Por: Álvaro Rivera Larios
Sos una paradoja, poeta.
Desde 1975, no tenemos
tu cuerpo; desde 1975,
tus días dejaron de crecer,
pero, aun seguís aquí.
Tu ausencia es una casa,
incluso para quienes
ahora viven la intemperie.
Como buenos hijos que somos
del materialismo vulgar,
no acabamos de entender
tu vida después de la muerte.
Hemos intentado matarte otra vez,
en el terreno simbólico.
A tu primera muerte
quisimos sumarle otra.
Nuestros errores y los tuyos
son una familia muy extraña.
En otra cultura, con más tiempo,
ya tendrías un padre celeste
y tu segunda vida sobre la tierra
ya sería un hecho indiscutible.
Nuestro aburrido racionalismo,
nuestra filosofía de la historia,
desconfían de la leyenda y no
se asombran cuando en la línea
de la muy documentada realidad
una persona de carne y hueso
da el salto y se transforma en aire.
Hablo, por supuesto, del aire
que recorre los caminos
y se cierne sobre las ciudades,
del mismo aire que se mueve
desde los pulmones a la mente.
Las piedras doblan su peso
ahí donde bosteza el cerebro.
Supusimos que para nacer,
literariamente hablando,
había que negarte tres veces
y te negamos cuatro veces.
Fatuos supervivientes
y muy malos lectores,
te imaginamos atrás
y todavía estás delante.
Tu segunda vida ha probado
ser más fuerte que todos esos
poetas pedantes que hablan
con voz grave de tus malos versos.
Tu tercera vida se aproxima
y aún no sabemos por dónde viene.
Nuestra propia muerte se acerca
y empiezo a sospechar que vos
seguirás respirando más allá de nosotros.


