Por: René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)
Cuerpos-sentimientos a los que, sin anestesia ni golpe avisa, les mutilaron la verdad pragmática para trasplantarles la verdad del victimario; El Salvador, un país que no salvaba a nadie; el debido proceso en favor de las personas indebidas; ciudadanos a quienes se les robó el territorio y se les ordenó: ver, oír y callar.
Vagábamos en la Era de la Gran Delincuencia, ese período que fue normalizado por los sofistas con fines de lucro y estupro; vivíamos cautivos en una sociedad-muerte vigilada por los cínicos del aplauso fraguado, por los mentirositos de papel que, por falta de serotonina, acabaron creyéndose su propia mentira de que son portadores preeminentes de una inteligencia tan prodigiosa como para ganar un Nóbel unánime. Cuerpo-sentimientos, así se define a las personas como hecho sociológico cuando entablan relaciones sociales paradójicas, o se sumergen en los conflictos ideológicos de la identidad sociocultural.
En esas décadas-sangre, teníamos derecho a vivir, sólo si fingíamos estar medio muertos… o medio vivos. En esos años-miedo, inventamos nuestro propio oscurantismo y coronamos nuestros propios inquisidores, quienes al eludir las significaciones sociales imaginarias se convirtieron, con dolo y dolor, en los Frankenstein posmodernos: cerebro de vigilante de parqueo municipal, honradez de vendedor de autos usados, ojos de pepenador de finca en litigio, corazón de Celestina de pueblo fronterizo, lengua de predicador insaciable en plaza pública, alma de cuervo, manos de vendedora de fritada, risa de hiena en cuarentena, panza de gato de convento bajo la lluvia, riñones de zope sin cautela, gónadas de cura ateo, hígado de matarife de rastro clandestino, brazos de pianista jubilado, voz de psiquiatra recién destituido del manicomio (por loco), y piernas de indigente específico.
Moríamos y sufríamos; sufríamos y moríamos, el orden de los factores no alteraba el producto ni el usufructo del Fagin de los tinterillos. Los derechos humanos que se defendían eran los de los victimarios y sus pregoneros de oficio; la democracia era perfecta sólo para los primeros en sacar el cuchillo y cobrar la extorsión; el Estado de Derecho era un torcido laberinto de la maldad en el que, en cada pasillo, se contaban historias disímiles que llegaban al mismo centro: la verdad del victimario, y en el que, en cada esquina, nos decían lo mismo cuando pedíamos un cuartillo de aceite de justicia: en la otra esquina.
Moríamos y sufríamos, contábamos muertos en lugar de graduados. La historia patria era la historia del sepulturero, quien llevaba una bitácora detallada de los muertos sin nombre y de las tumbas sin GPS. Pero, como cada Era es tan sólo una pieza del rompecabezas que llamamos moralidad transicional, al cabo de tres décadas comprendimos que no debíamos seguir siendo lo que éramos: las víctimas adscritas de un país-crimen que no tenía nada que envidiarle al medioevo que los sofistas de eyaculación precoz (llegan a ese punto sin retorno al oír su propia voz) describen como Estado de Derecho (que nos mandaba derechito a la tumba o al exilio), protegido por una Constitución con el himen intacto y sin los constituyentes originarios: el pueblo.
Esos eran los buenos tiempos del miedo de destrucción masiva; los buenos tiempos del poder amarillista de la sangre ajena; la Era de la senil hermenéutica del tinterillo constitucionalista que mutó en opositor de supermercado; la Era de las remesas sin destinatario en la que “del cuello del ladrón colgaban las cruces, y no de las cruces los ladrones”.
Entonces, la arenga de los sofistas era la que decidía la coloración, distribución y consistencia del tiempo-espacio de la sangre; era la que le hacía la autopsia a la vida, al margen de su historia clínica o de la facticidad moral de la verdad pragmática; era la que definía, sin parlamentarismo real, cuáles serían los patrones de comportamiento social adecuados para vivir con la delincuencia como vecina o como casera interina.
Los sofistas de hoy -Frankenstein posmodernos- cumplen la función política, ideológica y psicosocial que les fue encomendada por los opositores: exigir que las cosas vuelvan a estar como estaban antes de 2019; mentir, con el fin de convencer a la gente de que volver al pasado es lo mejor, afirmando que antes no se violaban los derechos humanos y que la economía estaba mejor con las pandillas. Está claro que los sofistas tratan de manosear y retorcer la percepción de quienes los escuchan, hasta el punto fatídico en que deforman el discurso para reducirlo al nivel de arenga, y entonces el discurso es Frankenstein hecho por Frankenstein.
En ese sentido, los Frankenstein posmodernos hacen uso de la arenga sofista para que sea: el flautista de Hamelin del negacionismo más rústico; el espejo de Carroll; el color de los uniformes del “Mundo Feliz” de Huxley; y las razones esgrimidas por la abuela desalmada, de la Cándida Eréndira, para justificar lo injustificable: volver a la genealogía criminal de los victimarios cotidianos.
En los últimos dos años, la arenga sofista tiene como objetivo darle respiración “boca a boca” a los opositores, por eso son capaces de hacer o decir cualquier cosa con tal de figurar en el espectro mediático. En esa línea de acción, los sofistas disfrazan la precariedad de sus argumentos maquillándolos de lenguaje académico y pensamiento crítico, aunque en el fondo son chambres folclóricos y pensamiento político-religioso como doctrina de la desconexión social.
Cuerpos-sentimientos a los que, sin anestesia ni golpe avisa, les mutilaron la verdad pragmática para trasplantarles la verdad del victimario. Sin embargo, todo cambió cuando les hicieron una transfusión de dignidad que rechazó el injerto.



