miércoles, 17 julio 2024
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Asquerosidades

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"Está comprobado que la mierda de alguien puede ser noticia, baste recordar a la cantante Paulina Rubio quien fue captada por las cámaras al defecar a la orilla del mar": Gabril Otero

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Por Gabriel Otero


Colmado casi a llegar a la náusea por presenciar asquerosidades en sus alrededores, al fin, se decidió describirlas como un ejercicio narrativo sin pretensiones. El cronista de sucesos inútiles, por todos conocido, se dedicó durante días a observar conductas inusuales y lo que atrajera su atención.

Cual mera referencia, está comprobado que la mierda de alguien puede ser noticia, baste recordar a la cantante Paulina Rubio quien fue captada por las cámaras al defecar a la orilla del mar, lo grave no fue eso, los mojones se perdieron entre las olas, sino que se limpió con unas piedras, similares a las que los niños traen de recuerdo cuando van a la playa, quiera Dios que nadie haya tenido una sorpresa olorosa al embarrarse de caca las manos.

Una tarde de sábado, el mencionado cronista, abordó el metro y se acomodó en uno de sus asientos individuales, frente a él estaban una señora y su hija, ella hermosa, dueña de si, comenzaba el camino de lo que llaman vida, tenía una melena de caireles, su madre cabeceaba en el trayecto y ella tomó el móvil con la mano izquierda, de pronto se introdujo el dedo índice de la mano derecha en la nariz hasta llegar a los senos paranasales, estaba claro su objetivo de sustraer mucina y buena parte del litro de mocos producido a diario, pero eso no fue todo, los hizo bolita y los alineó a un costado de su bolsa de cuero, se desconoce si los limpió al llegar a su destino, a ella se le escapó su belleza en una mucosidad que no alcanzó a ser tragada.

Impactado por la asquerosa sinceridad de la joven, el cronista desvió la mirada y salió del metro, guardó las imágenes en su memoria y continuó su camino oliendo pestes callejeras, y otras golosinas de Sardanápalo concupiscible como escribiera contundente el poeta Manuel José Othón en el siglo XIX.

Las aceras en los alrededores de las estaciones del metro suelen estar invadidas por puestos de garnachas como cueritos, cartílagos de gallina, dorilocos y pancita hervida y justo cuando creía haber olido el universo de hedores se encontró con una instantánea digna de antología, vio una vidriera de consultorio de primer piso que daba a la calle, en su interior la recepcionista sentada detrás de un escritorio empuñaba una lima para callos de pie, estaba afanosa lijándose sus extremidades inferiores y no le importaba que hubiese pacientes esperando ni tampoco que pedazos de piel muerta cayeran al piso. La imagen en sí rayaba en lo grotesco, peor era la transgresión de la recepcionista de sentir suyo lo público, porque palparse ojos de pescado y juanetes en un consultorio además de obsceno es antihigiénico.

Eso le hizo recordar al cronista cuando hacía tiempo en el lavabo de un baño para mujeres y hombres había encontrado un sangrerío propio de rastro, la explicación yacía tirada en el suelo en la copa de silicón utilizada para la menstruación, los accidentes pasan, pero ¿a qué mente torcida se le ocurriría lavar algo tan íntimo en un lugar así?

Las asquerosidades abundan, como la practicada por seres inferiores que reparten gargajos y saliva al aire y al suelo como animales marcando su territorio o los que se rascan, ante todos, la comezón de los genitales causada por ladillas visibles o imaginarias.

¿Y qué decir de los que se mean en la calle como si no fuera delito? ¿o de los que se cagan en puentes, pasarelas y pasadizos subterráneos?

Asquerosidades, viles asquerosidades.

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Gabriel Otero
Gabriel Otero
Escritor, editor y gestor cultural salvadoreño-mexicano, columnista y analista de ContraPunto, con amplia experiencia en administración cultural.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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