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sábado, 15 de mayo del 2021

A Ramón, el filósofo de la vitalidad

“Entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje.”

Eduardo Galeano, “El viaje”, Las bocas del tiempo.

Por la noche del miércoles 20 de noviembre aleteaba en libertad por última vez José Ramón Catalán. Profesor de Filosofía del UCA, maestro que nos invitaba a ser libres, pensador insobornable, ser humano honesto y sencillo. Le preocupaba siempre honrar la vida, la belleza, el rostro del otro, la mirada humana.

En sus clases nos inyectaba vitalidad, entusiasmo  para pensar, para hacernos preguntas, para caminar por cuenta propia. Nos enseñó a pensar en términos vitales, la Filosofía que le gustaba, decía, es la Filosofía que piensa la vida, encarnada, contingente.

Con Ramón supimos del ángel de la historia de Walter Benjamín, de su mirada hacia el pasado, de las ruinas del progreso, de la fuerza de los vencidos, de la mirada microscópica, de la experiencia auratica, del lenguaje poético, de lo nuevo por aparecer en todo momento, de la redención, de lo sublime.

También supimos de Epicuro y de Spinoza, de la fuerza de la alegría y la amistad. Supimos de Adorno y Horkheimer, de la contradicción abierta. De Schimitt y el estado de excepción. De Melich y el dolor y la compasión, de Reyes Mate y la (in)justicia, de Zambrano y la vida poética…

Una vez me desafió a preparar una exposición en su clase de antropología filosófica sobre feminismo y filosofía, me dijo que lo haría bien, que confiara. Antes le había comentado mi malestar de por qué no leíamos más filósofas, de por qué se seguían invisibilizando y los problemas que se plantean, me animó a seguir investigando. Siempre nos empujó a sus estudiantes a desafiar y desafiarnos.

Ramón nos dejaba pensando por días y semanas. Y, sobre todo, nos invitaba a ser coherentes en nuestra vida cotidiana. A autogobernarnos cada día.

Nos invitó siempre a mimetizarnos con la vida. A ser testigos de lo bello. A pensar por cuenta propia. A ser libres.

Por eso seguirá vivo, aquí y ahora y siempre, porque él fue vida y vida en abundancia. Fue sonrisa ancha.

Gracias, maestro, amigo.

Evelyn Patricia Martí­nez
Evelyn Patricia Martí­nez
Columnista Contrapunto

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