Zarko Pinkas |
Buscando información sobre unas actividades de la Alianza Francesa terminé, casi por accidente, en un video de Instagram de La Palabra Incómoda. Lo que encontré allí no fue una reflexión incómoda, sino una afirmación extraordinariamente cómoda: que existen cuatro cosas que controlan el cerebro de los hombres —el poder, el dinero, los deportes y el sexo—. Como periodista, politólogo y publicista, no pude evitar la pregunta más elemental ante semejante revelación: ¿y el estudio dónde está?
Mientras navegaba buscando información sobre unos eventos de la Alianza Francesa, me apareció un enlace hacia Instagram. Era una publicación de La Palabra Incómoda, un espacio cuya línea editorial conozco de sobra y que normalmente prefiero pasar de largo porque sé perfectamente desde qué perspectiva ideológica construye buena parte de sus contenidos. Sin embargo, esta vez decidí detenerme.
El video hablaba de Sydney Sweeney y de una campaña publicitaria relacionada con el deporte. Hasta ahí, nada extraordinario: la publicidad vive precisamente de discutir imágenes, símbolos, cuerpos y mensajes. Lo que me llamó la atención fueel comentario de la autora, presentada con esa seguridad que a veces sustituye convenientemente a las pruebas: “Hay cuatro cosas que controlan el cerebro de los hombres: el poder, el dinero, los deportes y el sexo. Y no, amigas, Sydney Sweeney no el verdadero problema aquí ”.

Confieso que tuve que volver a escucharla. No porque la frase fuera especialmente profunda, sino porque resulta difícil entender cómo se puede lanzar una afirmación tan amplia sobre la mitad de la humanidad sin presentar siquiera una referencia que permita sostenerla. No dice “algunos hombres”, tampoco dice “ciertos comportamientos masculinos pueden estar asociados con”.
Dice los hombres. Y ahí cambia completamente la naturaleza del argumento. Cuando se utiliza el artículo definido para hablar de todos los hombres, se está haciendo una generalización universal. Por eso mi primera pregunta no fue ideológica, sino periodística: ¿dónde está la fuente?
¿Quién hizo ese estudio? ¿Qué investigador llegó a semejante conclusión? ¿Qué población masculina analizó? ¿En qué país? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Cuál fue la metodología? ¿Dónde están los datos? ¿Existe una investigación científica que demuestre que el cerebro masculino está controlado por cuatro elementos concretos? Porque una cosa es expresar una opinión sobre determinadas conductas sociales y otra muy distinta presentar esa opinión como una verdad general sobre todos los hombres.
Llevo muchos años trabajando en periodismo y estudié Ciencias Políticas. Una de las cosas que aprendí precisamente en esos años fue a reconocer cómo funcionan los discursos ideológicos y la propaganda: muchas veces no necesitan demostrar una afirmación si consiguen presentarla con suficiente seguridad y repetirla el número suficiente de veces. También soy publicista y conozco la lógica de la comunicación. Sé que una frase contundente, provocadora y fácil de recordar puede funcionar perfectamente como una pieza de propaganda, porque se instala en la cabeza del receptor antes de que este tenga tiempo de preguntarse si lo que acaba de escuchar está respaldado por alguna evidencia.
Y la frase del video tiene exactamente ese mecanismo. Primero define al hombre por cuatro impulsos. Después utiliza esa definición para interpretar una campaña publicitaria. Y finalmente coloca a Sydney Sweeney dentro de esa lectura, como si su propio cuerpo, su profesión y sus decisiones necesitaran ser explicados por una teoría elaborada desde fuera.
El problema es que basta con aplicar el mismo criterio a las mujeres para comprobar lo absurdo de la generalización. Las mujeres también tienen dinero, ejercen poder, practican deportes y tienen deseos sexuales. También existen mujeres que se sienten atraídas por hombres ricos, poderosos, famosos, guapos o deportistas; algunas pueden valorar la estabilidad económica, otras el reconocimiento social, otras el aspecto físico y otras una combinación de factores. Pero a nadie medianamente serio se le ocurriría concluir por eso que el cerebro de las mujeres está controlado por esas variables. Entonces tampoco puede sostenerse que el cerebro de todos los hombres esté gobernado por cuatro impulsos.
La conducta humana es bastante más compleja que una fórmula de cuatro casillas. Hay hombres interesados en el dinero y otros a los que les importa mucho menos; hombres apasionados por el deporte y hombres que no sienten el menor interés por él; hombres que buscan poder y otros que huyen de él; hombres con una intensa vida sexual y otros para quienes ese aspecto ocupa un lugar muy distinto. Reducirlos a una pequeña lista no es explicar al hombre: es fabricar un estereotipo y después utilizarlo como si fuera una verdad científica.
En mi caso, por ejemplo, jamás he vivido bajo la idea de que el poder, el dinero, los deportes o el sexo “controlen mi cerebro”. Conozco a muchos hombres que tampoco viven así. Y, como ocurre con cualquier ser humano, tenemos contradicciones, intereses, afectos, frustraciones, ambiciones y prioridades diferentes. No somos un molde biológico que alguien pueda meter en cuatro categorías y dar por explicado.
También por eso me resulta difícil aceptar determinadas interpretaciones sobre las relaciones entre hombres y mujeres como si la convivencia humana fuera una guerra permanente entre opresores y oprimidas. Mi experiencia personal me llevó por otro camino. Mi madre comenzó a trabajar a los 18 años en una compañía telefónica, en una época en la que todavía se insiste en presentar a las mujeres como si hubieran esperado durante décadas a que alguien las autorizara a entrar en el mundo laboral. Mi abuela también trabajó. En mi familia nunca crecí con la idea de que una mujer fuera un ser de segunda categoría cuya vida debía limitarse a obedecer a un hombre.
He conocido mujeres inteligentes, independientes, profesionales y perfectamente capaces de construir su propia vida. Gabriela Mistral, por ejemplo, es una figura que respeto profundamente por su obra, por su pensamiento y por el lugar que ocupa en la cultura latinoamericana. Y no necesito convertirla en un símbolo de una batalla ideológica para reconocer su valor.
He tenido colegas feministas y también tengo sobrinas que se identifican con el feminismo. Las respeto como personas, aunque no comparta su posición ideológica. Mi postura es mucho más sencilla: hombres y mujeres tienen los mismos derechos, pero también las mismas obligaciones, responsabilidades y oportunidades. No creo que uno deba ser educado para mandar y el otro para obedecer. Creo en la posibilidad de construir proyectos comunes, de trabajar juntos y de reconocernos mutuamente como ciudadanos con la misma dignidad.
Precisamente por eso me molesta cuando un discurso pretende convertir a los hombres, en bloque, en una especie de organismo primitivo dirigido por cuatro impulsos. Porque una generalización de ese tamaño no libera a nadie. Lo único que consigue es sustituir un estereotipo por otro.
Entonces llegamos entonces a Sydney Sweeney.
Aquí conviene recordar algo bastante elemental: estamos hablando de una actriz y modelo adulta que participa en una industria en la que la imagen forma parte de su profesión. Yo trabajo en comunicación y publicidad y conozco perfectamente la importancia de la imagen dentro de una campaña. La publicidad trabaja con rostros, cuerpos, gestualidad, estética, iluminación, composición, vestuario y narrativa visual. Eso no significa que cada vez que aparece el cuerpo de una mujer estemos ante una operación de dominación masculina. Significa, sencillamente, que estamos ante publicidad.
Me parece perfectamente legítimo discutir si una campaña es buena o mala, si es creativa o mediocre, si vende o no vende, si utiliza demasiado el físico de su protagonista o si desarrolla una idea visual interesante. Lo que me parece mucho más cuestionable es atribuirle a una mujer adulta una supuesta pérdida de autonomía porque no nos gusta la manera en que ha decidido utilizar su imagen. ¿Con qué autoridad moral se determina que una mujer puede decidir sobre su cuerpo solamente cuando su decisión coincide con nuestra interpretación ideológica?
Como publicista, además, sé algo que a veces se olvida deliberadamente: en determinadas áreas de la publicidad y del modelaje, la apariencia física forma parte de las exigencias profesionales. Decir esto no convierte el cuerpo en una mercancía ni determina el valor humano de una persona. Un fotógrafo, una agencia o una marca trabajan con una determinada estética porque su objetivo es comunicar algo y llegar a un público concreto. La discusión puede ser profesional, comercial, artística o cultural. No todo tiene que transformarse automáticamente en un juicio moral.
Como fotógrafo y alguien formado también en periodismo, sé perfectamente que el cuerpo forma parte de la imagen deportiva porque es el cuerpo el que ejecuta la acción que estamos registrando. Un corredor necesita las piernas para correr. Un gimnasta necesita fuerza, equilibrio, flexibilidad y precisión. Un futbolista necesita el cuerpo entero para controlar el balón, cambiar de dirección o disputar una jugada. Una cámara que registra el movimiento de un atleta inevitablemente va a registrar sus piernas, sus brazos, su torso y su esfuerzo físico. Eso no transforma automáticamente la imagen en una escena sexual.
Y aquí es donde encuentro una contradicción que el video no resuelve. Cuando un atleta masculino aparece con el torso desnudo, marcado por el esfuerzo, rara vez se propone que la simple existencia de ese cuerpo frente a una cámara sea una agresión ideológica. Pero cuando se trata del cuerpo de una mujer, la interpretación parece venir incorporada de fábrica: si aparece, alguien decidió sexualizarla; si participa en una campaña donde su físico es visible, alguien debe estar explotándola; si acepta esa campaña, entonces hay que explicarle que en realidad no está tomando una decisión libre. Esa lógica termina resultando profundamente paternalista, justamente porque pretende decidir por la mujer qué puede hacer con su propia imagen.
Yo no necesito saber qué tiene en la cabeza Sydney Sweeney para escribir sobre una campaña publicitaria. Tampoco necesito adjudicarle intenciones, valores o conflictos personales que desconozco. No soy psicólogo y no pretendo jugar a serlo. Pero tampoco acepto que otra persona haga ese diagnóstico moral desde una cuenta de Instagram y espere que todos lo recibamos como una verdad revelada.
Aquí aparece, nuevamente, el problema de fondo: se parte de una determinada visión ideológica fanática y después se intenta interpretar toda la realidad desde ella. El hombre queda reducido a poder, dinero, deporte y sexo. La mujer que utiliza su imagen en publicidad queda convertida en un objeto y no una actriz y modelo y que , además , por ser bella tiene bajos estándares de ética. El cuerpo deportivo deja de ser simplemente cuerpo en movimiento y pasa a ser interpretado bajo una sospecha permanente de sexualización. Y cualquier objeción a esa lectura corre el riesgo de ser descalificada antes siquiera de ser discutida.
Eso ya no es un análisis. Es una forma de construcción discursiva que se usa en discursos ideológicos.
Como periodista, precisamente porque conozco el poder de las palabras, creo que hay que tener mucho cuidado cuando se pronuncian frases como “los hombres”. Porque una cosa es cuestionar conductas concretas y otra muy distinta es convertir a millones de personas, con historias, culturas, temperamentos y vidas radicalmente diferentes, en una caricatura biológica.
La incomodidad verdadera no consiste en lanzar una frase provocadora contra los hombres. La incomodidad verdadera sería demostrarla.
Así que regreso a mi pregunta inicial, la más sencilla de todas y quizá la más incómoda para un discurso que pretende explicarlo todo: ¿dónde está el estudio que demuestra que el cerebro de los hombres está controlado por el poder, el dinero, los deportes y el sexo?
Hasta que aparezca, seguirá siendo una afirmación. Y una afirmación, por mucho que se diga con seguridad desde un video de Instagram u otra publicaciób en las redes sociales, no se convierte en ciencia simplemente porque alguien la pronuncie frente a una cámara.


