Por Carlos Santos
La historia del Seco Humberto —nombre de guerra de Vladimir Rogel— es la historia de un hombre a quien su propia organización convirtió en un criminal político. Es, también, la anatomía de una purga interna que explica la crisis moral del ERP en los años posteriores al asesinato de Roque Dalton.
A partir del testimonio escrito de un compañero cercano a Vladimir Rogel, esta crónica reconstruye la trampa perfecta que casi lo mata en España, el intento fallido de borrarlo de la historia y la posterior fabricación de culpables que permitió a la dirigencia presentarse ante el país como renovada y autocrítica.
LA MISIÓN DIPLOMÁTICA QUE TERMINÓ EN EMBOSCADA

A mediados de los años setenta, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) envió una reducida delegación a la República Popular China. Los enviados eran Sebastián Urquilla (cuyo nombre de pila fue Edgar Alejandro Rivas Mira) y Vladimir Rogel, este último militante disciplinado, hombre de confianza, fiel ejecutor de la línea político-militar.
La misión tenía un doble objetivo, por un lado, establecer vínculos políticos con el Partido Comunista chino en un momento en que El Salvador todavía no era tema de relevancia internacional y capitalizar diplomáticamente la supuesta “identificación” de un infiltrado de la CIA, el argumento con el que el ERP había ejecutado al poeta Roque Dalton meses antes.
El viaje transcurrió sin sobresaltos hasta la escala de regreso en España. Allí comenzó la operación que —según el propio Rogel— estaba diseñada desde el interior del ERP para eliminarlo.
EL ABANDONO CALCULADO

En Madrid, Sebastián Urquilla —responsable único del dinero destinado a la delegación— anunció que debía ausentarse temporalmente para “reactivar contactos”. Salió del hotel y nunca regresó.
Los días se hicieron una trampa perfecta: Rogel quedó sin recursos, acumulando una deuda que no podía pagar. Entendió de inmediato el mecanismo de su muerte:
Sino pagaba la estadía en el hotel, lo denunciarían ante la policía española y esta lo detendría, para luego enviarlo a migración, para que lo deportaran directamente a El Salvador, al llegar a al aeropuerto de Ilopango, la Guardia Nacional lo estaría esperando para luego asesinarlo.
“Los cuerpos represivos solo esperaban verme regresar para meterme en un ataúd”, le confesó a un compañero después.
La operación era quirúrgica: un muerto sin fusilamiento, una baja atribuible al enemigo, un militante incómodo borrado sin que la dirigencia se manchara las manos.
EL GIRO INESPERADO: LA EMBAJADA DE CHINA LO RESCATA
Contra cualquier pronóstico, Vladimir Rogel tomó una decisión que cambió la historia: Saliendo del hotel, en España, caminó directamente a la embajada china. Una vez dentro de la embajada y ante el embajador, Rogel explicó su situación, la ruptura en la delegación y su imposibilidad de contactar a Urquilla. Los diplomáticos, después de verificar los datos, asumieron una postura que sorprendió incluso al Seco: pagaron su estadía, le dieron dinero para sobrevivir y para que pagara su viaje de regreso a El Salvador. La operación de eliminación había fallado.
REGRESO CLANDESTINO A UN PAÍS IRRECONOCIBLE

Rogel regresó clandestinamente, sin saber que en su ausencia la dirigencia había desmontado por completo la estructura de la cual era responsable, sus compañeros habían sido movidos, desarmados, perseguidos o ejecutados. La estructura que él conocía prácticamente no existía. Había sido vaciada, como si nunca hubiera estado allí.
Gracias a un colaborador de apellido Véjar, economista y sociólogo salvadoreño pudo sobrevivir sin apoyo del ERP los primeros días en el país.
Pasaron semanas hasta que logró contactarse con algunos simpatizantes y colaboradores del ERP. Les relató la trampa española, la ayuda china y su retorno. Con disciplina de cuadro, redactó una autocrítica que envió incluso a la naciente Resistencia Nacional.
Pero la suerte ya estaba echada: su narrativa no encajaba en la versión oficial que el ERP comenzaba a construir.
EL CONGRESO PARA FABRICAR CULPABLES
A finales de los setenta, el ERP organizó el “Congreso para la formación del Partido de la Revolución Salvadoreña (PRS)”, un espacio que Rogel más tarde se referiría como:
“Un tribunal encubierto para limpiar la imagen del ERP y asignar nuevas responsabilidades sobre la muerte de Roque Dalton.”
El primer señalado fue Edgar Alejandro Rivas Mira, o Sebastián Urquilla, acusado de desviaciones burocráticas, vida de lujo, abuso de fondos y enriquecimiento personal en plena guerra. Urquilla aceptó parte de las críticas… y huyó del país antes de enfrentar consecuencias. Según versiones internas, escapó a Europa con varios millones de dólares y con su esposa, Miriam Angélica Meardi, asegurando una vida cómoda mientras su nombre era borrado del discurso revolucionario.
Para Joaquín Villalobos, líder indiscutible del ERP, aquello era funcional. Necesitaba despejar el camino. Y el siguiente paso era más simple: convertir al Seco Humberto en el segundo culpable perfecto.
ACUSACIÓN Y CONDENA EN AUSENCIA
Sin respaldo político —su estructura había sido desmantelada—, el Seco fue acusado de: desviaciones militaristas, trastornos mentales irreversibles, sicopatía, y responsabilidad directa en decisiones críticas, incluyendo la ejecución de Roque Dalton.
La dirección del ERP declaró que Rogel era, junto a Urquilla, uno de los principales responsables del “error histórico” cometido por la organización. La sentencia interna era clara: pena de muerte.
Joaquín Villalobos, Jonás, Guadalupe Martínez, Marisol Galindo y otros dirigentes proclamaron ante bases y aliados Internacionales que ellos habían sido engañados, que su error fue de juventud, que Urquilla y el Seco eran los verdugos verdaderos del poeta. El caso se declaró cerrado. Oficialmente, “la revolución había hecho justicia”.
LA SOMBRA QUE VUELVE

Pero el Seco desapareció como un fantasma. Aún en el anonimato, ya sea en el exilio o en una tumba clandestina, un compañero de Vladimir Rogel, escribió parte de su historia, una historia que por muchos años permaneció oculta porque incomodaba el discurso ordenado por la dirigencia del ERP, esa narrativa oficial que se construyó más bien hacia afuera durante la guerra y en los años posteriores.
Vladimir Rogel es, quizá, la figura más incómoda de ese pasado: es la pieza que no encaja, el testigo vivo del lado oscuro del ERP, la demostración de que las revoluciones también devoran a los suyos cuando necesitan limpiar sus propios desastres de sangre.
El nombre de Vladimir Rogel sigue reapareciendo en los márgenes, como un recordatorio de que la historia no siempre es escrita por los vencedores, sino por los sobrevivientes.
Después de la sentencia de muerte por su propia organización no se supo el destino de Vladimir Rogel, pero a pesar de haber desaparecido aún camina como una sombra en la historia salvadoreña: la pieza que no encaja, la voz que no pudieron callar para siempre,
la prueba viviente de que la revolución —como todos los proyectos humanos— también produjo víctimas entre los suyos.
El destino real del Vladimir Rogel—tras las purgas interna en el ERP— sigue siendo un enigma: podría haber sobrevivido, podría haber sido asesinado por la misma organización, podría haber desaparecido por medios propios. Ningún camino está verificado públicamente. La única verdad es que esta crónica escrita en base al testimonio de un compañero cercano de Vladimir Rogel, nos deja la lección histórica que: aún los condenados a muerte injustamente, tarde o temprano, regresan para exigir que se vuelva a contar la historia tal y como debió escribirse.
N del Editor: Lea Primera parte (I) de este singular testimonio jamás revelado


