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viernes, 22 de octubre del 2021

Carta abierta a Daniel Ortega, presidente de Nicaragua

Lea la carta abierta del escritor Fernando Butazzoni a Daniel Ortega para defender al poeta Ernesto Cardenal de la persecución polí­tica que sufre en su propio paí­s

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El nicaragí¼ense Ernesto Cardenal, nacido en 1925, es una figura excepcional, entre otras cosas porque no son muchos, actualmente, los sacerdotes católicos con un amplio reconocimiento internacional como poetas. También tuvo una fuerte singularidad su apoyo en los años 70 al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que reforzó la imagen de la revolución sandinista como un movimiento inusualmente vinculado con las artes, y en especial con la  literatura.

Cuando el FSLN derrocó a la dictadura de Somoza en 1979, Cardenal fue el primer ministro de Cultura del gobierno encabezado por Daniel Ortega, y esto le  valió en 1983 una reprimenda pública del entonces papa católico Juan Pablo II, que un año después suspendió en el ejercicio del sacerdocio al  poeta.

Recientemente un  edicto judicial publicado en La Gaceta, exige al poeta Ernesto Cardenal  pagar una deuda de 17 millones 222 mil córdobas (800 mil dólares) a Nubia del Socorro Arcia Mayorga en concepto de “daños y perjuicios”. De esta manera, la justicia nicaragí¼ense revive un caso que el mismo sacerdote ha denunciado como una persecución polí­tica por parte del régimen del comandante Daniel Ortega.

Este  caso inició por diferencias entre las partes en el manejo de la sociedad Asociación para el Desarrollo de Solentiname, bajo cuyo paraguas estaba el hotel Mancarrón, ubicado en el archipiélago.

Fernando  Butazzoni, ex combatiente del FSLN, ex oficial del Ejército Popular Sandinista dirige una carta al presidente de Nicaragua  frente la persecución polí­tica contra Ernesto Cardenal.

*

Montevideo, 12 de febrero de 2017.

Daniel:  ¿Te acordás cuando me dijiste, allá en el Chipote, que admirabas a Ernesto Cardenal y que él era una gloria de Nicaragua? En aquel momento todos estábamos felices porque el Chipote, en el mismo corazón de Managua, ya no era un lugar siniestro. Estaba por fin lleno de luz, de muchachos y muchachas que no tení­an miedo. Hasta las aguas de la laguna de Tiscapa parecí­an menos oscuras.

Eso  fue por agosto o septiembre de 1979, cuando la revolución recién empezaba. Aquella tarde viniste al campamento con Javier Pichardo, el Emilio del Frente Sur, y con otros compañeros comandantes. También estaba el flaco Alejandro, y estaba la China a mi lado, un poco asustada, y estaba el Braulio, que después fue embajador, y la hermana de Marisol que parecí­a una niña disfrazada de soldado. ¿Te acordás?

Luego  resultó que tu admiración por el poeta Ernesto Cardenal se convirtió en  odio y persecución. Y ahora, casi cuarenta años después, vos y tu mujer  siguen ensañados con él, y con trapisondas legales lo quieren humillar sacándole los pocos reales que pueda tener, confiscándole la casa donde vive y dejándolo en la calle. Por cierto que él es un opositor a tu gobierno, pero la revolución sandinista se hizo también para eso: para que los opositores no tuvieran que andar escondidos, para que no los persiguieran ni los torturaran allí­, justo allí­, en El Chipote donde vos  habí­as estado preso. Vos dijiste que la revolución se hizo para la libertad. ¿Qué pasó, Daniel? ¿Te olvidaste de todo aquello?

En  1979 vos y yo éramos jóvenes. El flaco Alejandro, la China y el Braulio  también. Pero Cardenal ya era un cincuentón de barba blanca, un cura flaquito y siempre tí­mido. Él ya era un patrimonio nacional. Por eso lo nombraste ministro de Cultura, porque su prestigio engalanaba tu gobierno.

Hoy él es un anciano de 92 años, y es un patrimonio del idioma y de toda América latina. Tiene mucho más prestigio ahora que en 1979. A vos, Daniel, no te pasa lo mismo, aunque tenés mucho más poder y mucha más plata que en aquel entonces. Él es un cura decente, pobre y revolucionario, admirado en todo el mundo. Vos sos apenas un reyezuelo atrapado en su palacio, dizque casi un prí­ncipe consorte.

Todos  sabemos que bastarí­a un gesto emanado de tu corte para que cesen los acosos y el encarnizamiento contra Ernesto Cardenal. Somos miles los escritores y artistas que, en todo el mundo, te exigimos desde hace años  que dejes en paz al poeta. Muchos piensan que reclamártelo una vez más es un gesto inútil. En todo caso es un gesto de dignidad que bien merece  el pueblo de Nicaragua. Te pido que lo consideres.

Sé  que una carta abierta es un método de comunicación bastante reprobable.  Pero en este caso es la única manera de intentarlo, ya que tu embajador  en Montevideo, el hijo de Licio Gelli, no me merece ninguna confianza, y  allá en tu palacio me tienen prohibida la entrada.

Fernando Butazzoni (ex combatiente del FSLN, ex oficial del Ejército Popular Sandinista)

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