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jueves, 23 de septiembre del 2021

A falta de alternativas, bueno es el odio

El odio a ciertas figuras políticas puede cumplir la función de ocultar nuestra desnudez. A falta de ideas, a falta de grandes alternativas de acción, a falta de esperanza, bueno es el odio sin más.

Después de la gran derrota electoral de Arena y el FMLN, yo no veo en nuestro medio señales de recapacitación, no veo que abunden las preguntas del tipo de ¿qué hemos hecho mal para que la ciudadanía se haya ido en esa dirección? 

Esa ausencia de preguntas radicales nos da la medida de nuestro grado de incomprensión, de la tremenda brecha que existe entre nuestros viejos marcos interpretativos y lo que acaba de suceder. La brecha que existe entre nuestro lenguaje y una histórica derrota electoral que altera las reglas del juego político de la posguerra, la mal cosemos con los hilos del odio y los lugares comunes del liberal constitucionalismo.

Una izquierda desnortada, una izquierda que quizás nunca fue marxista, ahora se entrega ingenuamente a la defensa de la división de poderes y a la lucha por la transparencia. No digo que no haya que luchar por eso, pero estas consignas habría que someterlas a un análisis marxista lúcido. En un régimen que continuó siendo oligárquico después de 1992, convendría hacerse la pregunta de si es viable construir una democracia decente bajo la hegemonía neoliberal y en una sociedad que sigue exhibiendo la obscenidad de unas diferencias sociales abismales.

La división de poderes (una división tradicionalmente vulnerada en nuestro sistema político), la libertad de expresión, etcétera, etcétera son nociones y valores que interesan mucho a la clase media urbana salvadoreña, pero que no le quitan demasiado el sueño al resto pobre de una población que se ha visto perdido en medio de una gran tormenta durante la guerra y después de la guerra. 
Tenemos una clase media amurallada que se considera a sí misma el ombligo democrático de nuestro país y ese encastillamiento social e ideológico le impide comprender por qué tanta gente votó a Bukele. Clasista como es nuestra clase media solo acierta a juzgar que detrás del voto masivo a Bukele está la estupidez del pueblo, un pueblo de ratones detrás del flautista turco.

Yo lo que pienso es que solo los estúpidos se refugian en el odio. Al igual que el amor (político), el odio es ciego e impide ver el paisaje.

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