por Redacción ContraPunto
A 25 años de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, el exagente del FBI Mark Rossini asegura que todavía vive atormentado por la convicción de que el ataque contra Estados Unidos pudo haberse evitado si una información clave hubiera sido compartida oportunamente con el Buró Federal de Investigaciones.
Rossini, quien trabajó en el FBI desde 1991 y posteriormente fue asignado como enlace a una unidad de la CIA dedicada a la persecución de Osama bin Laden, sostiene que meses antes de los atentados existían datos relevantes sobre uno de los futuros secuestradores.
Según su relato, el 5 de enero de 2000 tuvo conocimiento de un cable relacionado con Khalid al-Mihdhar, quien había participado en una reunión de militantes islamistas en Kuala Lumpur y posteriormente obtuvo una visa para ingresar a Estados Unidos.
Rossini y otro agente consideraron que la información era suficientemente importante como para elaborar un informe destinado al FBI. Sin embargo, afirma que sus superiores de la CIA decidieron no distribuirlo.
El exagente recuerda particularmente la respuesta que recibió cuando reclamó que la información fuera enviada al FBI: “No lo vamos a pasar y tú no vas a decir nada”.
Para Rossini, aquella decisión tuvo consecuencias potencialmente decisivas. Considera que, si el FBI hubiera recibido la información, habría podido localizar a al-Mihdhar al ingresar a Estados Unidos, someterlo a vigilancia y obtener información sobre sus actividades.
Al-Mihdhar terminó formando parte del grupo de terroristas que secuestró el vuelo de American Airlines que impactó contra el Pentágono el 11 de septiembre de 2001.
La historia adquiere una dimensión todavía más personal porque John O’Neill, entonces uno de los principales responsables del FBI en materia de contraterrorismo y antiguo jefe y mentor de Rossini, murió en los atentados contra las Torres Gemelas.
Rossini atribuye parte de las fallas a la profunda rivalidad y falta de coordinación que existía entonces entre la CIA y el FBI. A su juicio, la incapacidad de compartir información entre ambas agencias permitió que señales de alerta importantes permanecieran aisladas.
El exagente también cuestiona el papel de Arabia Saudita, al recordar que 15 de los 19 secuestradores de los cuatro aviones eran ciudadanos saudíes. En ese contexto, sostiene que los intereses estratégicos y económicos de Washington con Riad complicaron la discusión sobre las responsabilidades previas a los ataques.
No obstante, sus declaraciones deben entenderse como el testimonio y la interpretación de un antiguo funcionario involucrado en aquellos acontecimientos. Las investigaciones oficiales posteriores identificaron múltiples fallas de inteligencia, comunicación y coordinación entre agencias, pero determinar si una acción concreta habría evitado los atentados sigue siendo una cuestión contrafactual que no puede demostrarse con certeza.
Rossini reconoce además que su propia vida quedó marcada por el 11-S. Después de los ataques enfrentó episodios personales y profesionales controvertidos y terminó abandonando el FBI.
Veinticinco años después, asegura que su propósito es mantener abierta la discusión sobre los errores que precedieron al mayor atentado terrorista sufrido por Estados Unidos.
Su mensaje central sigue siendo el mismo: para él, el 11-S no solo representa una tragedia histórica, sino también el recuerdo permanente de información que, según sostiene, pudo haber llegado a las manos equivocadas —o, precisamente, a las manos que podían haber actu


