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lunes, 02 de agosto del 2021

Acerca de la insidiosa naturaleza de la desigualdad (Parte I)

Insidioso podrí­a parecer un término rebuscado, oscuro incluso, pero es útil para referirse a un fenómeno tan malicioso como lo es la desigualdad. En sí­, insidioso significa aquello que se encuentra oculto o disimulado y lo es con el propósito de dañar.

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Insidioso podrí­a parecer un término rebuscado, oscuro incluso, pero es útil para referirse a un fenómeno tan malicioso como lo es la desigualdad. En sí­, insidioso significa aquello que se encuentra oculto o disimulado y lo es con el propósito de dañar. Lo insidioso de la desigualdad radica por una parte en el hecho de que si bien el fenómeno nos es evidente a los sentidos, como puede ser la violencia, el hurto, o cualquier otra forma de crimen, en el caso de la desigualdad no es tan sencillo determinar cuál es la naturaleza de la problemática. Cuando se plantea la pregunta, ¿es acaso la desigualdad un problema? Instintivamente se responde que sí­. Pero cuándo se pide que se profundice sobre la cuestión, comienzan a aparecer dudas y titubeos en torno a la problemática.

Para el caso, decir que la desigualdad es un problema porque genera pobreza es invitar a la duda: ¿es la desigualdad un problema? ¿No será, más bien, que el problema son los efectos de la desigualdad? Acaso, no será una cuestión, parafraseando a Amartya Sen, de estar planteando mal la problemática, y que la desigualdad se reduce mediante el aseguramiento de un mí­nimo de capacidades y competencias. La tentación entonces, es dirigir la atención sobre aquellos programas de asistencia social que atiendan las carencias de oportunidades, entonces, se trata de suplir aquellas carencias de oportunidades que impiden el pleno ejercicio de derechos. Este análisis, que ha predominado en la narrativa intelectual y en las acciones de polí­tica, lleva implí­cito un problema estructural: que ya nos trasladamos de ver a la desigualdad como un problema con causas y manifestaciones, a tratarla como la causa de otra problemática aparentemente más apremiante: la pobreza, o bien, la problemática de la carencia de oportunidades. En este sentido, adquiere más lógica ocuparnos de los pobres y sus carencias, y no de las causas originadoras y reproductoras de dichas condiciones.

Este es el llamado enfoque de resultados al que se refiere el autor Juan Pablo Pérez Saí­nz en su libro “Mercados y Bárbaros”, al plantear como en América Latina se tiene un debate sofisticado sobre la métrica y los efectos de la desigualdad, pero no así­ en términos de su fundamento y sustancia. Lo anterior ha permitido que este enfoque actualmente predomine en los medios académicos y de polí­tica, el cual orienta nuestra comprensión sobre la manifestación particular de la desigualdad encubriendo y/o desviando la atención del hecho generador. Así­, la desigualdad es comprendida y medida con relativa eficacia por infinidad de instituciones y autores, inclusive organismos de corte neoliberal como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo coinciden en sus análisis con instituciones más progresistas como OXFAM, UNESCO, CEPAL, OIT o PNUD acerca de lo preocupante que resulta la distancia en la distribución del ingreso entre los individuos ricos y pobres. Dichas conclusiones caen con más dramatismo en lo referente a la situación de América Latina, ya que como lo planteara una vez Rafael Correa se trata de “la región más católica y más desigual del mundo”.

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José E. Montoya Martínez
Profesor de Universidad de El Salvador e investigador de temas económicos y educativos. Columnista y analista de ContraPunto
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