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jueves, 11 junio 2026

Las motos y la normalización del desorden vial

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Zarko Pinkas |

Las motocicletas se han convertido en una herramienta de trabajo y movilidad para miles de salvadoreños, pero también en uno de los actores más visibles del creciente desorden vial. Desde la experiencia cotidiana al volante, esta reflexión aborda cómo la falta de respeto a las normas de tránsito, más allá del tipo de vehículo, está convirtiendo las calles en espacios cada vez más peligrosos para conductores y peatones.


Conducir en Centroamérica se ha convertido en una prueba diaria de paciencia. He manejado en distintas ciudades de la región y sé que el tráfico es un problema creciente. Guatemala, por ejemplo, ha alcanzado niveles de congestionamiento que parecen no tener fin. Sin embargo, en El Salvador hay un fenómeno particular que merece atención: el creciente desorden vial asociado al uso de motocicletas.

Aclaro algo desde el inicio. Este no es un texto para señalar culpables absolutos. Los conductores de automóviles no somos perfectos. Los buses tampoco son ejemplo de disciplina vial. Basta observar cualquier avenida principal para encontrar infracciones cometidas por distintos tipos de vehículos. Pero negar que existe un problema específico con una parte importante de quienes conducen motocicletas sería cerrar los ojos ante una realidad visible todos los días.

Las escenas se repiten constantemente. Motociclistas circulando en sentido contrario, invadiendo doble línea amarilla, utilizando aceras destinadas a peatones, ignorando semáforos o desplazándose a velocidades que exceden los límites permitidos. Muchas de estas conductas parecen haberse normalizado al punto de que ya casi nadie se sorprende cuando ocurren.

El problema no es únicamente una cuestión de orden. Es un asunto de seguridad pública. Cuando una motocicleta impacta a un peatón, las consecuencias pueden ser graves. Cuando colisiona con otro vehículo, las lesiones suelen recaer principalmente sobre quien conduce la moto. Cuando un motociclista se cruza imprudentemente frente a un automóvil, no solo pone en riesgo su propia vida, sino que también expone al conductor del otro vehículo a consecuencias legales, económicas y emocionales que podrían haberse evitado.

Lo digo desde la experiencia. He perdido cobertura de seguro debido a reclamos relacionados con incidentes provocados por motocicletas. Raspones, rayones, golpes en retrovisores y daños menores forman parte de una lista de situaciones que muchos conductores conocen demasiado bien. Son incidentes que generan gastos, trámites y frustración. Y eso representa apenas el nivel más bajo del problema. Otros enfrentan accidentes mucho más graves.

La expansión del uso de motocicletas tiene explicaciones comprensibles. Son vehículos más accesibles económicamente, consumen menos combustible y para muchas personas representan una herramienta de trabajo indispensable. Repartidores, mensajeros y trabajadores independientes dependen de ellas para generar ingresos. Pero precisamente por esa importancia social debería existir un mayor esfuerzo en materia de formación vial.

La solución no puede reducirse únicamente a imponer multas. Las sanciones son necesarias, pero resultan insuficientes si no van acompañadas de educación. Manejar una motocicleta implica una responsabilidad tan seria como conducir un automóvil. El hecho de que un vehículo sea más pequeño no significa que pueda ignorar las reglas diseñadas para proteger la vida de todos los usuarios de la vía pública.

En los últimos años, se han vuelto comunes los videos de accidentes y violaciones de tránsito compartidos en redes sociales. Muchos muestran motociclistas atravesando intersecciones sin respetar semáforos, realizando maniobras riesgosas o circulando por espacios donde simplemente no deberían estar. Por supuesto que también aparecen conductores de automóviles cometiendo imprudencias. Pero la frecuencia con la que las motocicletas protagonizan estas situaciones debería abrir una discusión seria sobre la necesidad de fortalecer la educación vial.

Hoy conducir exige mucho más que hacerlo a la defensiva. Significa anticipar comportamientos impredecibles. Significa reducir la velocidad al cruzar una intersección y tocar la bocina incluso cuando el semáforo está en verde. Significa revisar constantemente los espejos porque una motocicleta puede aparecer por cualquier espacio disponible. Significa asumir que las reglas podrían no ser respetadas por quienes comparten la calle con nosotros.

Ese nivel permanente de tensión genera estrés, aumenta el riesgo de accidentes y deteriora la convivencia vial. No debería ser normal.

La discusión no es contra las motocicletas ni contra quienes las utilizan responsablemente. Al contrario. La gran mayoría de motociclistas que respetan las normas son los primeros perjudicados cuando las imprudencias de otros alimentan una mala imagen colectiva.

La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a aceptar que el desorden vial siga creciendo o si, finalmente, vamos a reconocer que la educación, la fiscalización y el respeto mutuo son condiciones indispensables para compartir las calles. Porque el tránsito no funciona sobre la base de quién tiene más prisa, quién ocupa menos espacio o quién logra pasar primero. Funciona sobre la base de reglas comunes. Y cuando esas reglas dejan de respetarse, el resultado inevitable es el caos.


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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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