Por Luis Armando González[1]
“lo bueno, si breve, dos veces bueno“
Baltasar Gracián
Hace un par de semanas, caminando por el centro de San Salvador –en las cercanías de lo que fue el histórico cine Libertad—, me las vi ante una venta de libros usados. Al echar una mirada a la ringlera de libros que estaba sobre una mesa, uno de ellos llamó inmediatamente mi atención: El agro salvadoreño (1973-1980)[2], del sociólogo hispano salvadoreño Segundo Montes. Lo leí en mis primeros años de estudiante universitario y, seguramente, en algún rincón de mi biblioteca está guardado, con mis rayones a lápiz, ese mi personal y querido libro. Pero al ver este otro, descolorido, húmedo y sucio, no pude resistirme al imperativo de sacarlo de esa indignidad y llevármelo a casa. Pensé para mis adentros: “no seré uno más que se preste, con su indiferencia, a la destrucción de la cultura de los libros”. Y, en este caso, de una de las obras más serias de la sociología salvadoreña, tan proclive a la verborrea improductiva.
No llevé El agro salvadoreño a un estante, sino que lo puse en mi escritorio con el propósito de darle una revisada, en parte para mostrar mis respetos a la memoria de Segundo Montes, en parte para recordar la manera de hacer sociología de éste. En una primera ocasión, di una mirada general toda la estructura del libro; en otro momento, presté a atención al problema que se propuso investigar; en un tercer momento, a sus supuestos teóricos; para terminar centrando mi atención en su metodología, trabajo de campo y resultados. Me puse a pensar —dándole vueltas una y otra vez al asunto— en la palabra que mejor expresara lo que, desde criterios metodológicos, emana de esta obra en su conjunto y en cada una de sus partes, y no me cabe la menor duda de que es la siguiente: sobriedad.

No lo he dicho, pero ahora lo anoto: El agro salvadoreño (1973-1980) es un informe de investigación convertido en libro; pero en su formato de libro mantiene, en lo fundamental, el orden y la lógica del proceso de investigación seguido por el autor y su equipo de trabajo. Debo decir que este proceder era muy del estilo Montes en sus publicaciones: lo que ofrecía a sus lectores (entre los cuales sus alumnos de sociología eran sus primeros destinatarios) era el resultado directo de sus investigaciones (recogido en informes), lo cual ponía de manifiesto, de forma directa, su proceder investigativo. O sea, una sociología empírica viva y creativa.
Un proceder investigativo sobrio, es decir, directo y simple; sin discusiones o tratamientos teóricos y filosóficos cansados, interminables e improductivos, propios de quienes hacen sociología desde los escritorios y no desde el terreno. El agro salvadoreño es de una sobriedad aleccionadora: está divido en dos partes (I y II), la primera corresponde al “Tratamiento teórico” [con tres capítulos: 1) Descripción del problema, 2) Marco teórico, definiciones e hipótesis, y 3) Metodología] y la segunda trata del “Análisis de datos” [con siete capítulos que, además del capítulo 1 en el que se trata la evolución de la tenencia de la tierra e la información histórica de la zona investigada, recoge en los restantes todo el acopio de datos, cuantitativos y cualitativos, obtenidos en el trabajo de campo, a partir de la aplicación de un cuestionario de encuesta y de guías de entrevistas]. Cierra con unas conclusiones, las referencias bibliográficas y los anexos.
Ante un informe de investigación como éste se podría argumentar que su apartado estadístico es poco sofisticado o algo equivalente. Pero se trata de una crítica secundaria (o incluso irrelevante) si se presta atención a lo que El agro salvadoreño significa no sólo como una contribución a la sociología empírica salvadoreña, sino como un ejercicio eficaz de investigación social que se ha traducido en un producto investigativo concreto. Y precisamente lo que en El Salvador se echa en falta, desde hace ya varias décadas, son productos investigativos en los que se escudriñen las distintas problemáticas sociales que no dejan de acumularse y pesar sobre la población del país.
Para generar productos investigativos significativos como lo fue en su momento El agro salvadoreño –y lo mismo es podrían mencionar otras investigaciones de Segundo Montes, como el Estudio sobre estratificación social en El Salvador (1979), El compadrazgo: una estructura de poder en El Salvador (1982) o El Salvador: las fuerzas sociales en la presente coyuntura (enero 1980 a diciembre de 1983) (1984)— se requiere hacerse cargo de los ejes fundamentales de un proceso de investigación social: uno sólidos referentes teóricos y conceptuales, y el manejo de un conjunto de herramientas para la recabación, mediante un trabajo de campo bien planificado, de datos empíricos (cuantitativos y cualitativos). Con ambas capacidades –adquiridas a partir de muchas lecturas, sesiones de clases y aplicaciones prácticas— los investigadores sociales (nóveles y expertos) deben plantarse en la realidad social para dilucidar y buscar las mejores explicaciones de sus dinámicas y problemas. Y, como hace Segundo Montes en El agro salvadoreño, esa tarea debe realizarse con sobriedad, esto es, de la manera más directa y eficaz que sea posible, sin perderse en debates ideológicos o epistemológicos estériles.
¿Están aprendiendo nuestros estudiantes de postgrado en investigación social a ser sobrios, directos y eficaces? Cabe sospechar que no. Pareciera ser que la sobriedad –y su hermana gemela, la parsimonia— no es algo que se esté fomentando ni en cada asignatura ni en el conjunto de las carreras, en particular en el diseño y ejecución de las tesis de grado. Algunos tópicos confusos (y a ratos irrelevantes) se han colocado como prioritarios en distintas asignaturas, ahogando lo que en verdad es relevante en la formación de nuestros investigadores sociales.

Uno de ellos –muy del gusto de colegas docentes y coordinadores—es el de los mal entendidos “enfoques” (cuantitativo, cualitativo o mixtos), con los que se embrolla la mente de los estudiantes. Este tema ha cobrado una relevancia casi enfermiza en quienes creen que si alguien no tiene una claridad meridiana sobre su “enfoque” no tiene nada que hacer en investigación social. Bien harían los que así opinan en tomarse la molestia de leer El agro salvadoreño (o cualquier otra investigación social seria); tal vez con ello se dieran cuenta de lo irrelevante que es el asunto de debatir, previo a cualquier proceso investigativo, sobre el “enfoque”, salvo que se trate –como siempre ha sido—de los enfoques teóricos o los paradigmas que guían una investigación.
Un segundo tópico con el que se embrolla la mente de los estudiantes es el de cómo desde los objetivos de una investigación éstos deben derivar sus preguntas de investigación. La lógica dicta que sean estas las que, planteado un problema, marquen la pauta de aquellos, incluso en su formulación. Pero –como se dice en España— ahí se tiene a algunos docentes con “dale que te pego” pidiendo a sus estudiantes que se devanen los sesos formulando unos objetivos antes de elaborar un problema de investigación. Y lo peor: la mencionada exigencia se convierte en una prueba de fuego para dictaminar si se puede o no realizar una determinada investigación. De nuevo, se recomienda a quienes hacen de la formulación de los objetivos un asunto de honor dar una revisada a El agro salvadoreño.
Por último, otro tópico que genera confusión en los estudiantes –y resulta improductivo— es el debate sobre la construcción del “objeto de estudio”. Hace tiempo que las distintas ciencias y sus disciplinas dejaron atrás esta terminología, por estar fuertemente referida a cómo las ciencias se constituyeron históricamente. Tiene una carga filosófica interesante para el debate epistemológico, pero que ayuda muy poco a identificación de áreas (temas, asuntos) para investigar en específico. La palabra “problema” ha ganado predominancia, por su facilidad para desencadenar vías de exploración explicativas. No es provechoso meter a los estudiantes de investigación social en esa discusión, sobre todo cuando estos tienen poco tiempo para realizar las suficientes lecturas que les aclararían las ideas ese debate teórico-filosófico.
Un de los desafíos más importantes en la formación de nuestros investigadores sociales es fomentar en ellos la sobriedad investigativa. Segundo Montes, formado en las tradiciones clásicas de la sociología, cultivó de manera ejemplar esa sobriedad. Al hacerlo, generó productos investigativos social y científicamente relevantes. Esa sobriedad debería ser una exigencia en cada asignatura de cualquier carrera de postgrado en investigación social; y todos los docentes deberían estar alineados con ella. Para instalarla en los procesos formativos de los estudiantes, antes se la debe asumir como algo valioso. Y para asumirla se debe estar en la disposición de renunciar a eslóganes manualescos que, aunque cómodos, son improductivos; o a modas que se dan por buenas porque sobran los que, sin criterio, las siguen. No quiero terminar estas reflexiones sin aludir a una posible objeción ante la sociología de Segundo Montes; y es que se trata –se puede argüir— de una sociología anticuada, de otro tiempo, ajena a los “paradigmas” postmodernos que hablan de lo “cuali”, lo “cuanti” y lo “cuali-cuanti”. Pues sólo cabe responderles así: quienes se atreven a cuestionar el proceder de Montes están anclados en un confuso esquema de ideas en el que se mezclan un positivismo ingenuo trasnochado con un criticismo constructivista setentero. Y sí, es cierto, la de Montes es una sociología de la vieja escuela, eficaz, productiva y sobria. Una sociología cuya senda debe retomarse no para repetir mecánicamente al maestro, sino para actualizarlo y superarlo.
[1] Este texto ha sido preparado para ser comentado en la primera reunión, el 27 de junio de 2026, del Equipo de trabajo Académico de Metodología de Investigación Social, del Instituto de Estudios Históricos, Antropológicos y Arqueológicos (IEHAA), de la Universidad de El Salvador.
[2] San Salvador, UCA Editores, 1982.


