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miércoles, 15 julio 2026

Sadfishing

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Por Margarita Mendoza Burgos

En la era de las redes sociales, las emociones ya no solo se sienten: también se publican, se comparten y se consumen. Dentro de este escenario digital ha surgido un fenómeno polémico conocido como sadfishing, un término que combina las palabras inglesas sad (triste) y fishing (pescar), y que se refiere a la práctica de exhibir tristeza o sufrimiento emocional en plataformas digitales con el objetivo de obtener atención, validación o interacción.

Aunque a primera vista puede parecer una simple búsqueda de apoyo, el sadfishing plantea preguntas complejas sobre la autenticidad emocional, la salud mental y los límites entre la vulnerabilidad genuina y la performatividad en internet. ¿Cuánto es real y cuánto es prefabricado?

El concepto fue popularizado en 2019 por la periodista Rebecca Reid, quien lo utilizó para describir publicaciones que presentan problemas emocionales de manera exagerada o ambigua, muchas veces sin contexto, con el fin de generar preocupación, comentarios o “me gusta”. Frases como “no puedo más”, “todo está mal” o “nadie se daría cuenta si desaparezco”, acompañadas de selfies cuidadosamente editadas, son ejemplos frecuentes.

Es importante aclarar que mostrar emociones en redes sociales no es negativo en sí mismo. Hablar de salud mental, compartir experiencias y pedir apoyo puede ser profundamente sanador. La clave está en la intención y la frecuencia. Si alguien publica de forma recurrente sobre su sufrimiento específicamente para generar respuestas en línea, sin buscar alternativas reales para sentirse mejor, podría estar cayendo en patrones de sadfishing. Si no hay esa búsqueda de validación digital, estaríamos ante una rumiación de ideas negativas, que es un fenómeno distinto y que deberia ser se~al de alarma para buscar ayuda profesional.

Sin embargo, el sadfishing no siempre es fácil de identificar. La línea que separa una petición honesta de ayuda de una estrategia para captar atención es difusa, y juzgarla sin matices puede resultar injusto.

Una de las críticas más frecuentes al sadfishing es que banaliza problemas reales de salud mental y puede llegar a ser emocionalmente manipulador. Cuando la tristeza se publica de forma constante y sin intención de buscar ayuda profesional, el entorno digital puede transformarse en un escenario donde el sufrimiento se representa más de lo que se procesa. Como dijo Paris Hilton: “He visto el poder que tiene ser vulnerable y auténtica”, evidenciando cómo la vulnerabilidad se ha convertido también en una herramienta de monetización

En realidad, este comportamiento ha existido toda la vida. Muchas veces lo hacemos en nuestras relaciones cercanas, especialmente nuestras parejas: contamos nuestras penas no necesariamente buscando validación, sino porque al verbalizarlas logramos que se diluyan un poco. Es un alivio momentáneo y natural del ser humano.

Por eso, cuando una persona persiste en ese tipo de sentimientos, se le recomienda buscar ayuda profesional, acudir a un terapeuta que pueda escucharla de manera especializada. Pero como la terapia tiene un costo, muchas personas prefieren contarlo “al aire”: a las amigas, a la del salón de belleza, a quien les hace el cabello, etc

Lo que ha cambiado es que ahora esto se hace en las redes sociales, muchas veces ante gente que ni siquiera nos conoce. Y aquí es donde el fenómeno toma una dimensión distinta: se convierte en un medio de generar atención que se traduce en likes, seguidores y, en algunos casos, hasta en dinero.

Esta monetización de las emociones es lo que desmitifica la autenticidad del sufrimiento compartido. Cuando la tristeza se convierte en contenido, cuando el dolor emocional puede generar ingresos o relevancia digital, se dificulta distinguir entre la expresión genuina y la performance calculada.

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Margarita Mendoza Burgos
Margarita Mendoza Burgos
Titulaciones en Psiquiatría General y Psicólogía Médica, Psiquiatrí­a infantojuvenil, y Terapia de familia, obtenidas en la Universidad Complutense de Madrid, España; colaboradora de ContraPunto

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