Luis Armando González
Tengo un vínculo de más de veinte años con la Universidad Gerardo Barrios de El Salvador, un vínculo tejido de colaboración académica y afectos sinceros que han dado calor humano a mis compromisos y responsabilidades docentes con esa institución universitaria. Fue allá por los primeros años de la década del año 2000 cuando –atendiendo una invitación para impartir un curso de epistemología y metodología para sus profesores— puse los pies en la Universidad Gerardo Barrios y, desde ese momento, me sentí como en casa. A lo largo de los años, cada vez que he estado en sus aulas, la sensación ha sido la misma.
Me cuesta encontrar la fórmula que describa lo que recién acabo de decir, pero creo que es esta: la de ser “bienvenido”. En efecto, es así como me sentí a lo largo de los años cada vez llegué como profesor invitado o conferencista a esa casa de estudios. Y han sido mucha las personas que –en la Universidad Gerardo Barrios— me han hecho y hacen sentir bienvenido, pero quiero destacar a una que, usando una frase del poeta Octavio Paz, ha partido hacia la Otra Orilla, de la que no hay regreso: el exrector Raúl Rivas Quintanilla.
La noticia de su fallecimiento me conmovió profundamente. Al enterarme, los sentimientos de tristeza y dolor, así como los recuerdos –siempre buenos y gratos— me atraparon de manera inevitable. Vino a mi mente la imagen del hombre de modales finos y amables que, cuando coincidíamos en el campus, se detenía para conversar brevemente conmigo sobre algún tema científico o filosófico. También se hizo presente en mi memoria el hombre preocupado por la educación universitaria de alto nivel, atenta a los problemas del país y en especial de su querido San Miguel.
Y, a partir de aquí, la secuencia de recuerdos sobre la figura y obra de Raúl Rivas Quintanilla no se detuvo: su talante visionario en la creación y puesta en marcha de la Universidad Gerardo Barrios, su capacidad de gestión universitaria, su apuesta por una educación de calidad, su amor por el conocimiento, su respeto por el quehacer académico y los académicos, y sus afanes por hacer de la vida universitaria algo dinámico y creativo, abierto a los desafíos de la realidad. Una de las más gratas experiencias que viví en la universidad –y que ciertamente han sido muchas— fue la de mi primera conferencia, el 9 de agosto de 2002, dedicada a los retos de la educación superior[1]: fue precisamente con esa conferencia con la que, además de inaugurar un largo proceso formativo para sus docentes, inicié mi vínculo con ella, un vínculo que, haciendo cuentas, ha durado casi 24 años.
Qué más puedo decir: mi estilo rebelde en lo académico y mi amor y respeto por el conocimiento encontraron eco en este gestor y visionario universitario. Siempre lo respeté por eso; y ahora que ya no está con nosotros siempre respetaré, por la misma razón, su recuerdo. Pero, además de respeto, debo a Raúl Rivas Quintanilla un agradecimiento sincero por haberme abierto las puertas de su universidad sin ningún tipo de condiciones, salvo de la ejercer mis capacidades y habilidades profesionales con la mayor excelencia que me fuera posible. Fue lo que hice durante el tiempo en el que él fue la máxima autoridad universitaria y es lo que seguí haciendo cuando él dejó el cargo. Mi compromiso con su memoria es continuar en la brega de ser un rebelde académico, respetuoso del conocimiento, crítico y reacio a acomodamientos dictados por modas asumidas muchas veces con ingenuidad.
Él nació en 1951. Yo nací una década después, en 1961. Nos hicimos adultos cuando el país atravesaba un periodo histórico denso, conflictivo, pero lleno de promesas en lo político, lo económico y lo cultural. Quizás lo anterior nos hizo afines en muchas cosas, en especial en las relativas al papel del conocimiento para cambiar a las sociedades. Aunque sé que sobran quienes creen que pensar así es trasnochado, yo sigo creyendo que el conocimiento debe hacerse operativo y cultivarse en la realidad, la cual no debe confundirse con la virtualidad y su colorido.
Me hubiera gustado conversar al respecto con Raúl Rivas Quintanilla, para conocer su opinión. Estoy seguro de que hubiera estado de acuerdo conmigo. Le deseo un buen viaje hacia la Otra Orilla. Que descanse en paz, este visionario y gestor universitario. Que su ejemplo como hombre de bien no se diluya en el mar de superficialidades que predomina en el momento actual.
Ciudad de México, 1 de marzo de 2026
[1] Cfr. Luis Armando González, “Los retos de la educación superior”. Revista Realidad, No. 89 (2002).


