Zarko Pinkas-Ramírez |
El viento de otoño entumece mis huesos,
huesos que brillan en la noche
como marfil sin destino,
crujiendo bajo rayos que nacen desde la penumbra.
Hay una blancura ósea en el aire,
una inmovilidad sin expresión,
castillos construidos sobre el vacío,
torres de polvo suspendidas en el frío.
Camino como si mi esqueleto fuera un coro antiguo,
una catedral secreta dentro del cuerpo,
y cada paso repite, seco,
el idioma final del tiempo.
Porque al final sólo quedan huesos:
silenciosos, fieles, eternos.
Y el viento —siempre el viento—
tocándolos como un poeta enfermo en la oscuridad.


