Por Alonso Rosales
En diversas comunidades del departamento de Córdoba y la región de Urabá, en Colombia, donde actualmente más de mil personas permanecen desplazadas como consecuencia del intenso frío y las tormentas registradas durante febrero de este año, los habitantes han comenzado a dar una lección de organización y conciencia política.
Ante la difícil situación que enfrentan, estas comunidades han decidido que su apoyo a los candidatos no será automático ni se basará en promesas vacías. Por el contrario, han manifestado que primero dialogarán entre ellos y alcanzarán acuerdos comunitarios antes de comprometer su respaldo político.
La posición de los líderes locales ha sido clara: no quieren camisetas de campaña, ni láminas de zinc, ni promesas que desaparecen después de las elecciones. Lo que exigen son soluciones reales y compromisos concretos que mejoren de manera efectiva sus condiciones de vida.
Entre las principales demandas figuran proyectos habitacionales dignos para las familias desplazadas, la construcción de escuelas, hospitales y centros de salud, así como el arreglo de calles y obras de infraestructura que permitan impulsar el desarrollo de estas comunidades.
En palabras sencillas, lo que están pidiendo es un “combo”, como popularmente se dice en Colombia: un paquete de soluciones reales que atienda las necesidades más urgentes de la población.
Esta postura refleja una creciente madurez política entre los ciudadanos, quienes buscan que los candidatos se comprometan con hechos y no únicamente con discursos de campaña. Durante décadas, gran parte de la clase política latinoamericana ha basado su poder en promesas que rara vez se traducen en mejoras concretas para la población más vulnerable.
Mientras algunos sectores políticos continúan disfrutando de privilegios y bienestar, millones de personas en la región sobreviven con ingresos mínimos. En muchos lugares de América Latina, la diferencia entre ricos y pobres sigue siendo abismal, y la pobreza continúa marcando la vida cotidiana de amplios sectores de la población.
Por ello, el ejemplo de estas comunidades colombianas podría convertirse en una señal importante para toda la región. Cuando la ciudadanía se organiza, dialoga y exige compromisos reales a quienes buscan gobernar, la política puede comenzar a transformarse en una herramienta efectiva para mejorar la vida de las personas.
El mensaje es claro: el respaldo ciudadano debe ganarse con obras, con resultados y con responsabilidad social, no con promesas pasajeras de campaña.


