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sábado, 24 de julio del 2021

Andrea y Marisol

Después de que impartí­ mi última clase del

 

dí­a en la Facultad de Ciencias Económicas, me dirigí­ al Teatro Universitario, en el camino me encontré a dos grandes amigos: un historiador y una directora de teatro, conversamos de nuestras vidas y de nuestros hijos. Al llegar al teatro preguntamos si ya habí­a

 

empezado la presentación de danza y nos dijeron que habí­an hecho la segunda llamada. Me llamó la atención que la sala estaba bastante, no obstante que la Escuela de Danza de la Universidad tiene aproximadamente sesenta alumnas (os) y cuando tienen presentaciones la sala se encuentra completamente llena de familiares. Era el primer espectáculo en conmemoración del “Dí­a de la Danza”, que realiza la Universidad de El Salvador.

Disfrutamos de “El Último Aleteo de Andrea” a cargo de Marisol Salinas, una salvadoreña, profesional de la danza, que enseña y actúa en Paraguay, donde reside junto a su esposo e hijos. La obra transcurre durante una larga noche que dura muchos meses; la música expresa los cantos de animales nocturnos; sólo habí­a dos luces, una blanca instalada en el lado derecho del escenario enfocada en partes del cuerpo de la bailarina y una roja que estaba en la parte frontal izquierda del mismo que serví­a para mostrar que la bailarina estaba completamente sola, abandonada y en cierta forma perdida. La obra expresa el sufrimiento, angustia, desesperación, miedo y soledad que sentí­a Andrea, en la localidad del Mozote, durante un perí­odo de la guerra civil. La danza consistí­a principalmente en contracciones musculares, movimientos lentos de brazos y piernas, así­ como expresiones faciales de dolor y soledad; se siente una especie de alegrí­a triste cuando el conflicto termina y las personas regresaron a sus comunidades. La obra y presentación son de primera calidad, resultado de la madurez profesional de la ejecutora y directora, la magní­fica pista musical y el lento juego de luces. En mi caso personal, las lágrimas me comenzaron a brotar desde que en el escenario sólo se veí­an los brazos de la bailarina, como pidiendo que alguien la ayudara; sollocé cuando vino al frente del escenario a gritar, sin que nadie la escuchara; sentí­ el miedo profundo cuando se escuchaba el paso de los aviones de guerra y me sentí­ frustrado cuando finaliza la guerra y pareciera que todo volví­a a la normalidad en la forma de los pregones de las vendedoras de frutas y agua helada. Me recordé que hace unos dí­as le pregunté a mi nieta, la cual es bailarina clásica, que es lo que habí­a sentido viendo a su tí­a Marisol presentando la obra “Guindas”, en una comunidad del norte del paí­s, que sufrió mucho durante la guerra, ella se me quedó viendo durante unos segundos y luego dijo “lloré…lloré mucho”.

Andrea Márquez, sobreviviente de la masacre de El Mozote, en la huida perdió a su pequeña hija; pasó escondida durante dos años y medio, fue encontrada por una escuadra guerrillera, trató de escapar, pero finalmente se integró y tuvo nuevos hijos; veinte años después de finalizar la guerra se suicidó.

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