Por Alonso Rosales
Periodista y analista internacional
En Gaza, una cometa debería ser solamente una cometa: un pedazo de papel, varillas, hilo y la imaginación de un niño intentando recuperar, aunque sea por unos minutos, una infancia que la guerra le ha arrebatado. Sin embargo, en la Gaza de hoy hasta ese pequeño símbolo de libertad parece haberse convertido en un asunto militar.
Israel ha advertido que responderá con mayor fuerza a los lanzamientos de cometas, globos y desde Gaza, mientras organizaciones locales han pedido a los padres que impidan que sus hijos vuelen cometas por temor a las consecuencias. La advertencia llega después de que varias cometas cruzaran hacia territorio israelí.
La cuestión no es si una cometa puede ser utilizada con fines incendiarios —eso ocurrió en episodios anteriores del conflicto—, sino qué ocurre cuando una sociedad entera termina tratando incluso el juego de sus niños como una amenaza militar.
La imagen resulta estremecedora: niños palestinos que han perdido familiares, casas, escuelas y, en muchos casos, miembros de sus propios cuerpos, ahora tienen que mirar al cielo con miedo antes de hacer volar una cometa.
Y aquí aparece una pregunta que la comunidad internacional no puede seguir esquivando: ¿qué clase de mundo permite que un niño tenga que demostrar que su juguete no es un arma?
Las cifras explican la dimensión de la tragedia. UNICEF informó que, hasta febrero de 2026, habían sido reportados al menos 21.289 niños palestinos muertos en Gaza desde el comienzo de la guerra. También se habían reportado decenas de miles de menores heridos. Save the Children ya había documentado en septiembre de 2025 más de 20.000 niños muertos durante la guerra.
Por eso, reducir la discusión actual a una disputa sobre cometas sería una manera de ocultar el problema fundamental.
Gaza vive una catástrofe humanitaria.
La propia ONU ha documentado miles de violaciones graves contra niños en los conflictos de la región y ha señalado la magnitud de las afectaciones sufridas por la población infantil. Mientras tanto, UNRWA continúa describiendo una situación humanitaria devastadora en Gaza.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, sostiene que Israel tiene derecho a responder ante cualquier amenaza contra su población. Esa preocupación por la seguridad de los civiles israelíes es legítima. También lo es condenar los ataques de Hamás y cualquier utilización de artefactos incendiarios o explosivos contra civiles.
Pero el derecho a la seguridad no puede convertirse en una licencia para convertir a toda una población en sospechosa permanente.
Y mucho menos a sus niños.
¿Dónde está la ONU?
La pregunta también apunta directamente a António Guterres y al sistema de Naciones Unidas.
¿De qué sirve denunciar violaciones del derecho internacional si las declaraciones no consiguen proteger a los civiles? ¿Qué valor tiene una resolución, un comunicado o una conferencia de prensa cuando un niño palestino continúa creciendo entre ruinas?
El propio sistema de Naciones Unidas ha advertido reiteradamente sobre la situación de los menores y las consecuencias humanitarias del conflicto. Pero existe una creciente sensación de impotencia internacional: el Consejo de Seguridad permanece limitado por sus divisiones y por el poder de veto de sus miembros permanentes.
La pregunta no debería ser solamente qué hace Guterres. También debería ser qué hacen los Estados que tienen capacidad diplomática, económica y militar para presionar a las partes.
Porque denunciar no basta.
¿Genocidio?

Aquí es necesario ser rigurosos.
Diversas organizaciones, expertos y organismos han utilizado el término genocidio para describir la conducta de Israel en Gaza, mientras Israel rechaza categóricamente esa acusación. La determinación jurídica definitiva corresponde a los tribunales competentes y no debe sustituirse por una afirmación periodística sin fundamento.
Pero una cosa es el debate jurídico sobre la definición de genocidio y otra muy distinta es negar la magnitud de la tragedia.
Decenas de miles de palestinos han muerto. Más de 21.000 niños figuraban ya entre los fallecidos reportados por UNICEF a comienzos de 2026. Millones de personas han sufrido desplazamiento, destrucción de viviendas y colapso de servicios esenciales.
Y ahora, en medio de semejante devastación, una cometa vuelve a convertirse en símbolo de la tragedia.
Una cometa no debería ser una amenaza. Un niño no debería ser un objetivo. Y jugar no debería convertirse en un acto de resistencia.
La verdadera tragedia de Gaza es que los niños no están solamente perdiendo la guerra, la escuela o sus hogares.
Están perdiendo la infancia.
Y mientras el mundo debate términos jurídicos, resoluciones y comunicados diplomáticos, miles de niños siguen pagando el precio de decisiones tomadas por adultos.
La comunidad internacional no puede acostumbrarse a ello.
Porque cuando una cometa infantil empieza a parecerle al mundo una cuestión militar, quizá lo que realmente se ha perdido no sea solamente la paz.
Quizá también se haya perdido la capacidad de reconocer a un niño como lo que es: un niño.


