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domingo, 25 de julio del 2021

Confiar en las personas

En un primer momento, pensé en iniciar este texto con las siguientes líneas: “En situaciones como la actual emergencia, los dirigentes del país, en las esferas políticas, empresariales y culturales, deberían confiar más en la gente”. Enseguida, caí en la cuenta de que tenía que corregirme, pues creo que en el “confiar más en la gente” la palabra “más” está de sobra y la palabra “gente” diluye la dimensión individual-personal de los ciudadanos: en situaciones críticas para la sociedad, de li que se trata es de confiar –así, sin más— en las personas. Habrá quienes opinen  que no, dada la condición de minoría de edad que asignan –salvo a algunos privilegiados— a todos los miembros de la sociedad, pero no tiene por qué dárseles la razón en ese punto. Expongo mis argumentos.

Es evidente que, en estos momentos, el control de la epidemia del coronavirus descansa en el autocuido y la autoprotección por parte de las personas. Las restricciones y las presiones estatales han disminuido sensiblemente, y, en ese sentido, es en la responsabilidad individual en donde recae la contención de la epidemia. Cualquiera pudo haber vaticinado que, con el relajamiento de las medidas de control gubernamentales, los salvadoreños iban a salir a las calles con la más absoluta despreocupación por su salud y la de sus semejantes. Hasta ahora, aunque los más desconfiados no lo crean, no ha sido así.

En diferentes lugares de San Salvador –es probable que suceda lo mismo en otros municipios y departamentos—  se ve a las personas –en su mayoría, humildes y de extracción popular— debidamente protegidas con sus macarillas, guardando la distancia entre ellas y limpiando sus manos con alcohol gel. No deja de ser conmovedor el ver a salvadoreños de condición popular tan concentrados en cuidarse a sí mismos, no por una presión externa, sino por convicción y responsabilidad.

En estos días, he tenido un contacto de primera mano con estos salvadoreños. No he podido evitar pensar en que los dirigentes nacionales tuvieron que haber confiado, desde el principio de la crisis, en las capacidades y responsabilidad de sus conciudadanos. Quizás debieron informarles, lo más apegados a lo que se conoce científicamente sobre el coronavirus, de la naturaleza del virus, su impacto en la salud y sus mecanismos de propagación. Sin exagerar los peligros, pero también sin minimizarlos. Y, sobre todo, haciendo que cada cual asumiera su responsabilidad en el cuido de su salud. No se trata de un imposible, como lo puede constatar cualquiera que se tome la molestia de observar, en estos días, a sus semejantes.

Queda como una enseñanza para futuras crisis: hay que confiar en las personas; hay que confiar en su responsabilidad, capacidad de juicio, previsión y compromiso cuando lo que está en juego es su propia vida y la de sus seres queridos. Después de todo, así como quienes dirigen a la nación –en la política, la economía o la cultura— son capaces de entender y ponderar los problemas y buscar soluciones –y por supuesto, siendo falibles y equivocándose—, también tienen esa capacidad las personas que son dirigidas por aquéllos. De hecho, hay una igualdad fundamental, en capacidades, uso de la razón y discernimiento, entre dirigentes y dirigidos. Olvidar esa igualdad irrenunciable es contraproducente, pues termina generando desconfianza en las capacidades y responsabilidad de otros seres humanos.  

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