Por Alonso Rosales
Seguir repitiendo que la selección de Argentina “juega para Messi” no solo es impreciso, es una forma de maquillar una realidad evidente: Argentina depende de Messi. Y negarlo, como lo han hecho algunos comentaristas de Fox Sports y otros analistas, es simplemente cerrar los ojos ante lo que ocurre en la cancha.
Los números no mienten. Siete goles llevan la firma de Lionel Messi. Pero más allá de eso, el verdadero dato preocupante es otro: el funcionamiento colectivo del equipo es frágil, intermitente y, por momentos, inexistente sin él. No es que el sistema esté diseñado para potenciarlo; es que el equipo necesita que él resuelva lo que colectivamente no puede. Messi no solo marca, también asiste, organiza y piensa el juego. Es el eje absoluto. Y cuando el balón no pasa por sus pies, Argentina pierde claridad.
El problema es estructural. Hay jugadores que no logran completar circuitos básicos de pase ni generar peligro constante. Los pocos goles del resto del equipo, en muchos casos, nacen de acciones creadas por Messi. Esto no es un elogio colectivo: es una señal de alarma. Ninguna selección aspirante a lo más alto puede depender de un solo futbolista, por más brillante que sea.
Ahora bien, si Messi es gigante dentro del campo, fuera de él agranda aún más su figura. Su gesto de regalar la camiseta a un jugador de Cabo Verde, su respeto hacia el portero Vozinha y su actitud ejemplar con rivales y compañeros reflejan una jerarquía que trasciende el talento. Liderazgo silencioso, respeto genuino y una conducta que dignifica el deporte.

En contraste, lo de Francia frente a Paraguay deja un sabor amargo. Mbappé, uno de los rostros del fútbol actual, mostró una actitud que no está a la altura de su talento. Negarle el saludo al portero Gil —figura indiscutible del partido— y caer en celebraciones con tintes de burla habla de una desconexión preocupante con los valores del juego. Y lo más irónico: Francia no arrasó. Necesitó un penalti para imponerse a un equipo que lo incomodó y lo desnudó tácticamente.
El portero Gil evitó una goleada con intervenciones extraordinarias, incluyendo múltiples remates de Mbappé. Sin él, la historia habría sido otra. Pero el fútbol no se trata de “lo que pudo ser”, sino de lo que se demuestra. Y Francia demostró que no es invencible.
Messi y Cristiano Ronaldo, con décadas en la élite, han entendido algo que algunos jóvenes aún no: el talento te hace grande, pero la actitud te hace leyenda. Hoy, más que nunca, el fútbol necesita menos arrogancia y más respeto. Y Argentina, por su parte, necesita dejar de depender de un solo hombre si realmente quiere competir como equipo.
Fuentes:
- Informes y estadísticas oficiales (FIFA, CONMEBOL)
- Cobertura y análisis de Fox Sports y ESPN
- Crónicas y reportes de prensa deportiva internacional


