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sábado, 31 de julio del 2021

Crónica de un trágico despertar en EL Despertar

El despertar de aquel 20 de enero de 1979, en el Centro de Formación “El Despertar” de San Antonio Abad, fue horrendo y trágicamente inhumano: poco después de las  6 de la mañana, fue asesinado el sacerdote Octavio Ortiz Luna, de 34 años de edad, junto con cuatro jóvenes, algunos de ellos menores de edad.

Un escuadrón de la Guardia Nacional (GN) irrumpió violentamente en la casa de retiros de la Parroquia de San Antonio Abad, ubicada en la población del mismo nombre, departamento de San Salvador. A empellones tiraron la puerta de entrada y, disparando, irrumpieron en la habitación en la que aún dormían los asistentes a un retiro de iniciación cristiana.

Además, del asesinato del P. Ortiz Luna, el salvajismo de la GN también asesinó a cuatro jóvenes del grupo de participantes en el retiro: David Caballero, un adolecente de 16 años de edad. Cursaba octavo grado en la Escuela Miranda de San Antonio Abad; Ángel Morales, de 22 años, había llegado a la capital en búsqueda de una oportunidad laboral; Roberto Orellana, otro joven de 16 años, quien cursaba octavo grado en el Instituto Nacional Francisco Menéndez en horario nocturno; y Jorge Gómez, de 22 años, quien por falta de recursos no había terminado sus estudios de bachillerato en el Liceo Rubén Darío. Cuatro valiosas vidas de jóvenes honrados y con aspiraciones, integrados al trabajo de sus respectivas comunidades, para contribuir a luchar -según sus conocidos- contra “la situación de violencia y persecución contra la Iglesia”.

En cuanto al P. Octavio Ortiz, por su trabajo con las Comunidades Eclesiales de Base, fue acusado de subversivo y comunista. -“El día 20 de enero de 1979 -en que ocurrió su martirio- se encontraba junto a casi cuarenta jóvenes celebrando un retiro de iniciación”, expresó una fuente. El abuso de poder que se estilaba entonces  ordenó y cometió esta vil masacre, contra gente cristiana, honrada y laboriosa.

El Padre Octavio Ortiz Luna nació el 22 de marzo de 1944, en el pueblo de Cacaopera, departamento Morazán, hijo de don Alejandro Ortiz y doña Exaltación Luna, una humilde familia campesina de aquella comprensión, que como casi todas las de aquellas olvidadas regiones del Oriente del país, sufría duras condiciones de vida. La pobreza le impulsó a buscar trabajo lejos de su hogar cuando apenas tenía 13 años. Con la ayuda de gente bondadosa que le apoyó en sus aspiraciones, logró realizar su vocación y ordenado sacerdote por Monseñor Romero, el 9 de marzo de 1974.   

Monseñor Romero -hoy San Romero- exigió al Gobierno las investigaciones necesarias y con prontitud, para esclarecer el asesinato del P. Ortiz.  Igual petición haría en su oportunidad para que los crímenes de otros sacerdotes, religiosos y catequistas, perpetrados por el ejército salvadoreño, no quedaran impunes. Monseñor Romero seguía demandando justicia por los crímenes de los sacerdotes Rutilio Grande (12 de marzo de 1977), Alfonso Navarro (11 de mayo de 1977), Ernesto Barrera (28 de noviembre de 1978), Octavio Ortiz (20 de enero de 1979), Rafael Palacios (20 de junio de 1979), Alirio Napoleón Macías (4 de agosto de 1979),  Cosme Spessoto (14 de junio de 1980), Ernesto Abrego (desaparecido 27 de noviembre de 1980), Marcial Serrano (28 de noviembre de 1980) y otros.   

 – Demando buena disposición del Gobierno para investigar, con toda prontitud todos los crímenes de mis hermanos sacerdotes y de tantos feligreses… – expresaba el Arzobispo Romero.    

El oscuro  tiempo de los horripilantes crímenes del ejército y los escuadrones de la muerte contra la Iglesia, ha pasado. Pero, quedan las heridas siempre abiertas, hasta que la reparación total de las víctimas -las fallecidas y las sobrevivientes- de tantos crímenes y masacres, sea una realidad. Todos los crímenes dolieron -duelen- a la conciencia popular, como amargo recuerdo en la historia salvadoreña.

En el caso particular del P. Octavio Ortiz y los 4 jóvenes asesinados  hace 41 años en El Despertar, quizás la hasta hoy incompleta justicia resplandezca un día en su totalidad. Y, particularmente, sobre el P. Octavio, hago gustoso esta referencia a su memoria, por el orgullo de ser paisano morazánico de un hombre noble, un sacerdote bueno y un servidor incondicional de los más desposeídos.

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