Fernanda Peraza |
Es en mi sangre
que escucho el llanto de mi abuela.
No hay verso que alivie sus penas,
puesto que ella no cree en poemas.
En las ruinas del cauce,
la sangre se derrama
en aquellas gavetas sin encajar
y con estrellas que contar.
¿Cuántos cometas no han caído
en los bosques de sus paisajes,
que fueron devorados por la cuma?
Ahora no hay esbozo de astros,
ni de miel, ni de molienda.
Solo de vez en cuando,
sus lágrimas riegan el recuerdo,
esperando que florezca
en los cuentos de sus nietos.


