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viernes, 14 de mayo del 2021

Claves para redimir la polí­tica salvadoreña

Forjar nuevas dinámicas polí­ticas en las bases y cúpulas de los partidos polí­ticos es un objetivo únicamente alcanzable a través de dos ví­as: la integración de dichas bases para propinar convulsiones internas impredecibles y necesariamente inteligentes o la organización y agitación colectiva para presionar a las instituciones polí­tico-partidarias con el objeto de impactar la dirección de las decisiones y acciones del quehacer del Estado.

¿Hará pues la sátira y la cólera de la ciudadaní­a que los polí­ticos desfiguren las distintas agendas que estructuran para concretizar sus intereses sectoriales? ¿Es viable que el cuerpo gobernado siga encarcelado solamente en la sombra apreciando con disgusto las faenas de los tres órganos estatales? ¿Hasta qué momento una gran mayorí­a social que comparte la misma amargura intenta incidir en el devenir de la vida social contra aquello que deberí­a primar por el bien común pero que los polí­ticos no harán?

No desde hace mucho, se ha vuelto común escuchar en los resultados de distintas encuestas que existe muchí­sima desconfianza en las instituciones fundamentales del Estado salvadoreño, pero ¿acaso no es eso igual de cierto como el desinterés de los salvadoreños por intervenir y deformar la desidia de los partidos polí­ticos?

A menos de treinta dí­as, El Salvador celebrará pues elecciones presidenciales cuando ya se cumplen 27 años de la firma de los Acuerdos de Paz. El candidato favorito de todos los estudios de opinión pública es Nayib Armando Bukele Ortez. Representa sin lugar a duda una alternativa electoral a un FMLN desgastado y a un partido ARENA falto de credibilidad. Así­ pues, el voto del 3 de febrero indiscutiblemente debe ser para favorecer a Bukele. No resultará racional elegir en la papeleta a otra bandera que no sea la del candidato de las nuevas ideas.

No obstante, la soberbia de las cúpulas y todas las demás caracterí­sticas irracionales deben convertirse en el parámetro de los salvadoreños para exigir a Bukele lo que no debe hacerse dado que la derrota del partidismo tan solamente empieza a tomar forma con el fracaso electoral de ARENA y el FMLN y se extiende hasta que el cuerpo electoral se consolide unitariamente para demandar una nueva era de administración gubernamental.

La militancia polí­tico-partidaria no debe subsumirse a una atroz ceguera que conduzca únicamente a la automatización del individuo. La fidelidad partidaria debe responder en primera instancia a una voluntad verdaderamente crí­tica para volver a la institución partidaria un mecanismo que incite la incidencia en la cosa pública de los demás que no forman partidos polí­ticos ni cualquier otra colectividad organizada.

La nueva militancia partidaria debe tomar como eje paradigmático los casos de ARENA y FMLN para no repetirlos. En ambos partidos mencionados, se erige un liderazgo horizontal y una tirana disciplina que no estimula la creatividad de los afiliados.

La educación polí­tica es una apuesta al desarrollo humano y profesional de quienes aspiran a regir la administración pública. Precisamente la mediocridad a tal objetivo ha sido la proyección del FMLN y ARENA. ¿De qué sirve para estas dos instituciones formar perfiles de liderazgo competentes si el rí­gido régimen los determina como simples marionetas?

No resulta viable que los resultados de las elecciones municipales, legislativas o presidenciales sean del desinterés masivo produciendo una sensación al ganador de que cuenta con el apoyo absoluto del cuerpo electoral como tampoco es viable que los representantes polí­ticos sean los únicos actores del devenir polí­tico.

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*Una respuesta para la columna de Carlos Recinos, ‘Revisionismo ideológico, ¿para qué?´.
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Ricardo Paniagua
Columnista Contrapunto

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