Nelson López Rojas
Crecí y sobreviví en El Salvador, una geografía donde se aprende temprano a reconocer la hipocresía política como a distinguir la voz de mamá como promesa o amenaza. Tal vez por eso la discusión cultural que siguió al último espectáculo de medio tiempo del Super Bowl me resultó familiar.
Ajá, ¿y qué hace un pipilito viendo el Super Bowl? Aunque suele presentarse como un evento deportivo, su naturaleza es más bien ceremonial, como una liturgia del poder cultural estadounidense. El espectáculo musical ha terminado por eclipsar al partido mismo; pocos recuerdan quién ganó, todos recuerdan el show de medio tiempo.
Ahora, las críticas que se desplegaron en internet sobre el idioma, la representación latina, la legitimidad artística o el mérito cultural, crearon expertos en identidad continental, una disciplina que curiosamente florece cada vez que una voz latinoamericana gana protagonismo.
Mi relación con Bad Bunny ha sido contradictoria. Algunas de sus composiciones me parecen ejercicios sofisticados de memoria cultural; otras me generan la sensación de un entusiasmo lírico demasiado cómodo en la provocación inmediata. No se trata de una objeción moral a la vulgaridad. América Latina ha construido una tradición poética del doble sentido que ha sobrevivido incluso a la censura política. Mi incomodidad surge cuando el erotismo abandona la insinuación —esa forma compleja del deseo— y se convierte en literalidad.
La discusión dejó de ser estética cuando Trump declaró que el espectáculo había sido excesivamente sexualizado. Par favor. La observación no habría pasado de anécdota de no provenir de una figura pública cuya trayectoria política ha convivido con escándalos que erosionan cualquier pretensión de autoridad moral. La ironía es evidente.
Estados Unidos mantiene una relación cultural profundamente ambivalente con aquello que consume. Ha demostrado una capacidad extraordinaria para globalizar expresiones artísticas nacidas en comunidades racializadas mientras conserva una persistente incomodidad frente a las poblaciones que las crearon. La fascinación por el rap ha coexistido con el temor estructural hacia los negros; la popularidad de la gastronomía mexicana convive con versiones a lo Taco Bell que neutralizan su carácter cultural.
La cultura latina —así, en singular y bajo ese esquema— ha funcionado durante décadas como ornamento aceptable: vibrante, festivo y, sobre todo, funcional. Carmen Miranda sintetizó ese imaginario cuando Hollywood la convirtió en símbolo tropical exportable, reduciendo un continente a un gesto estético fácilmente consumible.
Bad Bunny representa un desplazamiento más complejo. Su propuesta no busca la aprobación de ese imaginario; más bien, lo ignora. En su narrativa musical, América deja de ser sinónimo geopolítico de Estados Unidos y recupera su dimensión continental, aunque los boricuas llamen “americanos” a los del norte. Es un recordatorio elemental, pero culturalmente disruptivo en un país donde el lenguaje ha operado históricamente como frontera simbólica.
La paradoja se profundiza al recordar que Puerto Rico sigue siendo territorio estadounidense. La visita de Trump a la isla tras el huracán María, en octubre de 2017, permanece como uno de los gestos más elocuentes de la relación colonial contemporánea cuando Trump lanzó rollos de papel toalla a los damnificados y transformó una crisis humanitaria en una escena tan grotesca como representativa.
En ese contexto, el proyecto musical más reciente de Bad Bunny —el del Grammy, y el que, en lo personal, me interesa— puede leerse como un ejercicio de rescate cultural boricua. Su sonido dialoga con una genealogía que va desde la conciencia racial y política de Tego Calderón; la irrupción femenina de Ivy Queen; la expansión global de Daddy Yankee y Don Omar; la introspección de Vico C; la memoria salsera de Héctor Lavoe, Willie Colón, Ismael Rivera y El Gran Combo; la conciencia social de Cultura Profética; y la irreverencia narrativa de Calle 13.
La aparición conjunta con Ricky Martin añadió un componente simbólico adicional: el encuentro entre dos momentos de exportación cultural puertorriqueña. De un lado, el pop latino que negoció su entrada al mercado global a finales del siglo XX; del otro, la música urbana que, décadas después, decidió ocupar ese mercado sin intermediarios lingüísticos ni estéticos.
Cuando dictaba cursos sobre Latinoamérica en universidades estadounidenses, insistía en que no existe una cultura latinoamericana en singular, sino culturas. Plural. Exigir que un artista represente a toda América Latina supone que el continente puede reducirse a una sola narrativa, una simplificación que históricamente ha servido más a los centros de poder que a las realidades culturales.
Nada de esto convierte a Bad Bunny en un estándar universal ni pretende hacerlo. La música, como toda expresión cultural, no responde a consensos democráticos. Su éxito, sin embargo, evidencia un desplazamiento significativo de lo latino. Ahora hemos dejado de ser exotismo invitado para convertirnos en arquitectura central del espectáculo global. Esa transición genera incomodidad en una cultura que ha construido su hegemonía artística absorbiendo, reinterpretando y, con frecuencia, reescribiendo expresiones ajenas.
Como centroamericano, crecí observando cómo los discursos dominantes describían quiénes éramos antes de que pudiéramos narrarnos a nosotros mismos. Aprendí que el colonialismo no siempre se manifiesta mediante ocupaciones territoriales; a veces adopta formas más sofisticadas: contratos culturales, mercados globales y festivales donde el sur baila mientras el norte administra el guion, es decir, “mientras no salte la bronca del norte no mandan palos”.
Durante siglos, los imperios han demostrado tolerancia hacia las culturas extranjeras cuando estas funcionan como entretenimiento. Han sabido consumirlas, comercializarlas e incluso celebrarlas. Por eso, el debate posterior al espectáculo de medio tiempo del Super Bowl no puede reducirse al idioma, la sensualidad coreográfica o la calidad musical. Este imperio, como diría Maduro, —y aquí la incomodidad— corre el riesgo de reconocerse, por primera vez, no como anfitrión de la fiesta, sino como personaje secundario. Y eso es, quizá, lo que no soporta Mister Trump.



